A las siete de la mañana, el vuelo de Arajet despega desde el Aeropuerto Las Américas con destino al Aeropuerto Simón Bolívar, en Venezuela. El trayecto dura apenas una hora y diecisiete minutos. Es menos tiempo del que suele tomar una reunión editorial, moverse desde redacción a un evento o la escritura de una nota sobre inflación, cine, turismo.
Pero aquella mañana no iba a cubrir una rueda de prensa ni entender un informe macroeconómico.
Iba camino a una de las mayores tragedias que ha vivido Venezuela en los últimos años.
El avión está lleno, aunque no de turistas. Entre los pasajeros viajan los 40 médicos del Equipo Médico de Emergencias de República Dominicana, enviados para permanecer quince días atendiendo a las víctimas; el ministro de Salud Pública, Víctor Atallah; el viceministro para Asuntos Consulares y Migratorios del Ministerio de Relaciones Exteriores, Opinio Díaz.
Algunos revisan documentos. Otros aprovechan el vuelo para dormir. Los médicos comentan protocolos de atención y enfermedades que podrían aparecer en los próximos días. Los periodistas repasamos las preguntas que todavía no sabemos si tendrán respuesta.
Hasta ese momento, el desastre existe, sobre todo, en los números.
La presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, informa que el terremoto dejó 2,980 personas heridas. Las Naciones Unidas estiman que 50,000 permanecen desaparecidas. Una evaluación satelital del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) calcula que 1.7 millones de estructuras están dentro de las zonas afectadas; 8.6 millones de personas estuvieron expuestas a sacudidas superiores a moderadas y alrededor de 2.1 millones soportaron la intensidad más fuerte. Los daños materiales ya rondan los US$ 6,700 millones, una cifra equivalente a cerca del 6 % del producto interno bruto venezolano.
Como periodista de Economía, estoy acostumbrada a leer números. Todos los días escribo sobre crecimiento, inversión, inflación y empleo. Las cifras ordenan el mundo. Explican tendencias, ayudan a entender políticas públicas y muestran hacia dónde se mueve un país. Pero en un desastre los números tienen otra dimensión. Cada herido tiene un nombre. Cada desaparecido es una familia esperando. Cada millón de dólares en pérdidas representa una escuela, un hospital, una vivienda o un negocio que dejó de existir.





El sismo convirtió a Venezuela en el escenario de una emergencia humanitaria donde las cifras crecían al mismo ritmo que las historias de quienes lo perdieron todo.
Emergencia humanitaria
El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar permanece cerrado para operaciones comerciales. Solo recibe vuelos humanitarios. En la pista descansan aviones militares, aeronaves de carga y personal militar de Estados Unidos. Vehículos blindados recorren el perímetro mientras soldados custodian cada acceso.
La presencia militar es evidente.
Es la primera vez que llego a un aeropuerto donde nadie viaja por vacaciones.
Aquí todos llegan porque alguien necesita ayuda.
Nos reciben la viceministra del Ministerio del Poder Popular para la Salud, Noris Fernández, y el viceministro para el Caribe del Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores, Raúl LiCausi. Ambos agradecen la cooperación dominicana y explican la coordinación que mantiene el Gobierno venezolano con los equipos internacionales.
Hablan de vigilancia epidemiológica, de hospitales, de distribución de ayuda, de operativos y logística.
Todo parece funcionar bajo un protocolo cuidadosamente diseñado. Pero las coberturas internacionales tienen una particularidad. El trabajo del periodista comienza justamente cuando termina el protocolo.
Antes de abandonar el aeropuerto pasamos por Migración.
No hay modernos sistemas automatizados ni filas organizadas frente a cabinas electrónicas. Todo ocurre en una habitación pequeña donde apenas caben tres personas al mismo tiempo. Tres fondos blancos sirven para tomar las fotografías oficiales, un teléfono celular sustituye el equipo informático y la conexión a internet falla constantemente.
Cada ingreso depende de que la señal regrese. Ese pequeño cuarto dice más sobre un país que muchos discursos oficiales.
Afuera nos esperan autobuses. No podemos movernos libremente. Cada desplazamiento se realiza acompañado por militares venezolanos y funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores del país sudamericano.
Durante el trayecto hacia La Guaira, los representantes del Gobierno insisten en transmitir tranquilidad. Hablan de la rápida capacidad de respuesta del Estado, del despliegue de recursos y del trabajo que realizan cientos de funcionarios para asistir a la población.
Escucho. Tomo notas. Pero también miro por la ventana.
Porque el periodismo no consiste únicamente en registrar lo que dicen las autoridades, también consiste en observar aquello que nadie menciona.
La Guaira aparece poco a poco. Es un pequeño estado costero de apenas 1,497 kilómetros cuadrados y poco más de 480,000 habitantes, ubicado a unos treinta kilómetros de Caracas.
Para muchos venezolanos ese nombre ya estaba asociado a otra tragedia. En 1999, un deslave devastó la región y dejó miles de muertos y desaparecidos.
Veintisiete años después, la historia vuelve a repetirse. Antes de ver la destrucción, aparece el olor. Es un olor pesado, persistente, y las mascarillas apenas consiguen disminuirlo. Después llegan las aves. Primero unas pocas, luego decenas. Mientras más nos acercamos a la zona cero, mayor es la presencia de aves carroñeras sobrevolando los edificios destruidos.
No hace falta que nadie explique qué significa.
El Gobierno ya reconoce que la emergencia ha entrado en una nueva etapa: recuperar cuerpos y evitar brotes epidemiológicos.
Sin embargo, en las calles la realidad es distinta. Hay hombres removiendo bloques de concreto con las manos. Familias enteras buscando a un hijo, un hermano o un padre sin maquinaria especializada.
Algunos ni siquiera llevan protección adecuada. Muchos aseguran que decidieron entrar por su cuenta porque todavía creen que alguien puede seguir con vida bajo los escombros. Otros dicen que simplemente no podían esperar más.
Es entonces cuando entiendo otra de las lecciones que deja cualquier desastre. Mucho antes de que lleguen las instituciones, ya existe una red silenciosa de solidaridad sosteniendo a quienes lo perdieron todo.
Y apenas llevo unas horas en Venezuela. Todavía no sé que las historias más difíciles no están bajo los edificios derrumbados. Están esperando en un estadio convertido en refugio, donde cientos de personas intentan reconstruir su vida mientras el mundo sigue contando muertos.



El estadio donde nadie fue a ver un partido
Hay lugares que cambian de propósito de un día para otro. El Estadio César Nieves dejó de ser un espacio para el deporte y se convirtió en un refugio improvisado. Donde antes había gradas y celebraciones, ahora hay casas de campaña, colchones sobre el piso, ropa tendida y filas para recibir agua, comida o atención médica.
Al menos un centenar de familias vive allí desde que el terremoto convirtió sus casas en montañas de concreto.
No hay edad para perderlo todo.
Un bebé gatea sobre una manta mientras su madre intenta organizar las pocas pertenencias que alcanzó a sacar antes de que la vivienda colapsara. Un niño juega. Dos adolescentes se hacen compañía sin hablar. Un hombre mayor mira hacia "algo" que es la "nada".
Las tragedias también tienen silencios. Y el Estadio César Nieves está lleno de ellos.
Mientras recorremos el lugar, la presencia dominicana es evidente. Los 40 médicos del Equipo Médico de Emergencias ya organizan consultorios improvisados junto a brigadas cubanas y personal sanitario de la comunidad que brinda servicios de manera voluntaria.
Los terremotos no terminan cuando deja de moverse la tierra. Después llegan las heridas, el agua contaminada, el calor, la falta de medicamentos y las enfermedades que encuentran terreno fértil en los refugios.
La emergencia dura segundos. Sus consecuencias pueden extenderse durante años.
—¿Qué te puedo decir, muchacha?
La mujer baja la mirada antes de responder.
—Lo perdí todo.
Hace una pausa. Respira. Intenta seguir hablando. No puede. Las lágrimas terminan la frase por ella.
Otra mujer cuenta que quedó atrapada bajo los escombros.
—Pensé que ahí me iba a morir.
Quien la sacó no fue un rescatista. Fue un vecino.
—Aquí nunca llegó nadie. Nos ayudamos nosotros mismos.
La frase se repite con pequeñas variaciones durante toda la mañana.
"Nos salvaron los vecinos". "Fueron desconocidos". "No había maquinaria". "Nos abandonaron".
Las entrevistas dejan de parecer entrevistas. Se convierten en conversaciones interrumpidas por el llanto, y que debo cortar porque estoy sola.
Como periodista, uno llega preparado para hacer preguntas. Nadie enseña qué hacer cuando la persona frente a ti rompe en llanto antes de terminar la primera oración.
Hay un instante incómodo que no aparece en los manuales de periodismo. Sucede justo después de encender la cámara.
Frente al lente hay una mujer abrazando a uno de sus perritos. A su lado, está su esposo. A su frente, hay al menos 10 niños que juegan sin comprender que ya no tienen un hogar a la cual regresar.
La luz es perfecta. La escena también. Cualquier fotógrafo sabe que esa imagen resume una tragedia. Pero también sabe que esa mujer no es una fotografía. Es una persona.
Entonces aparece el conflicto más silencioso de esta profesión.
¿Hasta dónde registrar? ¿Hasta dónde acercarse? ¿Cuándo una imagen deja de informar y comienza a invadir el dolor de alguien?
En más de una ocasión bajo la cámara. No porque falte la historia. Sino porque primero está la dignidad de quien acaba de perderlo todo.
Descubro que cubrir una tragedia también consiste en decidir qué imágenes no tomar y qué testimonios por su crudeza deberán permanecer en mi memoria. Ellos describían cómo salieron vivos, cómo vieron morir a sus familiares, cómo un edificio les arrebató sus sueños, sus miedos, sus futuros.
Mientras caminamos por el refugio, varios afectados reconocen el acento dominicano.
—¿Son de Dominicana?
Asiento con la cabeza, muda.
La reacción me sorprende.
—Ustedes siempre han sido solidarios con nosotros.
No sé qué decir. Ellos acaban de perder familiares, viviendas y recuerdos. Aun así encuentran espacio para agradecer.
Es imposible no pensar en los miles de venezolanos que durante años hicieron de República Dominicana una segunda casa y en los miles de dominicanos que todavía viven aquí. Según el Instituto de Dominicanos y Dominicanas en el Exterior (Index), residían en Venezuela 11,399 dominicanos.
Las fronteras parecen más pequeñas cuando ocurre una tragedia. Fuera del estadio continúan las labores de rescate.
Los 10 rescatistas enviados por el Ministerio de Defensa dominicano habían logrado extraer con vida a tres personas entre los escombros de la denominada zona cero. Tres. Puede parecer un número pequeño. Aquí nadie lo ve así. Tres personas significan tres familias que no tendrán que identificar un cuerpo. Tres abrazos que todavía fueron posibles. Tres historias que continuarán.
La cobertura avanza entre entrevistas, recorridos y declaraciones oficiales.
Las horas pasan deprisa. Sin embargo, el tiempo parece detenido para quienes esperan noticias de un familiar desaparecido.
En cada esquina alguien revisa una lista. En otra, alguien enseña una fotografía.
Más allá, una madre pronuncia el nombre de su hijo, sus padres, hermanos o seres queridos como si al repetirlo pudiera hacerlo aparecer.
Las cifras oficiales siguen creciendo.
Miles de heridos, decenas de miles de desaparecidos. Los periodistas anotamos esos números: De qué vivía, qué perdió, a quién perdió, qué hará ahora, cuál es su plan B. Son necesarios, ayudan a explicar la dimensión de la tragedia. Los números ordenan la noticia, las personas le dan sentido.





En una zona de desastre, el tiempo cambia de significado: las horas parecen días y cada minuto cuenta
A las cinco de la tarde regresamos al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar. El ambiente ya no se parece al de la mañana.
Mientras esperábamos abordar el vuelo de regreso a República Dominicana, coincidimos con médicos, rescastistas y militares británicos, italianos y franceses que también terminaban sus primeras misiones en Venezuela. Cada delegación abordaba un avión. Todos compartían el mismo cansancio.
Nadie sonreía, pero fumaban y conversaban entre ellos.
En pocas horas, era imposible no pensar en el camino recorrido por República Dominicana y Venezuela. Después de años de tensiones diplomáticas, ambos países iniciaron en 2024 un proceso para restablecer sus relaciones bilaterales, comerciales y consulares. Esa reconstrucción, que muchas veces parecía limitarse a comunicados oficiales y reuniones entre cancillerías, adquiría ahora otro significado.
La diplomacia dejaba de ser un concepto abstracto, se transformaba en permisos de aterrizaje para vuelos humanitarios, en médicos cruzando fronteras y en rescatistas compartiendo técnicas con equipos de otros países.
Solo después de vivir una cobertura como esta se comprende que la cooperación entre Estados no siempre se mide por acuerdos comerciales, inversiones y decisiones.
La cobertura obliga al periodista a equilibrar la rapidez con la sensibilidad
El vuelo de regreso está lleno.
Entre los pasajeros viajan los 10 rescatistas dominicanos que durante días trabajaron entre los escombros de la zona cero; médicos que concluyeron su primera jornada; funcionarios de Cancillería; periodistas; y decenas de dominicanos y venezolanos con vínculos familiares en Quisqueya.
Con este vuelo, asciende a 171 el número de personas trasladadas a República Dominicana desde el inicio de la emergencia: 50 dominicanos y 12 venezolanos con familiares en el país se suman a las operaciones anteriores anunciadas por el canciller Roberto Álvarez.
La vicepresidenta Raquel Peña, el ministro de Defensa, Carlos Fernández Onofre, y el viceministro de Política Exterior Bilateral, Francisco Caraballo, esperan su llegada en Santo Domingo.
Pero dentro del avión nadie piensa todavía en el recibimiento. La cabina está en silencio. No es el silencio habitual de un vuelo. Es otro, más pesado y más largo. Como si cada pasajero siguiera atrapado en las imágenes que deja atrás. Ese silencio solo se rompe por el llanto de un bebé que no debe tener más de tres años.
Llora durante varios minutos, no entiende por qué los adultos permanecen callados, no sabe que muchos de ellos acaban de despedirse de una casa que ya no existe, ni que otros todavía desconocen si volverán a encontrar con vida a algún familiar.
Miro alrededor. Hay pasajeros con los ojos rojos. Algunos intentan dormir. Otros aprietan con fuerza una mochila o una pequeña maleta, como si dentro de ella llevaran todo lo que quedó de su vida.
Una mujer observa por la ventanilla sin apartar la vista de las montañas que desaparecen poco a poco bajo las nubes. Nadie la interrumpe.
Los rescatistas dominicanos ocupan varias filas. Hablan poco. Durante todo el vuelo intercambian apenas algunas palabras. No hace falta preguntarles qué encontraron bajo los escombros. Sus rostros ya responden.
Los periodistas hacemos lo mismo. Abrimos las cámaras, revisamos videos, escuchamos otra vez las entrevistas, buscamos la imagen que mejor explique lo que acabamos de vivir. Y, al mismo tiempo, aparece otra pregunta: ¿Hasta dónde mostrar? Porque cubrir una tragedia también implica convivir con un dilema permanente.
Queremos registrar la fotografía que explique el desastre. La imagen que haga comprender al lector la dimensión del dolor. Pero también sabemos que detrás de esa fotografía hay una madre, un padre, un niño o un abuelo viviendo el peor día de su vida.
Hay imágenes que ayudan a entender. Y hay otras que solo satisfacen la curiosidad… O el morbo. La diferencia parece pequeña, pero en realidad, define el periodismo.


Cuando el avión aterriza en Santo Domingo, el reloj marca casi la misma hora en la que, unas horas antes, habíamos salido hacia Venezuela.
Han pasado apenas unas horas, pero siento que regresamos de otro tiempo. Pienso que volveré a la redacción.
La agenda estará llena otra vez de indicadores, informes, estudios, entrevistas o conferencias de prensa. Probablemente abriré una hoja de cálculo, buscaré porcentajes, escribiré titulares.
La rutina volverá a imponerse.
Hasta que otro mensaje interrumpa el día. Otro terremoto, un huracán, una inundación, una crisis humanitaria en un país que, hasta ese momento, solo conocíamos a través de las agencias internacionales, o una tragedia tan cercana que ocurra a pocos kilómetros de la redacción.
Entonces habrá que cerrar la computadora. Y volver a recordar que el periodismo nunca consiste solamente en contar lo que pasó. Consiste en acercarse al dolor con respeto, escuchar antes de preguntar y comprender que, detrás de cada cifra que llega a una redacción, siempre hay un rostro, una historia y una vida que cambió para siempre, aunque tengamos que "humanizar los datos".
Porque, al final, eso fue lo que me enseñó Venezuela.
Que incluso para una periodista acostumbrada a explicar la economía de un país, hay días en los que las cifras dejan de ser el centro de la historia.
Y lo único que importa es no olvidar a las personas que les dieron sentido.
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