El periodista Gilbert Melviluis recuerda la tarde del 12 de enero de 2010. Entre el calor, el bullicio y los gemidos del nuevo año, nunca imaginó que la tierra se movería a tal intensidad —7.0 en la escala de Richter—, dejando una estela de muerte y destrucción tan profunda, que sus réplicas laten en la inestabilidad que ha retrotraído el desarrollo de Haití pasados 5,844 días

Justo a las 4:53 de la tarde del 12 de enero de 2010, el movimiento de la falla Enriquillo–Plantain Garden —la más peligrosa del sur caribeño— movió cimientos en aproximadamente 13 kilómetros. Desde su epicentro, cerca de la ciudad de Léogâne, a unos 25 kilómetros al suroeste de Puerto Príncipe, una estela mortal dejó al menos de 316, 000 muertos, 350,000 heridos y se estima que más de 1.5 millones de personas resultaron desplazadas o afectadas. El sismo asomó a la República Dominicana, incluyendo la capital de Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Bahamas. 

“Nos hemos convertido en este lugar donde la historia se define casi solo a través de los lutos…”, dice Mervilus al recordar el 12 de enero de 2010. Él, sobreviviente a un atentado de bandas el año pasado, asegura que tras el 12 de enero de 2010, “los gobiernos y varios círculos haitianos decidieron instaurar un clima de terror sin comparación con los horrores a los del terremoto”, esto a sabiendas de que el sismo de Haití, como se le llama, ha sido considerado como uno de los más mortíferos de la historia moderna en el hemisferio occidental, y el más fuerte registrado desde 1770 en ese país.

Así, las devastaciones sufridas mayormente en la capital haitiana, Puerto Príncipe, cuyos edificios, incluyendo el Palacio de Gobierno, se derrumbaron, también los hospitales, las escuelas y las miles de viviendas que permanecieron en ruinas por años; ahora, son escondites de bandas que ponen a prueba hasta drones bélicos. El también escritor afirma: “Nos hemos convertido en importadores y consumidores de armas, de todo tipo de municiones”. 

Proyectiles que cayeron en la residencia del periodista Gilbert Melviluis, en Haití, el pasado 2025. (Fuente externa)

La crisis profunda 

Es, dice Mervilus, como que cada 12 de enero se repite una y otra vez, cada día. Recuerda que la primera ayuda recibida por Haití provino de la República Dominicana, pero la inestabilidad institucional se convierte en un temblor constante que lo profundizó el asesinato del presidente Jovenel Moïse, en 2021, dificultando la organización de elecciones verdaderamente democráticas. 

Esta crisis institucional también ha hecho fracasar la cooperación internacional, pues tanto Naciones Unidas como países aliados, encabezados por el país, han intentado mediar, pero la falta de consenso interno ha limitado avances hacia la estabilidad. 

Mervilus también advierte de la influencia de las pandillas armadas que  controlan amplias zonas de Puerto Príncipe y otras ciudades, lacerando cada vez más la autoridad estatal; se aprovechan, relata el periodista, de que más del 60% de la población haitiana continúa viviendo en pobreza extrema. 

Las balas han paralizado el tejido productivo, tanto en el área agrícola como en la manufactura. Las fábricas dejaron de operar de manera escalonada tras el terremoto, y ahora más con la inseguridad que provoca la falta de inversión. 

Como recuerdo latente de lo ocurrido hace hoy 16 años, están de pie los campamentos que han acunado dolor, muerte, graves enfermedades infecciosas -como el cólera- y destrucción. Levantados tras el sismo, aquí incluso los “ejércitos de paz” han devastado vidas, y en más de una ocasión se han denunciado crímenes y violaciones contra infantes y mujeres. 

La pregunta que queda abierta es si la comunidad internacional, y sobre todo Haití mismo, podrán alguna vez transformar ese temblor constante en un signo de estabilidad.  (Fuente externa).

La República Dominicana 

El país fue el primero en acudir en auxilio a Haití; ya el 13 de enero había instalado campamentos de ayuda de médicos y médicas. De hecho, los sobrevivientes en la catástrofe, dice Mervilluis, recuerdan esta y otras acciones humanitarias como lo fue la creación del puente humanitario, la recolección de alimentos y medicinas, también el apoyo institucional. Otra historia gira en torno a las empresas de construcción dominicanas que empezaron las tareas de reconstrucción con un sustancioso negocio. 

El periodista recuerda cuando el expresidente Leonel Fernández “cruzó caminando la región fronteriza para ver cómo podía ayudar a quienes lograron sobrevivir al terremoto”… Fernández, en 2010, denunciaba que la comunidad internacional había dejado a su suerte al vecino país, criticó la lentitud del proceso de reconstrucción e insistió en una reconstrucción liderada por los propios haitianos. 

Con esto coincide con el presidente Luis Abinader, quien, en más de una ocasión, ha señalado que la crisis haitiana —generada en gran parte tras el terremoto del 12 de enero de 2010— es un “problema para toda la región” y que es deber del país protegerse. El año pasado reiteró que Naciones Unidas corría el riesgo de caer en la “irrelevancia” si no actuaba frente a crisis como la de Haití.

También, la política migratoria oficialista se trazó como meta la deportación de hasta 10 mil haitianos y haitianas por semana; y cercó los hospitales para reducir hasta en un 40% (según la narrativa oficial) el nacimiento de niños y niñas de padres y madres de Haití. 

No obstante, actualmente, las personas migrantes haitianas son las de mayor cantidad en el país; se estima que 750 mil haitianos y haitianas viven en situación irregular, llegan debido a la violencia, exclusión, tensiones sociales y políticas… Pues como escribe Mervilluis, en Haití «la tierra sigue temblando» y cruzar la frontera es de las pocas esperanzas que quedan

La pregunta que queda abierta es si la comunidad internacional, y sobre todo Haití mismo, podrán alguna vez transformar ese temblor constante en un signo de estabilidad. 

Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

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