El 14 de mayo de 2026, Esmeralda Moronta de los Santos fue asesinada por su expareja. Previo al acontecimiento había denunciado que su expareja la rastreaba con un GPS y la hostigaba desde que terminaron su relación. La denuncia no fue suficiente para salvarle la vida.
Su caso no es una excepción. Es, dolorosamente, la norma. República Dominicana registró 22 feminicidios en el primer trimestre de 2026, según la Procuraduría General de la República, y el Ministerio de la Mujer elevó esa cifra a 27 para el mes de mayo. Solo tres de esas víctimas habían denunciado amenazas previas. Las demás murieron en silencio. En ese mismo período, el Ministerio Público recibió 17,552 denuncias por violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales, de las cuales el 89 % corresponde a violencia intrafamiliar y de pareja.
Frente a esta realidad, varias voces del periodismo y el análisis social han alzado la voz en las páginas de opinión de Acento. Sus columnas, publicadas en mayo de 2026, configuran un diagnóstico colectivo que merece ser leído en conjunto.
"El feminicidio cuenta con permiso social"
La socióloga Tahira Vargas García plantea en su artículo Feminicidios, asunto de Estado, que el problema no es solo de los agresores, sino de toda la estructura que los rodea y los protege.
"Los hombres agresores no actúan solos", escribe Vargas García. "Los crímenes ejecutados son una respuesta de un tejido social masculino con una complicidad y silencio que lo sostienen y favorecen su reproducción. Esto incluye no solo a los hombres agresores, amigos, familiares y pares, sino también a quienes se encuentran en el sistema de justicia que interactúan con hombres con expedientes feminicidas y muchas veces negocian con los agresores", explica.
La socióloga también desmonta uno de los argumentos más repetidos en la conversación pública: el que culpa a las mujeres de no haberse ido a tiempo.
"Expresiones frecuentes en las corrientes de opinión mediáticas niegan e invisibilizan la realidad de una mujer que hizo todo el esfuerzo por romper el círculo de violencia y precisamente cuando está transitándolo, la matan", advierte.
Señala que el país podría aprender del modelo de Kosovo, donde la muerte de una mujer a manos de su pareja se convierte en duelo nacional. "En nuestro país debemos aprender de Kosovo: la muerte de una mujer es una derrota del Estado dominicano y debe ser un día de luto nacional".
Una cadena que comienza mucho antes del golpe
Elisabeth de Puig, investigadora y articulista, explica en "Embarazos adolescentes y feminicidios" la conexión entre la maternidad temprana y la violencia extrema en la adultez.
"El feminicidio no aparece de repente en la vida de una mujer. Comienza mucho antes: en una adolescencia truncada, en una dependencia temprana, en el aprendizaje silencioso de que amar también significa soportar gritos, humillaciones o golpes a cambio de la seguridad material de un 'proveedor'", señala De Puig.
La autora señala que la dependencia, control, baja autoestima y normalización del sacrificio femenino dificulta romper vínculos dañinos. También resalta que la sociedad cambia rápidamente en apariencia, mientras amplios sectores continúan atrapados en profundas desigualdades afectivas, económicas y culturales.
Además, indica que muchos hombres no hacen más que reproducir lo que vivieron en su propia infancia. "Siguen creciendo en esquemas de masculinidad donde controlar, celar, imponer autoridad o ejercer dominio sobre la mujer continúa siendo normal".
La sociedad también mata
Rafael Ramírez Medina, en su columna "Feminicidio: el grito que RD no puede seguir ignorando", indica que es una responsabilidad colectiva. Las cifras que cita son elocuentes: entre 63 y 71 feminicidios en 2024, aproximadamente 59 en 2025, y entre 22 y 32 en los primeros meses de 2026.
"Lo más doloroso es que como sociedad solemos reaccionar únicamente cuando ocurre la tragedia. Durante algunos días abundan los mensajes de indignación, los debates en los medios y las exigencias de justicia. Pero luego el tema desaparece de la conversación pública hasta el próximo crimen", señala.
El articulista también cuestiona la tendencia social a juzgar a las víctimas: "Cuando una sociedad intenta explicar un feminicidio culpando a la víctima, también contribuye a normalizar la violencia." Y concluyendo que tanto el silencio como la indiferencia y la falta de acción también terminan siendo cómplices.
El poder y el lenguaje que subyugan
Mildred Dolores Mata, en su columna "Poder, individualismo, sexo y cultura de superioridad: los feminicidios", ofrece una lectura estructural del problema. Para Mata, los feminicidios no son actos aislados de hombres perturbados, sino el resultado de un sistema que los forma y los habilita.
"Los hombres que matan a las mujeres son educados en sentir el placer, el logro de dominar, de controlar, de sentirse superiores; y así lo creen ellos, y parte de las familias, de las instituciones educativas, parte del Estado", escribe.
Mata propone un conjunto de respuestas que van desde la aprobación de la Ley Orgánica Integral sobre violencia de género, hasta la crianza afirmativa, la comunicación asertiva y la inteligencia emocional. "Fomentar el espíritu colectivo, de ciudadanía activa, de servicios, motivando a ser parte de organizaciones sociales, políticas y culturales", es parte de su hoja de ruta.
La familia como primer campo de batalla
Dinorah García Romero, en su serie "Prevención de la violencia, gestión de conflictos y cultura de paz en la institución familiar" (publicada en dos partes), aporta una mirada desde la educación y la formación familiar.
En la primera parte, García Romero advierte sobre el riesgo de la normalización: "Su presencia sistemática, con intensidades distintas y múltiples, en el seno de la familia, presenta el riesgo de la normalización de la violencia intrafamiliar." Identifica raíces estructurales, como la pobreza, fragilidad educativa, precariedad laboral, segregación social, que hacen que la prevención sea siempre provisional:
"El carácter coyuntural se institucionaliza, porque las raíces no sufren transformación, se cristalizan."
En la segunda entrega, la autora propone que la solución no puede ser exclusiva de psicólogos, trabajadores sociales o líderes religiosos. "Es importante que desde los primeros años se propicien programas de formación para aprender a convivir con los otros", señala. Resalta, además, que la construcción de una cultura de pacificación no se compra ni se fotocopia; se teje en el seno de la familia, en las aulas y en los entornos abiertos a la comunión de valores.
Lo que estas voces dicen juntas
Leídas en conjunto, estas columnas construyen un diagnóstico que va mucho más allá de las estadísticas. Coinciden en que el feminicidio no es un problema individual, sino estructural; que no comienza con el crimen, sino mucho antes; y que la sociedad dominicana tiene una cuota de responsabilidad que todavía no ha asumido plenamente.
También coinciden en que las respuestas deben ser integrales: leyes más fuertes, instituciones más comprometidas, educación desde la primera infancia, y una transformación cultural que deje de ver a la mujer como propiedad y al control como sinónimo de amor.
El caso de Esmeralda Moronta, que denunció, que buscó ayuda, que hizo todo lo que se supone que debía hacer, es la prueba más dolorosa de que el sistema todavía falla. Y mientras la Iglesia Católica expresa inquietud por el repunte de feminicidios y legisladores impulsan la Reforma Integral "Déjala Ir" para declarar emergencia nacional, las voces de estas articulistas recuerdan que ninguna ley alcanza si la cultura no cambia.
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