La deserción escolar en la República Dominicana no empieza el día que un estudiante deja de ir a clases. Empieza mucho antes, dentro del propio sistema, cuando ese estudiante avanza de grado sin haber consolidado los aprendizajes que debería dominar. Esa es la tesis central que plantea el académico Radhamés Mejía en un artículo de opinión publicado este domingo en Acento, titulado "La escuela que promueve sin enseñar: una raíz estructural de la deserción escolar".
El artículo integra cuatro investigaciones recientes y concluye que el país enfrenta dos formas de exclusión educativa simultáneas: la externa —los estudiantes que abandonan— y la interna —los que permanecen en la escuela pero no aprenden—, y que la segunda alimenta directamente a la primera.
La brecha de 30 puntos que lo dice todo
Uno de los datos más contundentes del artículo proviene de investigaciones del Centro de Investigación en Educación y Desarrollo Humano (CIEDHUMANO), de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Según esos estudios, existe una diferencia promedio de 30 puntos entre las calificaciones que los estudiantes obtienen en el aula y los resultados que alcanzan en las Pruebas Nacionales.
En términos concretos: un estudiante con una nota de presentación de 85 puede obtener alrededor de 55 en la prueba estandarizada. Para Mejía, esto "no es un detalle técnico, es una señal estructural" que evidencia que el sistema promueve a estudiantes que no han alcanzado los aprendizajes que el propio currículo exige.
Más de la mitad interrumpe sus estudios al menos una vez
El artículo cita un estudio sobre discontinuidad educativa elaborado por IDEC, FLACSO-RD y el Ministerio de Educación (Mones et al., 2026), que analizó el seguimiento de cohortes de estudiantes dominicanos. Sus hallazgos son reveladores:
- Más de la mitad de los estudiantes experimenta al menos un episodio de salida del sistema educativo.
- Aproximadamente un tercio no logra concluir la secundaria tras varios años de seguimiento.
- Los estudiantes no abandonan de repente: interrumpen, regresan, repiten, cambian de centro y finalmente se van.
Mejía describe este patrón como "trayectorias educativas fragmentadas" y lo interpreta como la consecuencia visible de rezagos acumulados que el sistema no corrigió a tiempo.
El sistema da la ilusión de que funciona
El decano de Humanidades de PUCMM señala que la disfunción es especialmente peligrosa porque permanece oculta detrás de indicadores aparentemente positivos: tasas de promoción altas, aulas llenas, estudiantes que avanzan de grado. "El sistema puede dar la impresión de estar funcionando", escribe Mejía, pero esa eficiencia aparente "oculta una disfunción más profunda: la desconexión entre la progresión y el aprendizaje".
A esa contradicción la llama "la ilusión de éxito del sistema": "El sistema certifica, pero no siempre forma. El sistema promueve, pero no siempre enseña. Y, en consecuencia, el sistema retiene menos de lo que cree".
No es incapacidad del estudiante: es falla del sistema
Mejía también desmonta una de las explicaciones más extendidas sobre el fracaso escolar. Citando la tesis doctoral de Lilian García (Universidad de Murcia, 2012), señala que muchos adolescentes con conductas de riesgo y abandono escolar presentan niveles de inteligencia y creatividad compatibles con el aprendizaje. La relación más consistente, según esa investigación, no se da entre capacidad cognitiva y conducta desviada, sino entre exclusión escolar y riesgo social.
"El problema no puede reducirse a una supuesta incapacidad de los estudiantes para aprender", concluye el autor, "sino que también remite a las dificultades del sistema para integrarlos, sostenerlos y responder a sus trayectorias reales".
Las recomendaciones necesarias
A partir del diagnóstico que construye, Mejía plantea —de forma implícita y explícita— las siguientes líneas de acción:
- Dejar de tratar la deserción como un problema de acceso o pobreza y reconocerla como el resultado de trayectorias educativas deterioradas dentro del propio sistema.
- Cerrar la brecha entre evaluación interna y externa, revisando las prácticas de calificación en el aula para que reflejen aprendizajes reales y no una promoción automática.
- Intervenir temprano en los rezagos, antes de que los estudiantes lleguen a la secundaria con déficits acumulados que el sistema ya no puede corregir.
- Rediseñar la respuesta a las trayectorias fragmentadas, reconociendo que los estudiantes no abandonan de una sola vez, sino que se desconectan progresivamente, lo que abre ventanas de intervención.
- Combatir la "promoción sin aprendizaje" como política de Estado, entendiendo que avanzar de grado sin dominar competencias básicas agrava el problema en lugar de resolverlo.
- Repensar el sentido de la escuela para el estudiante, atendiendo no solo la dimensión académica sino también la existencial: cuando el alumno percibe que no aprende ni avanza realmente, la escuela pierde sentido y con él, la capacidad de retener.
- Abordar simultáneamente la exclusión interna y la externa, ya que enfocarse solo en evitar el abandono sin atacar la permanencia sin aprendizaje no resuelve el problema de fondo.
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