Mario Vargas Llosa, «Yo quiero mucho a la República Dominicana»

Foto: Acento.com.do/Mario Vargas Llosa con el embajador dominicano en España, Olivo Rodríguez Huertas.

MADRID, España. – Mario Vargas Llosa fue el invitado del país invitado a la 78a. Feria del Libro de Madrid, la República Dominicana, para conversar con Soledad Álvarez, poeta, y una de las intelectuales dominicanas que ha tenido la responsabilidad de organizar y llevar a cabo el programa que representa intereses y motivaciones de la media isla del Caribe en presentar “un país de cultura”.

El lunes 10 de junio fue el día escogido para que Mario Vargas Llosa y Alvares conversaran sobre la relación del premio Nobel de Literatura con la República Dominicana. Previo a este diálogo, Minou Tavárez Mirabal y la escritora española Amelia Valcárcel también dialogaron sobre dictaduras y lucha por la libertad, en un conversatorio titulado “La correspondencia entre Minerva Mirabal y Manuel Aurelio Tavárez Justo”, a propósito del libro “Mañana te escribiré otra vez”, de Minou Tavárez Mirabal, que reúne la correspondencia íntima entre los dos mártires de la República Dominicana.

El salón estaba lleno. El pabellón dominicano de la Feria del Libro de Madrid no daba para más. El público buscaba espacio en los resquicios más insólitos. Faride Raful y Nuria Piera llegaron, junto a Tony y Grey, y se ubicaron en el suelo, a la orilla de la tarima utilizada para sentar a los disertantes. Olivo Rodríguez Huertas, el embajador dominicano, reconoció que no había espacio suficiente para todos los invitados y los que iban llegando. La Feria evitó anunciar públicamente la presencia de Mario Vargas Llosa en el recinto.

Antes de la llegada de Mario Vargas Llosa se dispuso un sistema de entrada, seguridad incluida, que implicaba que todas las personas que se encontraban dentro saldrían. No hubo forma de complacer a los oficiales de seguridad. Cuando se informó que los presentes debían abandonar el salón, pocos lo hicieron. Unos momentos después llegó el premio Nobel acompañado de Isabel Presley, su esposa, lo que facilitó el inicio del encuentro con las palabras de gratitud de Olivo Rodríguez Huertas.

Como no se trataba de una entrevista, sino de un diálogo, Soledad Álvarez le dio inicio recordando la amistad que ambos iniciaron en 1975, cuando el escritor llegó a la República Dominicana a realizar un reportaje sobre el país para la radio televisión francesa. Dijo Soledad que como dominicano casi que es, fue Vargas Llosa quien le sugirió tener un diálogo sobre su relación con los dominicanos, porque conociendo las responsabilidades y muchas tareas del escritor, la idea del equipo organizador del programa del país invitado, era apenas invitarlo a que visitara el pabellón.

Mario: Efectivamente, como ha dicho Soledad, yo quiero mucho a la República Dominicana. Creo que nos pasa a todos con las ciudades como con las personas. Hay ciertas personas que nos caen bien inmediatamente las conocemos, y otros que no nos caen tan bien, y algunos francamente mal. Y yo creo que con las ciudades nos pasa lo mismo. A mí me basta llegar a una ciudad para descubrir que hay una afinidad entre yo y la ciudad, o no la hay, o que hay incluso algún rechazo. Y a mí me pasó con la República Dominicana eso en el año 1975.

Yo fui con el encargo de un documental que quería hacer la radio televisión francesa. Fui con un equipo, y apenas llegue fue inmediatamente el amor a primera vista. Realmente me sentí en mi casa. Inmediatamente hice una muy buena relación con mucha gente. Recuerdo que la primera persona que conocí no era una dominicana, sino una francesa, que era Mariana de Tolentino, que tenía muchos años allí, que hacía la crítica de arte en el Listín Diario, y me hice muy amigo de ella y de su marido, Mario Tolentino, que era un médico destacado.

Efectivamente hubo ese amor a primera vista. Lo que más me impresionó fue que los dominicanos hablaban ya con mucha libertad de lo que les había ocurrido en la dictadura de Trujillo. Las historias que yo oía, al revés y al derecho, casi todas las conversaciones desembocaban en lo que les había ocurrido en la época de Trujillo y fue realmente una especie de impregnación lo que tuve en una semana. Realmente recogí tantas anécdotas, tantas imágenes. Además, todo eso dentro del paisaje dominicano, que es un paisaje tan enormemente atractivo. Yo no recuerdo qué mes era, pero era una época realmente maravillosa, un poco de calor en las tardes, pero en el día había un ambiente espléndido, ese sol magnifico, el mar que estaba presente por todas partes, en todos los momentos. Realmente tuve una impregnación y lo que más me impresiono fueron esas anécdotas que oí.

Soledad: En esa época tu entrabas en tu etapa histórica, con novelas como La Guerra del fin del Mundo, empezabas a pensar en otras cosas…

Mario: Yo recordé mucho en ese primer viaje mis estudios en Lima, en la Universidad de San Marcos, el nombre de Trujillo. Tenía una enorme publicidad en la época. No solo porque era un dictador, sino porque era un dictador histriónico. Su régimen estuvo marcado por hechos histriónicos, hechos teatrales. Había un anecdotario de él, no solo respecto a su crueldad, sino a su teatralidad y a ese afán exhibicionista que caracterizó a su régimen.

Yo recordaba las cosas que iba oyendo con esos recuerdos que tenía de estudiante, porque había muchas dictaduras, porque América Latina estaba de un confín a otro confín llena de dictaduras militares. Pero quizás la de Trujillo destacaba sobre todo por su teatralidad. Y lo que más me impresionó, recuerdo que muchas veces yo oía unas anécdotas que decía no puede ser verdad. Los dominicanos son también latinoamericanos, que tendemos a exagerar, a aumentar las cosas que nos ocurren o que recordamos. Y una de las cosas que más me impresiono fue oír decir que cuando hacía sus viajes por la República Dominicana, a Trujillo los campesinos le regalaban sus hijas. Yo decía que eso no puede ser cierto, no puede ser verdad. Entonces Marianne y su marido me dijeron: te vamos a presentar a una persona que estuvo cerca de Trujillo (que era Khalil Haché, que había sido uno de sus asesores militares).

Yo congenié muy bien con Khalil Haché. Me hizo una comida en su casa, donde invitó a muchos trujillistas, y era casi irreal, y recuerdo que no hablaban de Trujillo sino del Jefe, de una manera reverencial. Yo le pregunté a Khalil si esto es cierto, que cuando Trujillo salía en gira le regalaban sus hijas, y dijo sí, y era un problema para el Jefe, porque ¿qué hacía con esas muchachas?. A algunas las casaba con militares, pero él no sabía qué hacer, no quería quedar mal con las personas que le hacían este regalo sabiendo que le gustaban las mujeres.

Tony Raful, Isabel Presley, Mario Vargas Llosa, Olivo Rodríguez Huertas, Soledad Álvarez y Bernardo Vega.
Tony Raful, Isabel Presley, Mario Vargas Llosa, Olivo Rodríguez Huertas, Soledad Álvarez y Bernardo Vega.

Soledad: A mí esa historia me parece espantosa y casi que la dudo. Esa historia es sí y es no, en algunos momentos, pero no podemos generalizar…. llego a tener un poder irracional.

Mario: No es excepcional, porque con los dictadores ocurre esa especie de fascinación. El llegó a tener un dominio absolutamente increíble sobre el país. El equivalente en Perú podría ser el general Odría, que nos marcó muchísimo a mí y a mi generación. Nuestra infancia y nuestra adolescencia pasó bajo una dictadura, pero dejó el poder ocho años después. Era una dictadura corrompida y brutal, pero no era exhibicionista. Era una persona más bien lúgubre, discreto, callado. La brutalidad sí era enorme, como suelen ser las dictaduras. Era huraño. Vivir en esa dictadura fue una experiencia terrible, parecida a la de los dominicanos en los 31 años que estuvo Trujillo.

Soledad: ¿Cómo lograste captar el alma dominicana en tu proceso de investigación, los olores, los sonidos, el ambiente, el habla dominicana, y llevarlo a las páginas de tu novela “La Fiesta del Chivo”?

Mario: Me ayudaron muchísimo mis amigos dominicanos. Sin la ayuda de los dominicanos no habría logrado escribir esa novela. La ayuda de José Israel Cuello y su esposa, de Soledad Álvarez y Bernardo Vega… Leí muchos libros, periódicos, documentos. Y hablé mucho con las personas. Cuando escribí la novela se desataban las lenguas, ya los dominicanos hablaban y contaban muchas cosas. Uno podía recoger muchísimos testimonios que todavía estaban vivos en la memoria de los dominicanos.

Me impresionó muchísimo la alegría que uno siente llegando a la República Dominicana. Es un país alegre, un país donde la gente es muy divertida, hay música. La música está siempre muy presente. En comparación con la República Dominicana, la mayor parte de los países latinoamericanos resultan tristes, resultan opacos, hay como una resignación a las circunstancias. Y la República Dominicana, la impresión que yo tengo, es todo lo contrario. Es que la gente vive, se divierte, puede tener problemas, puede tener dificultades económicas, pero la gente se divierte, tiene su música, tiene su sol, el mar maravilloso, y entonces hay una especie de alegría de vivir que resulta muy desconcertante, sorprendente para los demás.

Soledad: Es la alegría que percibe Urania cuando llegó. Ella está en el hotel y escucha el ruido de la calle….

Mario: Déjame que te cuente como nació Urania. No es un personaje de la realidad, es un personaje inventado, pero ella se convierte en una protagonista de esta historia, porque yo creo que la víctima de la dictadura de Trujillo fue la mujer. Yo creo que la mujer fue humillada, fue vejada.

Fue una dictadura viril, de hombres machos, entonces el macho demuestra su machismo vejando y humillando, ofendiendo a la mujer. Creo que los testimonios más terribles son seguramente de lo que fue la condición de la mujer durante los 31 años de Trujillo. De ahí nació la idea de convertir a Urania, una mujer, en la protagonista de la historia.

Recuerdo una conversación con Mariana de Tolentino y su marido en la que él me contó una historia de él niño que a mí me impresionó porque me dijo: Yo estaba en la puerta de mi casa y de repente vino un auto elegante que paró frente a la puerta de mi casa, frente a una casa opuesta a la que yo vivía, donde había un ministro de Trujillo. De repente veo que se baja el mismo Trujillo de ese auto, eran las 11:00 de la mañana. Toca la puerta, le abren y entra. A mí se me ocurre a la hora del almuerzo decírselo a mis padres, y entonces vi por primera vez en mi vida a mi padre palidecer como un muerto y decirme furioso: “Tú no has visto lo que dices que has visto, eso es mentira, olvídate”. Gritándome de una manera que no había hecho nunca. Por primera vez me di cuenta de que mi padre tenía miedo, un miedo pánico.

Eso se me quedó grabado. La historia de un niño que descubre la presencia de la dictadura a través del miedo pánico que descubre en los gritos, en los ojos de su padre.

Soledad: En un artículo Bernardo Vega contó las veces que la novela “La Fiesta del Chivo” se separa de la ficción al narrar hechos históricos.

Mario: A mí me ayudaron mucho los libros y documentos de Bernardo Vega, me los leí todos. Recuerdo muy bien ese artículo, en el que se equivocó en dos cosas. Dijo que dos cosas yo había inventado y no eran inventadas sino ciertas. Recuerdo que eran dos y las discutí con José Israel Cuello, y me dijo que Bernardo se había equivocado, porque esas dos cosas sí ocurrieron.

Yo inventé mucho. Cambié datos, cambié nombres. Mi libro es una novela, no es un libro de historia. Lo que conté, si no pasó pudo haber pasado.

El límite que me puse fue si hay invenciones pudieron haber pasado. Es lo que he hecho con las novelas históricas que he escrito. Hay muchas invenciones que no van más allá de lo posible.

En el caso de “La Fiesta del Chivo” hubo cosas que no pude contar porque no resultaban creíbles. Hay ciertas cosas que nosotros no podemos admitir que ocurren en la realidad. Yo creo que hay en los seres humanos una cierta decencia de base que los defiende del horror. El horror que se vive en una dictadura puede llegar a lo inverosímil. Yo creo que en el caso de las dictaduras latinoamericanas se llegó muchas veces, gracias al poder absoluto de los dictadores, a unos excesos inverosímiles y entonces esos excesos ya no se pueden contar, esos excesos no tienen cabida en la realidad. Es algo que yo descubrí escribiendo “La Fiesta del Chivo”.

De Trujillo a Balaguer

Mario: Yo espero que el dominicano escriba algún día la gran novela de Balaguer porque Balaguer es un personaje realmente notable. Yo hablé tres veces con él cuando estaba escribiendo La Fiesta del Chivo y ya estaba ciego. Era extremadamente astuto, no le saqué nada que él no quisiera decirme. Recuerdo que una de las cosas más curiosas que me dijo fue “la corrupción llegó hasta la puerta de mi despacho, pero nunca entró”. Después recuerdo haberle dicho: “Pero Dr. Balaguer, usted un hombre inteligente, ha leído, ha escrito, sabe lo que significa la poesía, ¿qué hacía usted con Trujillo? ¿qué hacía usted con esa pandilla de analfabetos, de gentuzas brutales, sanguinarias?”.

Él me dijo “mira, yo era un hermano lleno de hermanas que tenía que mantener, a mí me gustaba la política. ¿Qué clase de política se podía hacer en la República Dominicana si no era con Trujillo? Me puse dos exigencias cuando decidí trabajar con Trujillo: la primera, no participar nunca en sus orgías, y así fue, tengo que decir que nunca fui invitado tampoco. Y después, no robar, y yo no he robado”.

Creo que es verdad eso, a él no le interesaban las orgías ni nada de eso, le interesaba el poder. Siempre estuvo en el poder y llegó incluso a engañar a Trujillo porque cuando lo nombró presidente de la República le preguntaron por qué eligió a Balaguer, y Trujillo dijo “porque Balaguer no tiene ambiciones”. ¡Qué canalla! Balaguer no tiene ambiciones y fue presidente una vez con Trujillo y cinco veces con la democracia. Cómo hubiera sido si hubiera tenido ambiciones.

“Que nadie aspire mientras Balaguer respire”. Creo que ahí hay una gran novela en potencia, que estoy seguro de que algún dominicano escribirá.

Tiempos Recios, la nueva novela de Vargas Llosa, inspirada en República Dominicana

Mario: Yo estaba en Santo Domingo hace ya hace tres o más de dos años, en una cena en casa de Patricia De Moya. Estaba en la elegante casa de Patricia, había mucha gente. Eran los finales de la, cena yo estaba sentado en una silla y de repente oigo una voz que me dice “Mario, yo tengo una historia para ti”, y digo “¡Dios mío, qué horror! Basta que a mí me cuenten una historia para que yo la escriba o para que yo no la escriba”. Automáticamente rechazo toda sugerencia. Pero sucede que esa persona era una persona que yo conocía, no la había reconocido todavía. Un antiguo conocido, escritor, historiador, poeta… y me cuenta la historia. Y de repente yo descubro uno o dos días después que esa historia no se me quitaba de la cabeza. La historia volvía y volvía. Y de pronto descubrí que estaba tomando notas, estaba llenando fichas. Normalmente esa es la manera en como comienzan las novelas que yo escribo, y de pronto comienzo a investigar y llamo a esta persona, averiguo su teléfono y lo llamo. Y le digo “oye, esa historia que tú me has contado, ¿me la podrías contar de nuevo? ¿podríamos vernos para profundizar un poquito?”.

Esa historia me ha tenido trabajando por lo menos dos años y medio, y el gran culpable de que yo haya escrito esa novela es un señor que está aquí, que se llama Tony Raful.

Al final creo que el libro ha salido diferente de la historia que él me contó, pero la ayuda que me ha prestado al igual que otros amigos dominicanos ha sido verdaderamente muy importante.

Tony, esa historia que me contaste de alguna manera me ha tenido trabajando más de dos años y está lista. Se va a llamar, gracias a una cita de Santa Teresa de Ávila “Tiempos Rezos”. Está dedicada a tres amigos dominicanos que son Tony, Soledad y Bernardo.

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