La política dominicana llega a 2026 con un contrasentido difícil de ignorar: los partidos siguen siendo las principales estructuras de acceso al poder, pero una parte creciente del electorado parece sentirse cada vez menos representada por ellos. La encuesta Gallup-Diario Libre de mayo de 2026 dejó un dato que resume esa tensión: el 23.5 % de los entrevistados afirmó no simpatizar con ninguna organización política.

Ese porcentaje coloca a “Ninguno” como el segundo bloque de simpatía política del país, solo por debajo del Partido Revolucionario Moderno (PRM), que registra 30.4 %, y por encima de la Fuerza del Pueblo, con 19.6 %, y del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), con 19.5 %. El dato no significa que exista una fuerza organizada llamada “Ninguno”, ni que todos esos ciudadanos votarán igual, se abstendrán o respaldarán una candidatura antisistema. Pero sí revela algo políticamente sensible: una porción importante del electorado dominicano ya no declara una lealtad partidaria estable.

En un país donde los partidos han sido históricamente maquinarias de identidad, empleo, protección, ascenso social, representación territorial y movilización electoral, que casi uno de cada cuatro consultados diga no simpatizar con ninguna organización política no es un detalle estadístico. Es una señal de desgaste de un sistema que, aunque mantiene estructuras fuertes, enfrenta una crisis de conexión con sectores cada vez más amplios de la ciudadanía.

1978: el punto de partida del ciclo democrático moderno

El año 1978 ocupa un lugar central en la historia política dominicana. Con la salida del ciclo autoritario encabezado por Joaquín Balaguer y la llegada del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) al poder, el país abrió una etapa de alternancia electoral que permitió construir el sistema democrático moderno.

Juramentación del presidente Antonio Guzmán Fernández el 16 de agosto de 1978.

Desde entonces, el sistema político se organizó alrededor de grandes marcas partidarias: primero el PRD, el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) y el PLD; luego, con el debilitamiento reformista y la división perredeísta, el mapa fue reconfigurándose hasta llegar al actual triángulo formado por PRM, Fuerza del Pueblo y PLD.

Durante décadas, esas organizaciones no solo competían por votos. También estructuraban identidades, redes territoriales, carreras políticas, liderazgos locales y expectativas de ascenso social. Sin embargo, el escenario de 2026 muestra una realidad distinta: el sistema conserva partidos fuertes, pero no necesariamente adhesiones sólidas.

El segundo lugar no lo ocupa un partido

La primera lectura de la encuesta Gallup-Diario Libre es que el PRM sigue encabezando la simpatía partidaria. La segunda es que la oposición tradicional permanece dividida entre la Fuerza del Pueblo y el PLD, prácticamente empatadas. Pero la lectura más profunda está en otro lugar: el segundo espacio más grande no lo ocupa un partido, sino la ausencia de partido.

“Ninguno” supera individualmente a las dos principales organizaciones opositoras y obliga a mirar el escenario de 2028 desde una perspectiva menos rígida. No basta con medir estructuras, alcaldes, senadores, diputados, locales, dirigentes o alianzas. También hay que medir disponibilidad política, cansancio, desconfianza y distancia emocional frente a las organizaciones partidarias.

Eso coloca al electorado sin simpatía partidaria en el centro del tablero. No tiene local, padrón, bandera ni candidato, pero puede convertirse en el terreno donde se decida la próxima competencia presidencial, especialmente si el escenario se mantiene fragmentado y ningún partido logra consolidar una mayoría suficiente en primera vuelta.

“Ninguno” no es apatía pura

Sería un error interpretar ese 23.5 % como apatía absoluta. Dentro de ese bloque pueden convivir perfiles muy distintos: ciudadanos independientes, jóvenes que no crecieron bajo las identidades partidarias tradicionales, votantes críticos del Gobierno y de la oposición, personas que deciden por candidatos y no por partidos, electores desencantados, abstencionistas potenciales y ciudadanos que esperan hasta último momento para definirse.

También puede haber votantes que participan, pero no quieren identificarse públicamente con ninguna organización. En contextos de baja confianza institucional, la simpatía partidaria no siempre coincide con la intención final de voto. Por eso, más que una masa uniforme, “Ninguno” debe entenderse como un territorio político en disputa.

El partido que logre hablarle a ese segmento sin tratarlo como simple “voto prestado” puede ganar ventaja. El que lo ignore corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que las elecciones no se ganan solo con estructuras, sino también con emociones, credibilidad, conexión social y capacidad de interpretar el malestar ciudadano.

De la identidad partidaria al voto disponible

La política dominicana ha cambiado. Durante décadas, la simpatía partidaria fue una especie de pertenencia. Se era peledeísta, reformista, perredeísta o, más tarde, perremeísta, como parte de una identidad familiar, territorial o social. Hoy, esa relación luce más frágil.

Una parte del electorado observa, compara, critica y decide con menor fidelidad. Ya no necesariamente vota por historia, color o militancia. Puede votar por gestión, percepción económica, liderazgo personal, rechazo a otro candidato o simple conveniencia coyuntural. Ese cambio favorece a los liderazgos con alta visibilidad pública, pero también vuelve más inestable el sistema.

Cuando las lealtades partidarias se debilitan, las campañas dependen más de la imagen, las emociones, las redes sociales, la coyuntura económica y la capacidad de interpretar el malestar. La encuesta Gallup no solo mide quién está arriba o abajo. Mide también un cambio cultural: la política dominicana parece moverse de la identidad partidaria hacia una lógica más volátil, más personalizada y más desconfiada.

El dato también aparece dentro de los partidos

Los gráficos internos de Gallup añaden otro elemento al análisis: la respuesta “ninguno” no solo aparece como bloque nacional, también surge dentro de las propias simpatías partidarias. En el PRM, entre sus simpatizantes, David Collado domina ampliamente la intención presidencial interna con 61.8 %, seguido por Carolina Mejía, con 21.1 %. La opción “ninguno” aparece con 9.7 %, por encima de figuras como Raquel Peña, José Ignacio Paliza, Guido Gómez Mazara, Yayo Sanz Lovatón, Wellington Arnaud, Jean Luis Rodríguez y Andrés Cueto.

¿Desgaste o renovación? El sistema de partidos dominicano frente a su mayor crisis de legitimidad desde 1978

En la Fuerza del Pueblo, el liderazgo interno luce más concentrado: Leonel Fernández aparece con 64.9 %, seguido por Omar Fernández, con 31.7 %, mientras que “ninguno” registra apenas 3.4 % entre los simpatizantes de esa organización. El dato sugiere que, dentro de ese partido, la competencia presidencial está más definida alrededor de dos figuras de alto reconocimiento.

¿Desgaste o renovación? El sistema de partidos dominicano frente a su mayor crisis de legitimidad desde 1978

El caso más llamativo está en el PLD. Entre sus simpatizantes, Gonzalo Castillo encabeza con 48.3 %, seguido por Abel Martínez, con 25.3 %. Pero la opción “ninguno” alcanza 21.8 %, un porcentaje alto dentro de una organización que todavía busca recomponer liderazgo, identidad y cohesión electoral. Ese dato no debe leerse como una intención de voto nacional, porque corresponde a bases específicas de simpatizantes por partido, pero sí sirve como señal interna: incluso dentro de algunas organizaciones hay votantes que se reconocen cercanos a una sigla, pero no encuentran todavía una figura presidencial que los convenza.

¿Desgaste o renovación? El sistema de partidos dominicano frente a su mayor crisis de legitimidad desde 1978

Las candidaturas internas y el peso de las alianzas

La encuesta también permite observar cómo se mueven los principales liderazgos dentro de sus respectivas organizaciones y qué ocurre cuando esos nombres se colocan en un escenario más amplio de alianzas electorales. Entre los simpatizantes del PRM, David Collado aparece con una ventaja amplia, con 61.8 %, seguido por Carolina Mejía, con 21.1 %. En el PLD, Gonzalo Castillo encabeza la medición interna con 48.3 %, por encima de Abel Martínez, que registra 25.3 %. Mientras, en la Fuerza del Pueblo, Leonel Fernández concentra el liderazgo con 64.9 %, seguido por Omar Fernández, con 31.7 %.

Cuando la encuesta traslada la pregunta a la población general y plantea un escenario de partidos políticos y alianzas electorales, el panorama adquiere otra lectura. Según el gráfico de Gallup facilitado para este análisis, David Collado aparece con 45.2 %, seguido por Gonzalo Castillo, con 35.5 %. Más atrás figuran Leonel Fernández, con 34.9 %; Omar Fernández, con 34.1 %; y Carolina Mejía, con 17.6 %. La opción “ninguno” alcanza 23.7 %.

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Ese dato vuelve a colocar la no identificación o el rechazo a las opciones disponibles como un componente relevante del escenario electoral. Incluso cuando se presentan nombres concretos y posibles alianzas, una parte considerable del electorado sigue sin inclinarse por ninguna de las figuras planteadas. La comparación también muestra una diferencia importante entre fuerza interna y capacidad de expansión: un dirigente puede dominar dentro de su partido, como ocurre con Leonel Fernández en la Fuerza del Pueblo o David Collado en el PRM, pero el desafío real está en convertir esa fortaleza interna en atractivo nacional, especialmente frente a votantes independientes o sin simpatía partidaria.

En el caso del PLD, el dato de Gonzalo Castillo muestra una recuperación competitiva dentro de su organización y una presencia relevante en escenarios de alianzas. Sin embargo, el partido todavía enfrenta el reto de reconstruir una narrativa política que conecte más allá de su base tradicional. Este bloque refuerza una idea central de la encuesta: el sistema político dominicano no solo está midiendo partidos, también está midiendo liderazgos, alianzas, desgaste, memoria electoral y disponibilidad ciudadana.

La crisis no es solo electoral, es de representación

El problema de los partidos dominicanos no se limita a una fotografía de encuesta. Tiene una dimensión más profunda: la distancia entre las organizaciones políticas y las demandas sociales. La crisis se expresa en varios planos, entre ellos la baja confianza, la debilidad de la democracia interna, los liderazgos excesivamente personalistas, el financiamiento cuestionado, la distancia con los jóvenes, la poca formación política, la escasa renovación ideológica y la dificultad para traducir problemas cotidianos en propuestas creíbles.

Ahí está el centro del debate: los partidos siguen funcionando electoralmente, pero cada vez les cuesta más funcionar emocional y socialmente como vehículos de representación. Pueden movilizar estructuras, presentar candidaturas, negociar alianzas y competir por el poder, pero eso no necesariamente significa que logren interpretar las preocupaciones de una ciudadanía más exigente, más informada, más desconfiada y menos atada a las estructuras tradicionales.

La pregunta, entonces, no es únicamente quién encabeza una medición o quién domina una primaria. Lo que está en juego es la capacidad del sistema para recuperar legitimidad y demostrar que los partidos todavía pueden ser instrumentos de representación, no solo maquinarias electorales activadas cada cuatro años.

La JCE como termómetro institucional

La Junta Central Electoral (JCE) también ofrece señales importantes sobre el estado del sistema. Como órgano autónomo, tiene la responsabilidad de organizar y dirigir los procesos electorales, registrar organizaciones, fiscalizar procesos, administrar resultados, regular plazos, supervisar el financiamiento y recibir solicitudes de reconocimiento de nuevas fuerzas políticas.

¿Desgaste o renovación? El sistema de partidos dominicano frente a su mayor crisis de legitimidad desde 1978

Ese rol la convierte en un termómetro institucional del sistema de partidos. El volumen de organizaciones que buscan reconocimiento puede leerse de dos maneras: por un lado, muestra vitalidad y deseo de participación; por otro, evidencia que una parte de la sociedad política busca abrirse espacio fuera de las estructuras tradicionales.

La JCE también ha puesto la mirada sobre otro fenómeno clave: la abstención. La desconexión ciudadana ya no puede tratarse como una simple decisión individual de no votar. Es un fenómeno político que requiere explicación institucional, porque revela distancia, desconfianza o falta de identificación con la oferta disponible.

Abstención, desencanto y voto sin partido

La crisis de legitimidad de los partidos no solo se mide por simpatía partidaria. También se mide por participación electoral. La abstención no equivale automáticamente a rechazo a los partidos, pero sí puede formar parte de un mismo clima político: ciudadanos que no se sienten convocados, no creen que su voto cambie su realidad o no encuentran una opción que les genere confianza.

Cuando se combinan la abstención, la baja simpatía partidaria y el crecimiento del votante sin identificación, el resultado es un sistema formalmente fuerte, pero socialmente presionado. La pregunta ya no es solo cuántos partidos existen, cuántos candidatos compiten o cuántas alianzas se construyen, sino cuántos ciudadanos se sienten realmente representados por esas estructuras.

Ese punto es clave para entender el momento político dominicano. No se trata de decir que los partidos están desapareciendo, porque siguen siendo actores centrales y con capacidad real de movilización. El problema es que una parte creciente del electorado parece estar en una zona de distancia crítica: observa, evalúa, espera y decide sin adhesiones automáticas.

Tres partidos fuertes, una confianza débil

El sistema dominicano no está colapsado. Sería exagerado plantearlo así. El PRM conserva ventaja como partido de gobierno y encabeza la simpatía partidaria. La Fuerza del Pueblo se ha consolidado como fuerza opositora alrededor de Leonel Fernández. El PLD, aunque debilitado, mantiene estructura, votación histórica y figuras con presencia pública.

¿Desgaste o renovación? El sistema de partidos dominicano frente a su mayor crisis de legitimidad desde 1978

Pero el dato de Gallup revela que esas estructuras conviven con una confianza débil. El PRM debe administrar el desgaste natural del poder y el proceso sucesoral sin fracturas. La Fuerza del Pueblo debe decidir cómo combinar la autoridad de Leonel Fernández con la expectativa generacional que proyecta Omar Fernández. El PLD enfrenta un reto todavía más complejo: reconstruir identidad, narrativa y liderazgo después de perder el poder y dividirse.

En ese escenario, el 23.5 % que no simpatiza con ningún partido se convierte en el gran territorio de disputa. No es una organización, no tiene candidatura y no actúa como bloque electoral homogéneo, pero representa una zona de disponibilidad política que puede inclinar el resultado de 2028 si ningún partido logra conectar de manera convincente con sus preocupaciones.

El PLD y la dificultad de reconstruir autoridad

La situación del PLD es una de las señales más claras del cambio político dominicano. Durante años, el partido morado fue el eje del sistema. Gobernó durante largos periodos, construyó una maquinaria electoral poderosa, articuló una red territorial amplia y administró buena parte de las expectativas de ascenso político y social.

Pero la división que dio origen a la Fuerza del Pueblo, la derrota electoral de 2020, los cuestionamientos acumulados por años de gobierno y la dificultad para renovar su discurso han dejado al partido ante una tarea pendiente: explicar por qué debe volver a ser opción de poder.

La encuesta muestra que Gonzalo Castillo encabeza internamente, pero también evidencia un dato incómodo: 21.8 % de los simpatizantes peledeístas respondió “ninguno” cuando se le preguntó por presidenciables del partido. Eso no habla solo de candidaturas. Habla de autoridad política, relato y confianza interna.

El PRM y el reto de administrar la sucesión

En el oficialismo, el panorama luce más ordenado, pero no exento de riesgos. David Collado aparece con una ventaja amplia dentro del PRM y lidera el ranking de favorabilidad con 60.8 % de imagen positiva, según la encuesta Gallup-Diario Libre. Ese doble posicionamiento, fortaleza interna y buena valoración externa, lo coloca como una figura competitiva.

Pero también abre una pregunta estratégica para el partido de gobierno: cómo administrar una sucesión presidencial sin reproducir fracturas internas, tensiones prematuras o guerras de grupos. La historia política dominicana muestra que los oficialismos suelen lucir sólidos hasta que llega el momento de escoger relevo.

El PRM tiene a su favor el control del Gobierno, la estructura territorial y una marca todavía competitiva. Pero su desafío será evitar que el desgaste del poder y las tensiones sucesorales empujen a parte del electorado independiente hacia una opción de castigo o hacia una alternativa que prometa ruptura, renovación o distancia frente al sistema tradicional.

Fuerza del Pueblo: liderazgo fuerte y transición pendiente

La Fuerza del Pueblo muestra una situación distinta. Su liderazgo interno está claramente concentrado en Leonel Fernández, quien aparece con 64.9 % entre los simpatizantes del partido. Pero Omar Fernández, con 31.7 %, representa una expectativa generacional que ya no puede ser ignorada.

La organización enfrenta una paradoja: su mayor fortaleza sigue siendo Leonel, pero su posibilidad de expansión futura podría estar vinculada a una imagen más joven, menos desgastada y menos asociada a los conflictos del pasado. Esa convivencia entre liderazgo histórico y renovación generacional puede ser una ventaja si se administra con inteligencia, pero también puede convertirse en tensión si el partido no define con claridad su ruta hacia 2028.

La pregunta es si la Fuerza del Pueblo podrá convertir esa convivencia entre liderazgo histórico y renovación generacional en una ventaja competitiva, o si terminará atrapada en la misma dificultad que ha afectado a otros partidos dominicanos: la renovación sin ruptura, el relevo sin fractura y la expansión sin perder su base tradicional.

Los minoritarios y el espacio que no logran ocupar

La encuesta también midió a partidos y figuras minoritarias, con resultados bajos. Ese dato indica que el descontento con los partidos tradicionales no se traduce automáticamente en respaldo a las organizaciones alternativas, lo que plantea otro problema de representación: existe espacio disponible, pero las fuerzas emergentes o minoritarias no parecen estar capitalizándolo con suficiente fuerza.

En otros contextos latinoamericanos, el desencanto con los partidos tradicionales ha abierto paso a outsiders, candidaturas antisistema o movimientos disruptivos. En República Dominicana, por ahora, ese espacio sigue fragmentado, disperso y sin una figura capaz de organizarlo nacionalmente.

Esto obliga a matizar el análisis. El rechazo o la distancia frente a los partidos grandes no necesariamente significa entusiasmo por opciones nuevas. Muchas veces expresa una incomodidad más amplia con la oferta política completa, incluyendo tanto a las organizaciones tradicionales como a las alternativas que no logran convertirse en proyecto nacional competitivo.

¿Desgaste o renovación?

La pregunta central del análisis no tiene una respuesta única. Hay desgaste, sin duda. Lo muestran la no simpatía partidaria, la abstención, la dificultad de los partidos para conectar con jóvenes, el peso de los liderazgos personalistas y la desconfianza hacia las estructuras tradicionales.

Pero también hay señales de renovación posible. La emergencia de figuras con mayor conexión pública, la presión ciudadana por transparencia, la competencia interna, la demanda de nuevos discursos y la vigilancia institucional pueden empujar a los partidos a transformarse.

El problema es que la renovación no puede limitarse a cambiar rostros. Debe incluir democracia interna real, reglas claras de financiamiento, formación política, rendición de cuentas, conexión territorial no clientelar y propuestas que respondan a problemas concretos. Un partido renovado no es simplemente uno que presenta candidatos jóvenes, sino uno que cambia su forma de organizar, escuchar, decidir y responder.

El riesgo latinoamericano

El espejo regional ofrece advertencias. En varios países de América Latina, el debilitamiento de los partidos tradicionales abrió espacio a liderazgos personalistas, outsiders, discursos antipolítica o proyectos de ruptura que crecieron sobre el cansancio ciudadano.

República Dominicana todavía conserva un sistema con partidos estructurados, financiamiento público, experiencia electoral y reglas institucionales. Esa es una diferencia importante frente a países donde los partidos colapsaron más abruptamente. Pero las estructuras no siempre bastan.

Un partido puede tener locales, dirigentes, padrones y alianzas, pero perder conexión emocional con una parte creciente de la sociedad. También puede conservar maquinaria electoral y, al mismo tiempo, hablarle cada vez menos a los ciudadanos que no se sienten representados por ninguna sigla. Ese es el punto delicado para 2028: el electorado sin simpatía partidaria no necesariamente quiere destruir el sistema, pero sí puede castigarlo si siente que las opciones existentes no responden a sus problemas cotidianos.

2028 como prueba del sistema

Las elecciones de 2028 no solo medirán cuál partido gana. También medirán la capacidad del sistema político dominicano para recuperar confianza. El oficialismo tendrá que defender gestión y administrar sucesión; la oposición tendrá que demostrar que representa alternativa y no simple retorno; los partidos minoritarios tendrán que probar que pueden convertir inconformidad en proyecto político; y la JCE tendrá que seguir fortaleciendo reglas, fiscalización, transparencia y participación.

Pero el desafío mayor será ciudadano. El sistema tendrá que hablarle a un votante menos cautivo, menos paciente y menos dispuesto a entregar adhesión automática. Un votante que observa desde la distancia, compara liderazgos, castiga incoherencias y no necesariamente se siente obligado a elegir entre las mismas estructuras de siempre.

Ese será el verdadero examen de 2028: no solo quién logra ganar la Presidencia, sino quién consigue reconstruir confianza en un momento en que la política dominicana parece entrar en una etapa de mayor volatilidad, menor pertenencia partidaria y mayor exigencia ciudadana.

El mensaje detrás de “Ninguno”

El gran aviso de la encuesta Gallup-Diario Libre es que la política dominicana no puede limitarse a contar estructuras. Tiene que recuperar confianza. Los partidos pueden seguir midiendo porcentajes, candidaturas, alianzas y posicionamientos internos, pero el dato más incómodo está fuera de sus casas partidarias: una ciudadanía que observa desde la distancia y que todavía no entrega su adhesión.

Ese electorado puede quedarse en la abstención, votar por el mal menor, respaldar una figura tradicional con discurso renovado o abrir espacio a una opción inesperada. “Ninguno” no es todavía un movimiento. Pero es una señal. Y cuando casi uno de cada cuatro ciudadanos dice no simpatizar con ningún partido, el problema no es solo electoral. Es de representación.

La democracia dominicana no parece estar ante la desaparición de sus partidos. Está ante algo más complejo: la obligación de demostrar que todavía pueden representar algo más que estructuras, candidaturas y maquinarias. Ese será el verdadero examen del sistema de partidos hacia 2028.

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“Ninguno” ya es la segunda opción política del país: el aviso de Gallup y el espejo de Colombia | Acento

Abraham Marmolejos

Periodista, docente y estratega de comunicación, con experiencia en medios digitales, periodismo de investigación y creación de contenido.

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