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Yo también me sentí rarísimo cuando empezaron a llegarme los shorts de la conversación entre Thom Yorke y Harry Styles1. Y como dice Joselo Rangel en una publicación en su Instagram2, «es raro que se viera tan normal» —refiriéndose a Thom—. Nunca imaginé que iba a verlo sonreír de esa manera, teniendo una conversación con alguien tan diferente a él, haciendo chistes y mostrándonos otros matices de su personalidad.
Y aunque es chulísimo guardar intacta esa imagen del tipo introspectivo que no sale de su casa y que se quilla en algún que otro concierto, realmente no conozco a Thom Yorke, sino a la imagen que se nos presenta en los medios, el relato creado por el mismo artista y este jodido sistema que nos alimenta con contenido hasta la náusea.
Y aquí mi primer punto: ¿realmente conocemos a nuestros artistas favoritos? Lo que conocemos es una idea de esas personas que vamos construyendo poco a poco, sedimentando en nuestro imaginario fragmentos de lo que vemos, escuchamos y creemos saber de ellas. Nos volvemos coleccionistas, catalogando las informaciones recibidas para armar el muñeco.
Vuelvo al concepto de «aura» de Walter Benjamin y pienso en las veces que afirmé que conocía la Mona Lisa sin nunca haber pisado suelo francés. Lo que conozco es su reproducción, las imágenes, los relatos que la rodean, aunque nunca he estado frente a ella.
Siempre vuelvo a la idea de que nos creamos relatos de la gente, las situaciones, los lugares. Vamos construyendo mitos para explicarnos el mundo sin que se nos caiga a pedazos. El asunto es cuando no podemos crear nuevos relatos o cuando suponemos que nuestros relatos son la plena realidad.
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Confieso que aunque Thom Yorke es uno de mis artistas favoritos, nunca me había planteado conocerlo —hasta ahora—. Coincido con Harry Styles cuando afirma que «Para mí, siempre habías sido esa persona a la que me daba miedo conocer»3. Siempre imaginé que iba a ser una sensación incómoda en la que no sabría qué decirle o cómo conducir una conversación sin que sonara alguna estridencia de «Paranoid Android» en mi cabeza. Delirio de autoboicot. Suponía que podría ser un encuentro desafortunado, que podría ser grosero conmigo —como ha pasado con ciertas personas famosas—, por lo que preferí no hacerme ilusiones de esa posibilidad y dejarlo en su respectivo altarcito como un santo de Radiohead. Santo Yorke. Inmaculado, detenido en la imposibilidad del intercambio. Y concuerdo tanto con Joselo cuando dice que como público nos hacemos una idea del músico y «nos quedamos aferrados a ella por mucho tiempo». Una postalina en nuestra colección de álbumes en la estantería.
Mi segundo punto: cuando asumimos el rol de público, nos convertimos en críticos, expertos, psicólogos y hasta jueces de nuestros artistas favoritos. Levantamos la barrera de las tarimas, la fama y los flashes, y comenzamos a tratar al artista como un producto que existe por y para nosotros. De pronto, nuestros juicios de valor importan exageradamente, como si una lupa los magnificara desde el cielo y aparecieran decenas de ojos parpadeantes cayendo como yunques.
Todos tenemos algo que decir. De pronto, ya Thom no nos parece el mismo, ya no se parece tanto al tipo de la camiseta de rayas a quien no le gustaba dar entrevistas. De pronto, ya «se nos cae un ídolo». En el fondo, ¿cuál es el problema de si estamos frente a otro Thom?
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Siempre me ha interesado la relación que desarrollamos con los artistas cuando asumimos el rol de público/audiencia. Nosotros, quienes fuimos acostumbrados a ver a Thom con una imagen del weirdo, del inadaptado, del tipo incómodo que no sabe relacionarse con los demás —socialmente torpe, medio triste—, y que está en un estado de fragilidad permanente. Nosotros, quienes lloramos a lágrima viva cuando escuchamos «Weird Fishes» la primera vez, o «No Surprises»; quienes lo vimos con casco de astronauta ahogarse en una vida sobrepasada por la ansiedad o sobre un carrito de supermercado, dándole vueltas a las estanterías de productos iguales; quienes nos emocionamos cuando Radiohead nos vendió el disco «In Rainbows» al precio que pudiéramos pagar.
De repente, nuestra vida encontró un espacio de reconocimiento y libertad en la lejanía —un sentido que desconocíamos que necesitábamos con tanta urgencia—, y dejamos fluir esos caudales emocionales que no habían podido liberarse hasta ese instante. Los artistas le ponen un soundtrack a nuestra vida, nos hacen sentir que somos parte de algo más que nosotros mismos. Con Radiohead encontramos, quizá, una gratitud inesperada por el descubrimiento: no estamos tan solos después de todo.
Hay millones de personas que nos sentimos como esas canciones, es decir, que somos más humanos de lo que pensábamos. Pero hay algo extraño en ese descubrimiento: esa gratitud que sentimos por los artistas puede terminar convirtiéndose en una exigencia. Como si, por habernos acompañado en determinados momentos de nuestra vida, estuvieran obligados a seguir haciéndolo. Sin embargo, al final, parece que solo nos importa cómo nos sentimos nosotros. ¿Por qué cargamos a nuestros artistas favoritos con el peso de nuestra salud mental?
Casi nunca nos pasa por la cabeza cómo se siente el artista. Preferimos enfurecernos en la espera del disco que no termina de salir, nos quillamos si sacan una propuesta que no entendemos, los excomulgamos de nuestro playlist si no encaja en nuestro sistema de valores.
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Tercer punto: desarrollamos una relación de consumo con el arte y las experiencias estéticas. Nos da igual si es un disco, una película, un helado o un post de Instagram. Buscamos experiencias que nos satisfagan emocionalmente, que nos representen, que confirmen lo que creemos que somos. Los artistas cumplen una función en nuestras vidas: proyectamos en ellos nuestras identidades y los utilizamos para definir quiénes somos. Son como un brazo, una pierna, una camiseta, una idea, una extensión nuestra. Los convertimos en moneda de intercambio, como la confirmación de que somos cool, de que somos especiales.
En el fondo, ese Thom que guardaba intacto en mi imaginación cumplía una función: ayudarme a entender esta necesidad de saber que no estoy solo en el mundo, empujando mi humanidad para habitar días desérticos, huyendo del capitalismo salvaje y la saturación de información. El asunto es que le asignamos roles a las personas, principalmente a los artistas que nos gustan. Les obligamos a suplir nuestras carencias emocionales, nuestras expectativas, los relatos que construimos alrededor de ellos deshumanizándolos hasta que dejan de ser un «tú» y se convierten en un «ello» —como diría Martin Buber4—, objetos de nuestro desmesurado deseo de consumo. Les damos demasiada responsabilidad.
Mitificamos la figura de los artistas, como si les estuviera negado el derecho a ser contradictorios, a cambiar, a defraudar las expectativas que construimos alrededor de ellos. Da igual si Thom fue así o si es así ahora, en este momento de su vida en el que han pasado 33 años —literalmente— desde la publicación del disco «Pablo Honey». Pero preferimos quedarnos con el grito.
Aquí mi cuarto punto: del consumo pasamos a desarrollar una relación de apropiación cuando confundimos lo que un artista significa para nosotros con algún derecho sobre lo que debe ser. Ya no nos basta con escuchar su música, emocionarnos con sus canciones o sentir que nos representan. Queremos que sigan siendo nuestros, que respondan a nuestras expectativas, que sostengan la imagen que hemos construido de ellos. Hay una violencia sutil en esa pretensión de propiedad, especialmente cuando la justificamos desde una relación mercantil: compramos un disco, reproducimos su música en plataformas digitales o pagamos una taquilla para un concierto y, de pronto, creemos que hemos comprado algo más que una experiencia estética. Pasamos de ser escuchas a ser propietarios, clientes que demandamos un servicio.
¿En qué teatro queremos meterlos a todos? El tiempo pasa y tenemos derecho a cambiar, pero seguimos exigiéndoles que sostengan la imagen que tenemos de ellos en nuestras cabezas. Seguimos exigiendo que sigan sonando igual, viéndose igual, pensando igual, haciendo lo mismo. Como si la relación que desarrollamos con su obra nos otorgara alguna autoridad sobre sus vidas.
Aviso: tenemos derecho a envejecer, engordar, cambiar de clima y de ambiente, interesarnos por otras cosas. Tenemos el hermoso derecho de ser contradictorios, de la opacidad: el derecho a no ser reducidos o explicados, a no gustarte o a gustarte en demasía. Thom también tiene derecho a reír, a hacer chistes, a no salir en repeat descascarado gritando a los cuatro vientos «she’s running out» desde el minuto 2:45 hasta el 3:01 en «Creep». Sí, son 33 años de ese hit y desde entonces, Radiohead ha hecho otras cosas.
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¿Y qué de Harry Styles? No recuerdo mucho de lo que dijo en la entrevista, quizá porque lo que me interesaba es seguir consumiendo feliz a Thom en un paquetico al típico «I got sunshine in a bag» de Gorillaz. Lo omití completamente. Vuelvo al video y lo que recuerdo son solamente las interacciones de un desconocido Thom. Puedo incluso citar algunas de sus frases, pero de Harry, no recuerdo mucho. Lo omití completamente, como si no tuviera nada que decirme, como si no hubiese estado ahí y lo que presencié no fuera una conversación, sino un soliloquio.
No encuentro otro ejemplo más certero que este para explicarlo. Me siento un poco culpable después de todo. Fue algo automático: el foco ya estaba definido por los filtros de una experiencia anticipada, una actitud condicionada que tenía como finalidad ampliar el relato que había construido alrededor de un artista. Nuestro foco también puede ser un problema. No permitimos que entre nada que quede fuera de nuestros relatos. Nos aferramos a nuestras opiniones, a la coherencia que pretendemos encontrar en los demás, como si no pudiéramos aceptar que las personas son mucho más que aquello que hemos decidido creer de ellas. Y quedarse como ese Thom inalterable en la mente de sus más acérrimos fans también es un calabozo de aire.
Quizá es hora de volver a esa entrevista y escucharlos a los dos. Quizá el problema no es quién es o dejó de ser Thom, sino quiénes somos nosotros al entrar en contacto con esos relatos.
Notas al pie de página:
1 Styles, H. y Yorke, T. (2026). Harry Styles & Thom Yorke | Musicians on Musicians [Video]. Rolling Stone.
2 Ninety Nice Records [@99recordsmx] & Rangel, J. [@joselo.oso.rangel]. (2026, 15 de octubre). [Primeras palabras del texto de la publicación o descripción del contenido] [Publicación de Instagram]. Instagram.
3 «You, to me, had always been that person that I was scared of meeting». Sheffield, R. (2026, 14 de octubre). Thom Yorke and Harry Styles Come Together in Epic Conversation. Rolling Stone Canada. https://ca.rollingstone.com/music/harry-styles-thom-yorke-musicians-on-musicians/
4 Hago referencia al libro de «Yo y tú», de Martin Buber, filósofo austríaco-israelí. Es un autor que indaga sobre la poética de las relaciones.
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