El autor la cataloga como una novela histórica. Que es, además, una suerte de testamento de su protagonista: la crónica de su verdad, el destape de sus secretos. En realidad, es todo eso y algo más. Es el discurso que, con notable inteligencia, podría encuadrarse como su defensa histórica, por esto provoca. Es también la biografía del hombre que gravitó durante más tiempo en la vida pública dominicana del siglo XX. Quizá por ello, desde su publicación a comienzos del pasado año, ha concitado tanto interés. Según los últimos reportes, se trata del libro más vendido en el país en el 2025.

Leerlo fue toda una aventura. En especial porque nací en el 63. Mi niñez, adolescencia y primeros años de adultez estuvieron marcados por Balaguer. Su nombre y su imagen ocuparon un lugar central en mi memoria, al igual que en la de muchos de ustedes. Era una figura omnipresente en la vida nacional y, por ende, en cada hogar dominicano. Su cuerpo anciano y diminuto contrastaba con una voz enérgica y un lenguaje florido. Su aura de poder y de miedo nos alcanzaba a todos. Conservo viva la imagen de él desplazándose, con gran aparatosidad de seguridad, en su Lincoln Continental negro frente a la tienda de mis padres, en la ciudad de Santiago de los Caballeros.

Al igual que ellos y el autor, nunca comulgué con este personaje. Por el contrario, me forjé en una repulsa persistente hacia sus actuaciones públicas.

Precisamente por ello —como me imagino, le ocurrió a una gran legión de lectores— asumir la lectura de esta obra, adentrarnos en la vida de este enigma hecho ser humano, resultaba de entrada un desafío. Casi una alucinación. Sin embargo, el hecho de que su autor no fuera Balaguer, ese “muñequito de papel”, sino un escritor laureado —Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jimenes (2021) por Morir en Bruselas—, santiaguero, aguilucho, amigo y casi primo, Pablo Gómez Borbón, disipaba muchas aprehensiones y estimulaba este fascinante viaje por sus 724 estaciones.

De estas memorias noveladas son muchas las impresiones que podrían compartirse. La primera es que hay que quitarse el sombrero ante su autor por el rigor literario alcanzado. Podrá discutirse el mayor o menor grado de identificación del escritor con el Balaguer que recrea, pero resulta innegable la impecable destreza narrativa. La novela es un compendio de erudición, a la altura del personaje que pretende testarse a sí mismo. Y no podía ser de otra manera cuando el propio narrador confiesa desde su génesis:

“Durante interminables horas me entregué, en primer lugar, a lo que sería el género de mi predilección: la poesía. No discriminé ninguna época, ningún país, ningún autor… Leí también a los grandes novelistas franceses del siglo XIX… Lo afirmo categóricamente: sin el lector no hubiera existido el político; sin el escritor no hubiera existido el estadista”.

Sorprende también la aguda introspección psicológica que alcanza el personaje. La enigmática figura de Balaguer se reconstruye desde múltiples aristas: su identificación con la soledad, la idolatría por sus hermanas, su decisión de no casarse ni sostener relaciones formales, la negativa a reconocer hijos, sus escapadas sensuales furtivas, sus cábalas, su afición por las enanas, su determinismo, y, en general, la frialdad flemática que lo caracterizó. Él mismo lo explica así:

“Leyendo a Jung concluí que fui un introvertido casi puro y que, en tanto escritor, poeta y orador, la influencia de mi ánima, básicamente creativa, fue determinante en mi manera de ser”.

Otro de los aspectos que impacta en el relato es la confesada adicción del cortesano al poder. Durante casi sesenta años de protagonismo en la República, el ejercicio del poder lo embriagó y lo revitalizó. Cultivó como pocos las artes del dominio político. Para ello, se despojó de alma. A sus enemigos más acérrimos —con contadas excepciones— logró instrumentalizarlos al servicio de sus fines. De ahí que llegue a compararse, con osadía extrema, con Maquiavelo:

No fui, por tanto, un discípulo de Maquiavelo, sino su par. Podría pensarse que soy altanero por afirmarlo; que soy engreído por aseverar que triunfé allí donde Maquiavelo, uno de los más grandes pensadores políticos de todos los tiempos, fracasó. Pero mi aserción no es infundada”.

Cualquier comentario adicional resulta innecesario.

Finalmente, como era de esperarse, uno de los pasajes que con mayor avidez devoré fue el relativo al asesinato de Orlando Martínez Howley. Se trata, sin duda, de uno de los discursos más ingeniosos —y provocadores— de toda la obra: la defensa de Balaguer frente a su responsabilidad histórica en este crimen atroz. Primero se exaltan las credenciales intelectuales, humanas y políticas de Orlando; luego se sitúa el hecho en un contexto histórico singular; y, acto seguido, se inserta a la víctima en una confrontación entre bandos militares para sugerir, sutilmente, que su imprudencia pudo haber provocado su muerte.

Sin embargo, al narrador le cuesta llegar a la autoexoneración de responsabilidad. Casi cincuenta años después, confiesa:

“Concluiré considerando mi responsabilidad en la muerte de Orlando Martínez Howley. Lo reitero: no la ordené. A pesar de ello, no estoy exento de culpa. Como jefe de Estado, fui responsable. Lo fui también porque siempre promoví por lo bajo la guerra que le costó la vida. Y lo fui —lo soy todavía— porque, como se sabe, callé cuando lo correcto hubiese sido hablar. En este sentido, exclusivamente, soy culpable. Y lo asumo”.

Curiosamente, cuando le compré el libro a Pablo, este contenía también una página en blanco, producto de un error de impresión.

En definitiva, Yo, Balaguer es una obra mayor. Un espejo literario del siglo XX dominicano a través de uno de sus personajes más decisivos y controversiales. Por demás, a raíz de los históricos acontecimientos que se desarrollan en Venezuela, esta obra se presenta como una herramienta pertinente para comprender cómo suelen actuar los norteamericanos ante crisis de esta naturaleza. En particular, porque en esta novela se abordan hechos históricos parecidos ocurridos en nuestro país.

El momento es propicio —para quien aún no lo haya hecho— para adquirirlo y leerlo. ¡No se arrepentirá!

José Lorenzo Fermín

Abogado

Licenciado en Derecho egresado de la PUCMM en el año 1986. Profesor de la PUCMM (1988-2000) en la cual impartió por varios años las cátedras de Introducción al Derecho Penal, Derecho Penal General y Derecho Penal Especial. Ministerio Público en el Distrito Judicial de Santiago (1989-2001). Socio fundador de la firma Fermín & Asociados, Abogados & Consultores desde el 1986.-. Miembro de la Comisión de Revisión y Actualización del Código Penal dominicano (1997-2000). Coordinador y facilitador del postgrado de Administración de Justicia Penal que ofrece la PUCMM (2001-2002). Integrante del Consejo de Defensa del Banco Central y de la Superintendencia de Bancos en los procesos de fraudes bancarios de los años 2003-2004, así como del Banco Central en el caso actual del Banco Peravia. Miembro del Consejo Editorial de Gaceta Judicial. Articulista y conferencista ocasional de temas vinculados al derecho penal y materias afines. Aguilucho desde chiquitico. Amante de la vida.

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