El 12 y el 21 contienen las mismas cifras en orden inverso. Al ver ambas fechas en el calendario de octubre, pienso en la posibilidad de mirar desde el otro lado. Una nos acerca a la memoria del encuentro entre culturas; la otra, a la celebración del poeta. Esa coincidencia me devuelve a una inquietud personal: quiero volver a escribir poemas.

Mañana, 12 de octubre, la conmemoración que el MINERD ha denominado Encuentro entre Culturas invita a reflexionar sobre nuestra relación con el otro.¹ Hablar de encuentro exige reconocer también la conquista, la violencia y las voces silenciadas. La memoria pierde profundidad cuando conserva únicamente la perspectiva de quienes pudieron imponer su relato.

La inversión de las cifras me sirve como una imagen literaria. Cambiar de posición puede modificar lo que vemos. Una historia adquiere otros matices cuando escuchamos a quienes la vivieron desde un lugar distinto del nuestro. Esa disposición requiere admitir que nuestra interpretación puede estar incompleta.

Algo semejante ocurre en las relaciones cotidianas. A veces creemos conocer tan bien a una persona que dejamos de preguntarle. Anticipamos sus respuestas y decidimos qué le conviene. La cercanía, que debería ayudarnos a comprenderla, termina por hacernos demasiado seguros de nuestras conclusiones.

Mientras escribía Cuando el día exige, esta inquietud encontró su lugar en una casa. Una mujer conserva su criterio, aunque su cuerpo empieza a reclamar pausas, apoyos y movimientos calculados. Sus hijos aprenden a acompañarla dentro de ese nuevo ritmo.

La hija menor prepara el café. La madre todavía indica cómo lo quiere. En ese intercambio permanece una capacidad esencial: decidir sobre su propia vida. Acercarle la taza facilita su mañana; atender su preferencia reconoce a la persona que la recibe.

En otra escena, levantarse requiere varios intentos. Las manos buscan apoyo y la respiración marca el tiempo. Quien está cerca debe reconocer cuándo intervenir y cuándo esperar. La ayuda necesita ajustarse al movimiento de quien la solicita.

La historia de los pueblos y el cuidado familiar tienen dimensiones y consecuencias distintas. Desde esa diferencia, encuentro una pregunta que atraviesa mi reflexión: ¿cómo acercarnos a alguien respetando su historia, su voluntad y su forma de comprender el mundo?

La mujer de la novela también hace comentarios sobre el café y las pastillas. Conserva el humor mientras acepta ciertas ayudas. Su carácter merece tanto espacio como sus dificultades: todavía observa, decide y responde con ingenio. Reducirla a sus limitaciones dejaría fuera buena parte de quien es.

Al escribir esas escenas, he pensado en la atención que exige la literatura. El desgaste de una taza o una pausa antes de hablar adquieren sentido dentro de una vida. Para expresarlo, hay que observar el detalle y encontrar las palabras que le corresponden. Esa búsqueda me ha acercado de nuevo a la poesía.

Releo mi poema «Yo solo quiero» y encuentro estos versos:

Yo solo quiero
Hacerte la vida un jardín de rosas lindas.

En esos versos encuentro el deseo de hacer más hermosa la vida de quien amo. Hoy me pregunto cómo expresaría ese afecto y qué imágenes elegiría. El jardín conserva su ternura, pero la vida también me lleva a pensar en otras formas de bienestar: una conversación sin prisa, un descanso compartido, la tranquilidad de saberse acompañado.

Volver a un poema propio permite advertir lo que permanece y lo que ha cambiado en nuestra sensibilidad. Hay palabras que todavía nos representan y otras que revisaríamos. Esa lectura puede abrir una nueva escritura, nacida de las preguntas que ahora tenemos.

Entre ellas está el lugar de quienes cuidan. Su entrega merece reconocimiento, pero también colaboración. Quien organiza la mañana, acompaña a una consulta o permanece pendiente de otra persona necesita descanso y relevo. Escribir sobre ese trabajo supone atender tanto al afecto como al cansancio que lo atraviesa.

Quizá por eso vale la pena seguir escribiendo sobre quienes sostienen: reconocer su trabajo, escuchar su cansancio y comprender cuánto amor cabe en una acción cotidiana. La palabra puede dar forma a experiencias cercanas que a menudo apenas sabemos nombrar.

El próximo 21 de octubre se conmemorará en la República Dominicana el Día Nacional del Poeta, en honor al natalicio de Salomé Ureña.² La proximidad de esa fecha puede ser el catalizador que necesito para retomar el verso. Me ofrece una ocasión para convertir el deseo en tiempo dedicado a escribir.

La escritura de Cuando el día exige me ha llevado a detenerme en los gestos y los silencios, a pensar en la dignidad de una persona cuando sus fuerzas cambian. Quisiera explorar esas experiencias también desde la poesía y descubrir qué forma encuentran allí.

Algunas emociones piden una imagen; otras, el ritmo de una frase o el espacio de una pausa. Tendré que probar y corregir hasta encontrar una expresión que responda a lo que siento. Esa búsqueda forma parte del regreso.

Quisiera hacerlo con mayor paciencia y con conciencia de los límites de mi mirada. Cada persona guarda algo que una descripción no alcanza a comprender por completo. Recordarlo puede ayudarme a escribir con más respeto y precisión.

El 12 me invita a revisar cómo reconozco al otro; el 21, a buscar palabras para ese reconocimiento. Entre ambas fechas quiero retomar una práctica que necesito: escribir poemas. Volveré a mis versos, leeré en voz alta y trabajaré sobre una primera línea. El día exige atención; quiero empezar por concedérsela.

Notas

  1. Ministerio de Educación de la República Dominicana, “Ministerio de Educación conmemora Día Nacional del Encuentro Entre Culturas”, consultado el 10 de octubre de 2026, https://www.minerd.gob.do/comunicaciones/noticias/ministerio-de-educacion-conmemora-dia-nacional-del-encuentro-entre-culturas.
  2. Presidencia de la República Dominicana, “En Día Nacional del Poeta, Presidente Abinader recibe a poetas dominicanos en Palacio Nacional”, consultado el 10 de octubre de 2026, https://presidencia.gob.do/noticias/en-dia-nacional-del-poeta-presidente-abinader-recibe-poetas-dominicanos-en-palacio.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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