Hay temas que la sociedad prefiere dejar en silencio porque rozan el escándalo, aunque atraviesan de manera profunda la experiencia humana. Si algo ha enseñado la filosofía es que no debemos tener miedo a la verdad, incluso cuando esa verdad pone a prueba nuestras certezas morales.
La gente escribe desde lo que sabe y también desde lo que ignora; desde su formación, sus lecturas, sus heridas, sus prejuicios y sus experiencias. Nadie piensa desde el vacío. Pensamos desde lo vivido, y lo vivido, en sentido fenomenológico, no es simplemente “lo que nos pasa”, sino la forma concreta en que una experiencia se nos da, nos afecta, nos transforma y nos obliga a interpretar el mundo. Por eso, cuando se habla del amor, del deseo, de la fidelidad o de la traición, no se habla nunca desde una pureza abstracta. Se habla desde una historia.
Quiero detenerme en una distinción que nuestra cultura suele borrar con demasiada rapidez: ser infiel no es necesariamente ser desleal. La infidelidad suele entenderse como una ruptura del pacto sexual, corporal o afectivo que sostiene una pareja. La deslealtad, en cambio, toca algo más profundo: implica traicionar el proyecto común, negar la historia compartida, desconocer al otro como alguien que ha formado parte decisiva de nuestra vida. Una persona puede ser infiel en el plano del cuerpo o del deseo y, sin embargo, no haber dejado de reconocer el valor, la dignidad y el lugar existencial de su compañero o compañera.
Esta distinción no pretende justificar cualquier conducta ni convertir el daño en inocencia. La infidelidad puede herir profundamente. Puede romper la confianza, provocar sufrimiento y dejar marcas difíciles de reparar. Pero una cosa es reconocer ese daño y otra muy distinta es condenar moralmente a una mujer como si, por un solo acto o por una pasión inesperada, toda su vida amorosa quedara reducida a una traición absoluta. En sociedades machistas, esa condena cae con especial dureza sobre las mujeres. El hombre infiel, e incluso el hombre con quien se comete la infidelidad, suele ser disculpado, celebrado o comprendido; la mujer infiel, en cambio, es convertida en símbolo de degradación moral.
Aquí Simone de Beauvoir sigue siendo imprescindible. En El segundo sexo, Beauvoir mostró que la mujer ha sido históricamente colocada en la posición de “Otra”: no plenamente sujeto, no plenamente libre, no plenamente dueña de su cuerpo y de su deseo, sino medida desde una norma masculina que se presenta como universal. Esa mirada no juzga de la misma manera al hombre y a la mujer. El deseo masculino suele ser interpretado como debilidad, aventura o impulso; el deseo femenino, en cambio, como caída, mancha o amenaza al orden familiar. Por eso la infidelidad femenina no se juzga solamente como un conflicto de pareja, sino como una especie de desobediencia simbólica contra el lugar que la cultura le asignó a la mujer.
A esa condena social se suma, muchas veces, una moral religiosa aplicada de manera desigual. No me refiero aquí a la espiritualidad profunda ni a una ética auténtica del amor, sino a ciertas formas culturales de religiosidad que han pesado históricamente sobre el cuerpo femenino. La mujer que se aparta de la norma matrimonial no solo es juzgada o incomprendida por su pareja, por su familia e incluso por la persona con quien vive esa otra experiencia amorosa: también es colocada bajo una sospecha moral más amplia, como si hubiese faltado no solo a un pacto humano, sino a un orden sagrado que la quería obediente, contenida y sexualmente vigilada. Mientras al hombre se le concede con frecuencia la debilidad, la tentación o el perdón rápido, a la mujer se le exige pureza, sacrificio y permanencia en el papel que la sociedad le asignó. Esa diferencia revela que el problema no es solo moral; es también histórico, cultural y de género.
Beauvoir ayuda a comprender, además, que el matrimonio no ha sido siempre vivido por hombres y mujeres desde la misma libertad. Para muchos hombres, el matrimonio ha coexistido culturalmente con permisos tácitos: la aventura, el desliz, la doble vida, la salida pública. Para muchas mujeres, en cambio, el matrimonio ha funcionado como una institución de vigilancia moral. No se les ha exigido solo amor, sino docilidad; no solo fidelidad, sino pureza; no solo compromiso, sino renuncia a toda zona ambigua de su deseo. Por eso, cuando una mujer sale de la norma matrimonial, aunque sea desde una experiencia confusa, contradictoria o dolorosa, la sanción suele ser mucho más severa.
Hay mujeres que, queriendo a su esposo o a su compañero, se han sentido atraídas por otro hombre. A veces no se trata de frivolidad ni de cálculo, sino de una experiencia ambigua, contradictoria, profundamente humana. Sartre ayuda a pensar esto cuando muestra que el ser humano no es una cosa fija, cerrada, definitivamente definida por un solo acto. Somos proyecto, libertad, situación, cuerpo, deseo, historia. El cuerpo no es un simple objeto que poseemos desde fuera; es nuestra facticidad, la manera concreta en que estamos en el mundo. Por eso el deseo no siempre obedece a los mandatos de la voluntad abstracta ni a las normas sociales que pretenden ordenar la vida afectiva como si fuera una contabilidad moral.
Una mujer puede amar a una persona desde una larga acumulación de vivencias, proyectos, cuidados, complicidades y lealtades, y al mismo tiempo sentirse tocada por otra presencia que despierta deseo, ternura o fascinación. Decir esto escandaliza porque hemos construido el mito de que amar a alguien excluye absolutamente cualquier conmoción afectiva ante otro. Pero la experiencia humana es más compleja. No siempre se ama de la misma manera. Se puede amar a alguien desde la historia compartida y sentir deseo por otro desde la irrupción del cuerpo, la novedad o la posibilidad. Esa tensión no es necesariamente noble, pero tampoco es automáticamente una vileza.
El problema es que, cuando esa tensión la vive una mujer, la sociedad rara vez la interpreta como conflicto, ambigüedad o drama humano. La interpreta como caída. La mujer que desea fuera del marco permitido deja de ser vista como sujeto de una historia y pasa a ser vista como infractora de una norma. Se le exige una coherencia afectiva que no siempre se exige al hombre. Se le niega el derecho a la contradicción, al error, a la revisión de su propia vida. Esa es una de las formas más discretas, pero más eficaces, de la desigualdad: convertir la experiencia femenina en culpa antes de haberla comprendido.
Desde Beauvoir, podría decirse que esa condena busca devolver a la mujer a la inmanencia: al lugar quieto, cerrado, doméstico, definido por otros. La mujer que desea, elige, duda o ama fuera de la norma aparece entonces como peligrosa porque se comporta como sujeto de trascendencia, es decir, como alguien que no se deja reducir al papel que le asignaron. Eso no absuelve automáticamente sus actos, pero sí obliga a mirarlos de otro modo. No se trata de negar la responsabilidad, sino de impedir que la responsabilidad se convierta en linchamiento moral reservado casi exclusivamente para las mujeres.
Debo volver, aunque sea brevemente, sobre la mala fe sartreana, no para repetir una definición que ya he tratado en otros momentos, sino porque necesito llegar a su movimiento contrario: la conversión. Uso aquí “conversión” no en sentido religioso, sino como categoría sartreana: el giro por el cual una conciencia deja de esconderse de sí misma y asume con lucidez su libertad. Hay mala fe cuando una persona se oculta su propia libertad, se justifica sin asumir lo que hizo o convierte su deseo en excusa. Pero también hay mala fe social cuando se reduce a una mujer a su infidelidad y se cancela toda la complejidad de su historia.
La conversión, entonces, no consiste en volverse impecable ni en borrar lo ocurrido. Consiste en mirar de frente la propia vida, asumir el deseo, reconocer el daño, ponderar las consecuencias y elegir sin esconderse detrás de excusas.
En ese sentido, una mujer que atraviesa dos amores, o un amor y un deseo, puede llegar a una especie de conversión existencial: detenerse, mirarse, comprender su proyecto amoroso y decidir. Puede elegir quedarse sola. Puede volver a su relación anterior, no por miedo al qué dirán, sino porque descubre que allí está la verdad más profunda de su corazón. O puede elegir la nueva relación, si comprende que su vida se ha desplazado hacia otro proyecto. Lo decisivo no es que la elección sea cómoda, sino que sea asumida con lucidez y responsabilidad.
En esa conversión existencial, Sartre y Beauvoir se encuentran. Sartre permite pensar la libertad, la mala fe, el cuerpo, el deseo y la responsabilidad. Beauvoir permite añadir algo indispensable: esa libertad nunca se vive en abstracto, sino en una situación marcada por jerarquías históricas entre hombres y mujeres. Una mujer no elige desde el mismo lugar simbólico que un hombre. Sus actos son leídos con otros códigos, sus errores son castigados con otra dureza y su deseo es juzgado con una sospecha más antigua. Por eso una ética verdaderamente responsable no puede separar la libertad individual de la situación concreta en que esa libertad se ejerce.
El problema es que muchas veces esa conversión llega tarde para la cultura. Una mujer puede arrepentirse, puede comprender, puede querer restaurar una relación, pero el hombre que todavía la ama se siente prisionero del juicio social. No vuelve porque no quiera, sino porque teme aparecer como débil ante otros hombres. En ese punto, el machismo no solo castiga a la mujer: también le roba al hombre la libertad de amar según su propia verdad. Lo obliga a obedecer el tribunal invisible del “qué dirán”.
También aquí actúa cierta moral religiosa o social convertida en vigilancia. No pocas veces el hombre teme menos su propio dolor que la mirada de los otros: la familia, los amigos, la comunidad, los códigos heredados que le dicen que perdonar a una mujer infiel es perder autoridad. Pero el amor no debería ser administrado por el orgullo masculino ni por una ética pública que mide de forma distinta los errores de hombres y mujeres. Una sociedad que predica el perdón, pero se lo niega selectivamente a la mujer, revela una contradicción profunda entre su discurso moral y su práctica cotidiana.
Por eso conviene insistir: la infidelidad puede ser una falta, pero no siempre equivale a deslealtad. La deslealtad verdadera consiste en negar la historia, despreciar al otro, usarlo, humillarlo o convertirlo en instrumento. La infidelidad, en cambio, puede surgir de una zona confusa de la existencia donde se cruzan cuerpo, deseo, soledad, necesidad de reconocimiento, pasión y búsqueda de sentido. No todo puede resolverse con una condena rápida.
Una ética madura no debe convertir a la mujer infiel en monstruo moral. ¿No recordamos acaso a Madame Bovary? Debe preguntarse qué ocurrió, qué se rompió, qué se conservó, qué se puede reparar y qué ya no puede volver. Debe distinguir entre el acto y la totalidad de una vida. Debe comprender que la fidelidad no es solo exclusividad corporal, sino también cuidado, memoria, responsabilidad y reconocimiento del otro como parte de nuestro proyecto.
Y una ética verdaderamente igualitaria debe atreverse a preguntar por qué la misma falta no pesa igual sobre todos los cuerpos. Debe preguntarse por qué el cuerpo femenino ha sido vigilado con tanta severidad, por qué el deseo de la mujer ha producido tanto miedo y por qué la cultura convierte con tanta rapidez a la mujer que desea en mujer indigna. Beauvoir nos enseñó a sospechar de esos mitos. Sartre nos enseñó a mirar la libertad sin excusas. Pensados juntos, ambos nos invitan a una ética más lúcida: una ética que no niegue el daño, pero que tampoco convierta la culpa femenina en condena perpetua.
Referencia:
Beauvoir, Simone de. El segundo sexo (1949). Tomo I: Los hechos y los mitos. Tomo II: La experiencia vivida. Ediciones Siglo XX, 1982.
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