Ningún beso en la historia del arte ha brillado tanto como este. Con el tiempo se ha convertido en símbolo universal del amor. Es la culminación del particular y rompedor estilo de su autor, Gustav Klimt (1862-1918), uno de los fundadores y máximos exponentes de la Secesión Vienesa, la corriente austríaca dentro de Art Nouveau, opuesta a las preferencias tradicionales por el arte academicista. Su vida personal y su estilo marcado por una fuerte carga erótica estuvieron rodeados de polémica y escándalos y calificados a menudo de "pornográficos" y “pervertidos”. Desde el punto de vista meramente formal, sus obras tienen un carácter ecléctico, mezclando técnicas arcaicas con un lenguaje innovador.
El beso pertenece al “Período Dorado”, el momento más brillante y audaz de la carrera de Klimt, influenciado por los mosaicos bizantinos que admiró durante su viaje a Italia en 1903. Los fondos dorados, la ausencia de perspectiva y profundidad, el brillo de las teselas de los mosaicos de la basílica de San Vital de Ravena calaron profundamente en el estilo del artista. El resultado fue una pintura extremadamente decorativa, de colorido brillante, figuras planas, cortes poco habituales, valor expresivo de los trazos con un perfecto equilibrio entre las líneas curvas y rectas y el empleo del pan de oro que se convirtió en la característica distintiva de este período. Esto último, por cierto, fue objeto de críticas, usar el oro asociado a las imágenes sagradas para presentar los placeres terrenales y figuras sensuales fue considerado por algunos como blasfemia.
El cuadro brilla como una joya, el oro cubre la gran parte de su superficie, las figuras y hasta la firma del autor se disuelven en su resplandor.
El inmenso lienzo (180 por 180 centímetros) presenta dos figuras tamaño natural abrazadas en el borde de un prado lleno de flores. Él viste una recia túnica con rectángulos negros y grises irregulares y lleva una corona de hojas verdes, ella está envuelta en un manto estampado con flores y formas circulares, mucho más suave y delicado. Su cabello, salpicado de flores forma una especie de nimbo que resalta la blancura de su tez que contrasta con la piel grisácea de las manos del hombre cuyo rostro está oculto. Todos estos detalles parecen establecer las diferencias entre dos géneros que, gracias al amor, se fusionan en una sola figura que flota sobre el fondo dorado en un espacio atemporal y etéreo donde lo espiritual y lo carnal dejan de contraponerse. El beso sobrepasa el gesto fugaz y se convierte en una acción de entrega absoluta, suspendida entre el placer y la eternidad. Más allá de una escena romántica, Klimt creó un santuario del amor que es al mismo tiempo erótico y místico, sutil y desenfrenado.
Esta ambigüedad ha dado pie a las numerosas interpretaciones simbólicas del cuadro. El pintor dejó pocas pistas sobre el significado de sus obras, no le gustaba dar explicaciones, decía que ellas hablaban por sí solas. Así, bajo el fulgor resplandeciente se esconde un universo de símbolos relacionados con el deseo, el poder, la espiritualidad y la transformación. Las lecturas varían desde la representación del éxtasis amoroso hasta la divinización de la pasión, desde la unión entre lo masculino y lo femenino, dos energías complementarias que se funden en una sola hasta exploración del deseo inconsciente y de la sexualidad reprimida, temas estudiados por Sigmund Freud, compatriota y coetáneo de Klimt. Algunos ven en la pintura una evocación de la perpetuidad del instante. El beso ocurre en un espacio irreal, sin contexto narrativo ni referencias temporales precisas. No conocemos la identidad de los amantes ni qué ocurrirá después. Solo existe ese instante suspendido, convertido en icono universal del amor. También existen las interpretaciones que buscan la respuesta en la mitología griega. Una de ellas relaciona El Beso con Eros (el amor, la vida, la unión) y Tánatos (la muerte, la destrucción, la agresión), dos impulsos fundamentales que rigen la psique humana y que están en permanente pugna, un planteamiento de Freud muy presente entre los intelectuales vieneses de los inicios del siglo XX. La otra ve en la obra una interpretación moderna del mito de Apolo y Dafne, una historia de amor no correspondido, obstinación, sacrificio y metamorfosis. Partiendo del mito algunas intelectuales feministas aseveran que en realidad se trata de acoso y dominación masculina, que el beso es forzado, la mujer es el objeto pasivo del deseo y para preservar su vida tiene que someterse y aceptar la desigualdad de género. Incluso hay los que afirman que Klimt, siempre interesado por los avances científicos, se habría inspirado en los descubrimientos en el área de la biología humana sobre la circulación y que los discos rojos en la ropa de la mujer son glóbulos sanguíneos.
Otro tema que ha generado discusiones es ¿quiénes son los protagonistas del cuadro? Serán personajes anónimos y El Beso es un arquetipo del amor que trasciende lo biográfico o es una confesión íntima de Klimt, cuya agitada vida sentimental llena de amantes, musas, obsesiones y relaciones complicadas terminó con 14 demandas de paternidad tras su muerte. Algunos opinan que la mujer podría ser Adele Bloch-Bauer, “La Dama de oro”, retratada por él en 1907 o Hilda Roth, “Red Hilda", la modelo pelirroja que posó para varias obras claves de Klimt. Pero la hipótesis más popular sostiene que posiblemente sea Emilie Flöge, diseñadora de moda, musa, compañera de vida y quizá el vínculo afectivo más duradero del pintor. Y aunque no hay pruebas definitivas de que fueran amantes, su cercanía fue intensa, constante y cargada de complicidad intelectual y estética.
En fin, no sabemos con certeza quiénes son los amantes que aparecen en El beso, ni cuál es su verdadero significado. Cada espectador encuentra en ella un reflejo distinto: ternura, sensualidad, posesión, felicidad o melancolía, y ninguna interpretación logra agotarla por completo. Quizás por eso la obra sigue fascinando por más de un siglo desde su creación. Y quizá allí reside el origen de su hechizo. Suspendidos sobre un prado florido y envueltos en oro, los amantes de Klimt parecen desaparecer en el resplandor mientras el universo se desvanece bajo sus pies. No pertenecen al mundo real. Pertenecen a un territorio incierto donde el beso se vuelve eterno.
Compartir esta nota