Perdida entre los andenes del metro, llegué tarde a la inauguración del evento. Abrí la puerta, apresurada, y me senté.
En el podio, una joven declamaba un poema sobre una liniera en Nueva York. Sus palabras resonaron en mí.
Sydney Valerio, sin pedir permiso, me había remontado a mis orígenes. “De ahí vengo yo”, dije entre dientes.
Nunca había estado tan segura de estar en el lugar que me correspondía.
Durante la Conferencia de Escritores Dominicanos en Nueva York 2026 tuve el privilegio de escuchar voces dominicanas sin censura. Fue un derroche de escritoras —en su mayoría mujeres— que utilizan el arte de escribir como una forma de sanar, de explorar sus orígenes, de cuestionar el sistema, de rebelarse ante la opresión, de adaptarse a las particularidades del país que las ha acogido, de exorcizar el dolor del desarraigo y de nombrar el duelo migratorio.
Me maravilló su manera hermosa, sin desparpajo e incluso feroz de defender su espacio en un país que ha acogido a más de tres millones de dominicanos y dominicanas, empujados por la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades en nuestro país.
Esas escritoras despertaron en mí empatía, orgullo y también un espejo que me hizo preguntas: ¿qué habría sido de mi vida si hubiese podido escribir así, sin miedo, desde el inicio? ¿Habría tenido que pagar el alto precio por defender a las parturientas negras y pobres? ¿Cómo estaría hoy mi espíritu?
También hubo un destello de complicidad y de agradecimiento: sentía que mi alma drenaba a través de su poesía.
La participación de Julia Álvarez, a quien estuvo dedicada la conferencia, abordó —entre otros temas— la importancia de la comunidad para sostenerse en tiempos difíciles, el precio que implica nombrar lo innombrable y el poder de dar voz a los silencios, una de las herencias de los regímenes autoritarios que aún persisten en nuestro país.
La conferencia contó con más de 42 escritoras dominicanas, de nacimiento o de origen, distribuidas en paneles y talleres que dejaron al público sediento de más literatura. Fue un despliegue de imaginación y de vuelo creativo.
En la República Dominicana, en general, somos apáticos ante la literatura de la otra orilla. Recibimos las remesas, pero no siempre estamos dispuestos a conocer su literatura y sus aportes al arte.
Es necesario tender puentes entre nuestras voces, para vernos reflejados en todas nuestras manifestaciones, sin importar dónde estemos. Somos el mismo país, aquí y allá. Y ya es hora de leernos como uno solo, como escribió Pedro Mir: “sencillamente triste y oprimido, sencillamente agreste y despoblado”.
Nota
La Conferencia de Escritores Dominicanos en Nueva York es una iniciativa de la comunidad de escritores dominicanos en Estados Unidos: https://www.dominicanwriters.org/
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