Acababa —apenas unos días antes— de presentar mis credenciales en Roma, ante Benedicto XVI, cuando leí aquel texto publicado en el medio digital Ideas Digital, fechado el jueves 30 de abril de 2009.

Roma, con su peso milenario, obliga a mirar la historia con distancia.


Pero a veces, en medio de esa distancia, una noticia pequeña —leída casi al pasar— revela más sobre el futuro que muchos tratados diplomáticos.

Ese día leí las declaraciones de Luis Abinader.

No era entonces el líder que llegaría a ser.
No encabezaba mayorías ni encarnaba todavía una alternativa nacional.
Era, más bien, una voz dentro de un partido desgastado, el Partido Revolucionario Dominicano, que él mismo reconocía atrapado en sus propias contradicciones.

Sin embargo, lo que decía tenía la claridad de quien no habla para el momento, sino para lo que viene.

Su diagnóstico era incómodo, casi brutal en su sencillez: el poder de Leonel Fernández no descansaba únicamente en su gestión, sino en la incapacidad de la oposición para sustituirlo.
No era una crítica convencional.
Era, en el fondo, una autocrítica.

Decía —y aquella frase se me quedó grabada en la memoria romana, entre columnas antiguas y silencios cargados de historia— que un liderazgo no desaparece si no surge otro que lo reemplace.

No hablaba solo del déficit, ni del endeudamiento, ni del gasto público.
Hablaba de algo más profundo: de la ausencia de credibilidad.
De ese vacío político que permite que un poder se prolongue más allá de sus propios errores.

Y lo más notable era que señalaba ese vacío dentro de su propio partido.

Reconocía que el PRD no estaba cumpliendo su papel.
Que había dejado de ser una oposición estructurada para convertirse en un espacio de conflictos internos.
Que el país no encontraba en él una alternativa confiable.

Era, sin decirlo abiertamente, una confesión de fracaso.

Pero también —y eso solo se entiende con el tiempo— era el inicio de una construcción.

Porque en esa crítica estaba ya la semilla de lo que vendría después.

Los años pasaron.
El partido se fracturó.
De esa fractura surgió el Partido Revolucionario Moderno, no como una casualidad, sino como la consecuencia lógica de aquel diagnóstico temprano.

Abinader dejó de ser una voz que advertía para convertirse en el liderazgo que él mismo había descrito como necesario.

Entonces —como si la historia quisiera dejar constancia de que no todo es improvisación— ocurrieron señales que, vistas en retrospectiva, parecen casi proféticas.

En mayo de 2015, el entonces candidato Abinader fue recibido en su oficina por el Nicolás de Jesús López Rodríguez, junto a su esposa Raquel.
La escena —recogida en la prensa de la época, como Listín Diario— tenía el tono de un encuentro protocolar, de esos que la política acumula sin dejar huella inmediata.

Pero no todo quedó ahí.

El 21 de enero de 2017, en una conversación directa con el propio Cardenal López Rodríguez, yo le pregunté —casi como quien tantea el aire— sobre el futuro político dominicano.

Su respuesta fue inmediata, sin titubeos, sin cálculos visibles:

—¿Y quién tú crees que va a ser presidente en el 2020?… Pues Abinader.

Confieso que me sorprendió.

Porque en ese momento, lo que muchos esperaban era el retorno de Leonel Fernández, respaldado nuevamente por su partido, con toda la maquinaria política que ya había demostrado su eficacia en el pasado.

Era, en apariencia, el desenlace lógico.

Pero la historia —como tantas veces— no siguió la lógica de las estructuras, sino la de las percepciones.

Aquella frase del Cardenal no era un análisis político convencional.
Era, más bien, la intuición de alguien que percibía que el país ya había comenzado a moverse en otra dirección.

Y entonces todo encajó.

Lo que en 2009 era apenas una advertencia —que el poder se sostiene cuando no hay alternativa—, en 2017 comenzaba a transformarse en certeza: la alternativa ya existía.

Y cuando eso ocurre, el equilibrio cambia.

Porque la política —como la historia— tiene una ley silenciosa: no basta con que un poder se desgaste; es necesario que exista alguien capaz de reemplazarlo.

En 2009, aquello era apenas una intuición escrita en un medio digital modesto, Ideas Digital, leída en la distancia de Roma por quien comenzaba una misión diplomática.

En 2017, era ya una convicción expresada sin rodeos por un Cardenal.

Y en 2020, se convirtió en realidad.

Por eso hay frases que no pertenecen al momento en que se pronuncian.

Pertenecen al tiempo en que se cumplen.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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