El siglo XX estuvo marcado por guerras en todas las escalas, pero también por grandes utopías: el sueño de la prosperidad que impulsó el capitalismo, el de la igualdad que impulsó el socialismo, y el de la justicia que impulsó la democracia.
El siglo XXI, por el contrario, está marcado por el declive de todas las utopías.
A través del siglo XX, el capitalismo pasó por diferentes etapas, desde el mercantilismo en los inicios hasta el neoliberalismo en su etapa final. En todas sus reencarnaciones, la promesa fue mayor bienestar económico.
La globalización expandió esa utopía a todos los confines, aún donde no existían las condiciones para lograrlo.
Con las expectativas de progreso multiplicadas y las posibilidades limitadas, se generó un proceso masivo de migración de los países más pobres a los más ricos, de los más inestables a los más estables.
Así, el excedente poblacional del llamado sur global pasó a repoblar el norte; y ante cada crisis económica o política, se producía más migración hacia los países del capitalismo desarrollado. Ahora, Estados Unidos y Europa plantan cara a los migrantes.
A su vez, la desindustrialización en los países desarrollados aniquiló el sueño de prosperidad continua de la clase obrera tradicional.
La democracia liberal que se desarrolló en los países del capitalismo avanzado y ha tenido expresión en algunas sociedades del capitalismo periférico, ha servido de soporte a la noción de progreso y justicia; pero ante el creciente descontento social y político, y el auge del populismo nacionalista conservador, es vituperada.
De ahí ha surgido el populismo nacionalista conservador como motor de la política del Siglo XXI en todos los confines del capitalismo desarrollado, enfrentando obreros blancos con otros grupos étnico-raciales, nativos con inmigrantes, los de menor nivel educativo con los de mayor.
Por su parte, los países comunistas fracasaron en gestar igualdad con bienestar. El Estado autoritario omnipotente aniquiló las energías económicas y sociales. La antigua Unión Soviética colapsó y China asumió un capitalismo de Estado para aliviar la pobreza de su inmensa población y mantener la hegemonía el Partido Comunista.
En su cruzada imperial, Rusia está inmersa en una guerra en Ucrania que lo aleja de su gran mercado europeo, mientras China enfrenta el desafío de cómo expandir la prosperidad y mantener estabilidad política en medio de la confrontación con Estados Unidos.
El resto del mundo enfrenta precariedades, inestabilidad e incertidumbre, mientras observa las confrontaciones entre las principales potencias del mundo.
La democracia liberal que se desarrolló en los países del capitalismo avanzado y ha tenido expresión en algunas sociedades del capitalismo periférico, ha servido de soporte a la noción de progreso y justicia; pero ante el creciente descontento social y político, y el auge del populismo nacionalista conservador, es vituperada.
Vivimos en una época de tensiones y forcejeos, de pérdidas de derechos, y a riesgo de que no se logren superar los conflictos sin que antes ocurran grandes confrontaciones armadas.
El capitalismo desarrollado opera con inmensas desigualdades y un individualismo rampante que impiden el progreso a tantos conversos y corroe la democracia liberal, y el comunismo se fue autodestruyendo por los excesos autoritarios.
Sin utopía de progreso, igualdad y justicia se agrava el descontento en el mundo y dominan las luchas contra grupos sociales vulnerables, para retrotraernos a un mundo pasado de mayores desigualdades.
Así estamos, y a la espera de qué deparará el futuro.
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