Desde hace aproximadamente una década, el mundo ha tomado el rumbo de la barbarie: cero reglas para la convivencia entre naciones, cero reglas para impedir o al menos limitar las más diversas formas de violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, a partir del inicio del año pasado, esa deriva se ha incrementado hasta lo impensable, hasta la forma más grosera de barbarie, culminando con el hecho de que el presidente de la potencia militar más grande del mundo en menos de dos meses ha secuestrado el de un país extranjero y, con la complicidad del terrorista Estado de Israel, ha asesinado a la máxima autoridad de otra nación junto a su Estado Mayor.
Como era de esperarse, la condena a tales acciones ha sido extensa, sobre todo en la sociedad norteamericana, destacándose importantes sectores que fueron claves en el ascenso al poder de la presente mayoría gobernante de ese país. En Europa, el jefe del gobierno español, en un gesto que lo enaltece, ha sido categórico en su rechazo a semejante acción, la cual tipifica como terrorista y que pone el mundo al borde de una catástrofe. En su posición de inequívoca condena, Pedro Sánchez se ha negado a autorizar a que los Estados Unidos utilice sus bases militares en suelo español para agredir a otro país, invocando los principios de orden legal que regulan el uso de esas bases: no usarla para agredir otra nación violando leyes de carácter internacional.
De esa manera, encabeza los sectores que en ese continente han reaccionado con estupor e indignación ante esa flagrante violación al principio de respeto a la soberanía de los países y normas básicas rigen las instituciones EEUU. Esto último constituye una de las aristas más importantes de esta cuestión. El sistema político norteamericano es el más viejo y estable del mundo, a la lo largo de su historia no ha tenido los sobresaltos y momentos de quiebra que han padecido en prácticamente todos estados del mundo, quizás sea ese el factor principal que ha determinado que sea la potencia que es hoy. Para lograr esa estabilidad ha creado un orden institucional que fundamentalmente descansa en la división de los podes claves del Estado. Es cierto que en el proceso de establecimiento de ese principio no siempre se han respetado las leyes, la justicia o la transparencia que también se han cometido trampas y abusos deleznables.
Pero una vez establecidas las reglas o leyes, cumplirlas constituye un ritual, una especie de liturgia claves que ha sostenido el sistema. Sin embargo, la transgresión a ese ritual ha sido la característica principal de la forma de gobernar de su actual presidente y tal parece que en la insistencia y acentuación de esa conducta se está jugando el futuro o incluso la duración de su mandato, por lo menos en su forma y hasta en su contenido. Las elecciones de medio términos de noviembre próximo podrían determinar la materialización o no del aserto arriba enunciado. Las autoridades en diversas instancias no solo expresan su inconformidad con la forma en que se está dirigiendo el país, sino que de diversas formas, acudiendo al principio de la ley, le plantan cara al presidente. Estos son indicadores de que la sociedad norteamericana se resiste a un inesperado y brusco cambio de las reglas de juego básicas del discurso de su vida cotidiana.
Muchos congresistas republicanos son conscientes de la merma de la popularidad de su presidente, acentuada por el acto de guerra inconsulta contra Irán y temen a ser barridos en las próximas elecciones congresuales y no quieren atar su futuro a aquel. Los sectores más destacados del mundo de la cultura, el arte, la ciencia, la academia y de la sociedad en general expresan su inconformidad de manera cada vez más sistemática y fuerte. La división en sectores claves del movimiento que instauro en el poder a la presente mayoría podría estar señalando que lo que parecía un cambio estructural en la forma de gobierno en ese país podría ser más breve de cuanto casi todo el mundo pensaba. Si, como todo pare indicar, a EEUU le resulta insostenible mantener o ampliar su agresión a Irán, y el gobierno de ese país se mantiene, la aventura guerrista terminara en un fiasco que acentuaría la tendencia hacia el debilitamiento del imperio norteamericano. Le saldría el tiro por la culata.
Hay que destacar que Irán tiene una sólida estructura de poder que descansa básicamente en una religión, no solo en su líder espiritual y político. Tiene un ejército paralelo; los Guardianes de la revolución, fanatizados y capaces de llevar a cabo las más brutales acciones de violentas. Pueden hacer que en ese país se conjuguen lo que Eric Fromm llama violencia reactiva y violencia vengativa. La primera es una reacción para evitar una amenaza o eventual danos y se mantiene en el ámbito de la supervivencia, la segunda puede alcanzar irrefrenables niveles de incontrolables niveles de irracionalidad. En este caso, ambas situaciones se produce una sólida unidad nacional. Es lo que determina que Irán la emprenda contra todo aquel que constituye sostén o amenaza contra el cuándo ataca las bases militares norteamericanas en sus países vecino.
No obstante, resulta inaceptable que, independientemente de a lo que esto pueda conllevar, se equipare a la agresión que comete el agresor, o peor, que se condene su autodefensa y no al agresor. Es lo que hacen algunos jefes de europeos, presas de la vieja islamofobia que corroe el alma de algunos sectores sociales y políticos de Europa… y fuera de esta. Irán es una satrapía despiadada, que por definición comete toda suerte de atropellos y negación de derechos inalienable del ser humano, pero nadie puede arrogarse el derecho a cometer acciones para terminar con ella, solo el pueblo iraní tiene el exclusivo y absoluto derecho a establecer un gobierno que la sustituya, así como lo tienen todos y cada uno de los pueblos del mundo. Cuando se ignora ese principio se asume la lógica de la barbarie, una práctica que durante siglo ha guiado a las grandes potencias. Sin importan su signo.
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