VI El poder, la proximidad y la sombra

 “La verdad rara vez es pura y nunca es simple”.Oscar Wilde.

Si algo dejan claro estas entregas es que Trump no ejerce el poder desde la estabilidad de una línea coherente, aun admitiendo los virajes que en ocasiones puedan imponer circunstancias objetivas. Lo que advertimos, más bien, es una forma de mando sometida a una lógica de oscilación permanente, de acomodo narrativo y de administración interesada de los hechos.

Pero, ¿acaso sus contradicciones son un simple accidente? No. En Trump se trata de un recurso personal de poder. Afirma o niega una posición según le convenga, la endurece cuando le rinde dividendos, la modula cuando los costos se tornan inconvenientes o la sustituye sin mayores explicaciones, manteniendo a los mercados financieros en una zozobra que deja grandes ganancias a unos y pérdidas astronómicas a otros.

No es plasticidad ni, como muchos pretenden presentarlo, un caso excepcional de pragmatismo inteligente. Esa elasticidad constituye una de las claves de su imprevisibilidad y de su manera de gobernar. Por eso, al cerrar esta serie, conviene mirar hacia una zona especialmente incómoda del poder, aquella en la que la proximidad, la opacidad y la memoria selectiva revelan hasta qué punto la erosión del orden no solo se expresa en decretos, amenazas o giros bruscos de política pública; su peor manifestación es la forma en que se administran las relaciones que rozan o literalmente afectan intereses sensibles del poder norteamericano.

Cuando los vínculos entre figuras influyentes de las élites dominantes, una vez sometidos al escrutinio público, empiezan a ser explicados según la conveniencia del momento, minimizados con destreza retórica u ocultados como si nunca hubiesen existido, la política deja de ser solo ejercicio del poder y pasa también a convertirse en manipulación interesada de la verdad, característica que no resulta ser ningún descubrimiento en ese mundo.

En estos tiempos, sin embargo, ya no se trata solo de decidir o mandar; se acentúa y permanece el esfuerzo de rehacer el pasado, borrar cercanías incómodas e interpretar los hechos con la lupa que mejor convenga (el caso de la Segunda Guerra Mundial y los círculos gobernantes europeos).

En relación con lo planteado, el caso de Jeffrey Epstein no solo destapó una de las redes de abuso más escandalosas y perturbadoras de las últimas décadas; puso al descubierto hasta qué punto pueden entrelazarse riqueza, influencia, perversidad moral, reconocimiento social y debilidad institucional para permitir que un entramado criminal operara durante años a la vista de muchos sin encontrar, en el momento debido, una respuesta judicial y moral acorde con la gravedad de los hechos.

No se desplomó realmente solo la fachada de un individuo; lo más importante aquí es el resquebrajamiento de la ilusión de que los círculos de poder viven sometidos a controles proporcionales a su influencia.

 Está establecido que Epstein tuvo acceso a círculos de altísimo nivel, cultivó relaciones con figuras prominentes y se movió durante años con una libertad que hoy resulta, cuando menos, sorprendente. ¿Reside la cuestión decisiva en quienes accedieron a ser fotografiados o filmados con este monstruo? ¿Sería justo convertir la proximidad social a él en prueba automática de culpabilidad? Todas las preguntas terminan reduciéndose a una que resulta crucial: ¿qué nos dice esa cercanía sobre los mecanismos mediante los cuales el poder se valida a sí mismo, se protege y, llegado el caso, reescribe su propia memoria para sobrevivir al descrédito?

Justamente ahí es donde el caso se enlaza con Donald Trump y con el patrón de conducta que hemos venido examinando. No porque exista una imputación penal directa contra él, algo que no nos corresponde afirmar, sino por una razón más sutil y reveladora. Lo que aquí importa no es una acusación judicial inexistente, sino la forma en que Trump administra el pasado cuando deja de resultarle cómodo. Hubo encuentros, fotografías, filmaciones, declaraciones públicas y una relación que, en su momento, fue reconocida sin demasiados rodeos. Años después, esa contigüidad fue minimizada, reinterpretada, tergiversada o presentada de otro modo.

Ese desplazamiento narrativo no puede leerse como un simple detalle accesorio, porque encaja con notable precisión en la lógica contradictoria e impredecible que marca la conducta pública de Trump. Ya en la primera parte vimos cómo elevó la contradicción a método de gobierno. En la segunda observamos cómo esa plasticidad se alimenta de una relación con el poder marcada por la centralidad del yo y por la inclinación a neutralizar toda incomodidad. En la tercera advertimos el alcance internacional de esa forma de mando y su potencial desestabilizador para la paz y el bienestar de millones.

Esta última entrega completa esa línea, porque el caso Epstein permite ver cómo esa misma enorme —y con frecuencia desconcertante flexibilidad narrativa opera cuando el problema ya no es una medida de Estado, sino la cercanía con una figura cuya sola evocación compromete, asquea e incomoda.

Ciertamente, no toda relación social implica participación en los delitos de otro, pero tampoco puede considerarse irrelevante cuando lo que se examina es el modo en que el poder administra su propia memoria. Esa es, a nuestro juicio, la cuestión de fondo si tomamos en cuenta que Trump muestra en múltiples terrenos una notable capacidad para endurecer, negar, modular, negarse a sí mismo o reemplazar versiones según la conveniencia política del instante.

El caso Epstein se inscribe en esa misma lógica. Cuando una relación deja de ser útil o se vuelve riesgosa, el relato cambia, y no importa tanto la consistencia de la memoria como la necesidad de preservar la posición presente.

¿Reducir el problema a Trump sería suficiente?

El caso Epstein interpela a sistemas enteros. ¿Cómo fue posible que una persona con semejante historial obtuviera, en etapas cruciales, tratos judiciales indulgentes? ¿Qué fallas institucionales permitieron que el sistema no actuara con la severidad exigida como lo está haciendo, por ejemplo, con un presidente secuestrado? ¿Qué papel jugaron la riqueza, las conexiones, la deferencia social y la proximidad con figuras poderosas en esa prolongación de impunidad? ¿Por qué persiste en amplios sectores de la opinión pública la sensación de que la información disponible sigue siendo parcial y de que ciertas zonas continúan protegidas por una opacidad difícil de justificar?

Ahí confluyen política, justicia y opinión pública en una zona especialmente incómoda.

 El caso no interpela solo a individuos concretos; toca el funcionamiento de mecanismos institucionales y sociales que durante demasiado tiempo toleraron o amortiguaron lo intolerable. Cuestiona a una justicia que, en momentos decisivos, pareció negociar donde debía actuar con rigor. Pone al descubierto a élites capaces de convivir con relaciones inconvenientes mientras estas no comprometan su propia estabilidad. Finalmente, interroga severamente a liderazgos políticos que reescriben con facilidad su relación con el pasado para ajustarla a las exigencias de permanencia y notoriedad del presente.

La erosión del orden también se produce cuando la verdad pública comienza a administrarse con la misma lógica oportunista con que se administra la fuerza. Muchas democracias contemporáneas mantienen en penumbra sus miserias morales, las minimizan, las reinterpretan o las relegan a la sombra sin costo proporcional. En esas zonas oscuras, la memoria se vuelve maleable y la responsabilidad se diluye. Es, justamente, la alfombra cómoda sobre la que el poder suele moverse con mayor soltura.

Julio Santana

Economista

Economista de formación, servidor público durante más de dos décadas, inquieto y polémico analista —no siempre complaciente— de los problemas nacionales e internacionales.

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