III. La disrupción que pone en riesgo la paz mundial
(continuación)
“La paz no puede mantenerse por la fuerza; solo puede lograrse por la comprensión”.
—Albert Einstein.
La dimensión más inquietante de esta presidencia aparece, sin duda, en el terreno de la seguridad internacional. Es ahí donde la llamada disrupción trumpiana deja de ser una extravagancia política o un sobresalto verbal para convertirse en un factor de desestabilización con alcance planetario. En 2026, la Casa Blanca comunicó objetivos militares explícitos contra Irán bajo la llamada Operation Epic Fury, sostuvo un bloqueo naval con implicaciones directas para la navegación y el comercio energético, y luego intentó presentar ese cuadro como prueba de una supuesta “paz mediante la fuerza”. Lo que está en juego no es una frase descompuesta más del personaje, sino una cadena de decisiones capaz de alterar la economía, los negocios y el bienestar de una región entera, además de comprometer uno de los nervios más sensibles de la economía mundial: el estrecho de Ormuz.
Más preocupante que la medida en sí es la filosofía que la acompaña. El tono maximalista, el lenguaje orientado a destruir capacidades, bloquear y doblegar al adversario, revelan una concepción de la paz como resultado de la sumisión del otro. Esa visión no es nueva en la historia del poder, pero sí particularmente peligrosa cuando se expresa desde la Casa Blanca en una fase de los procesos globales ya marcada por guerras abiertas, sanciones, bloques rivales y creciente desconfianza entre potencias. La paz deja entonces de entenderse como una construcción paciente entre normas, equilibrios y negociaciones, y pasa a concebirse como administración del miedo. No corrige la vieja brutalidad del sistema internacional; la radicaliza, la teatraliza y la vuelve más volátil e impredecible.
Hay, además, un dato moral y político que no debería pasar inadvertido. Trump llegó a comparar la conducta naval de Estados Unidos con la piratería y a presentar la incautación de un buque y de su carga iraní como “un negocio muy rentable”. Adoptando un lenguaje tan descabellado, impropio incluso de los apogeos más notorios del colonialismo occidental, deja al descubierto una mentalidad para la cual la fuerza ya no necesita siquiera el pudor de la justificación jurídica o ética. Estamos ante un salto cualitativo: el poder militar ya no aparece solo como instrumento de presión, sino como forma de apropiación celebrada con cinismo.
La contradicción reaparece con especial crudeza cuando la Casa Blanca notifica al Congreso que las hostilidades con Irán habían “terminado” a efectos de la Ley de Poderes de Guerra, precisamente cuando vencía el plazo para seguir actuando sin autorización legislativa. Pero, casi al mismo tiempo, la administración mantuvo el bloqueo, defendió la continuidad operativa en la región y poco después lanzó el llamado Project Freedom para escoltar o liberar buques atrapados en Ormuz. Este proyecto no solamente fue paralizado dos días después, sino que, más tarde, el propio Trump dejó abierta la puerta a nuevos ataques. Es decir, se declara terminado un conflicto y anuncia un proyecto libertario al mismo tiempo que se preservan o amplían las condiciones materiales para su continuación.
No estamos solo ante una maniobra jurídica para eludir controles institucionales. Hay algo todavía más grave en la medida en que el presidente habla ya de operaciones de fuerza e incautaciones marítimas con una frivolidad que roza la jactancia imperial. No se trata de justificar una acción extrema en nombre de una necesidad estratégica, sino de celebrar casi abiertamente la apropiación de recursos ajenos como si el poder militar o una decisión personal pudieran sustituir sin pudor a la legalidad internacional o a los derechos inherentes a la soberanía nacional.
En esa lógica, el estrecho de Ormuz no es solamente un paso sensible del comercio mundial; Trump lo ha convertido en un tablero de demostración de fuerza, sin reparar en que jugar allí con la intimidación no solo presiona a Irán, sino que desestabiliza al planeta entero.
Cada amenaza, cada cierre, cada prolongación del bloqueo y cada ambigüedad en torno al alto el fuego repercuten sobre el precio del petróleo, los costos logísticos, las expectativas de inversión y la confianza de aliados que ya empiezan a preguntarse hasta dónde alcanza realmente la racionalidad estratégica de Washington. No perdamos de vista, además, que cada amenaza o pronunciamiento en torno a Ormuz puede convertirse, si se conoce de antemano, en una formidable palanca para maniobras especulativas de gran éxito en los mercados financieros.
Esa misma elasticidad peligrosa se advierte en otro frente. Mientras aún persisten los sobresaltos en torno al conflicto con Irán, Trump llega a sugerir que Estados Unidos podría “tomar” Cuba con la sola presencia de un portaaviones frente a sus costas. Más allá de la factibilidad real de semejante amenaza, lo crucial es lo que revela sobre su mentalidad de poder. Podemos afirmar que el recurso a la intimidación se ha vuelto un sustrato casi natural del hombre al mando, tanto así que la apertura de nuevos frentes potenciales aparece como prolongación espontánea de su estilo de gobierno. Estamos hablando de soberanía ajena con la ligereza con que antes se hablaba de negocios o de ratings televisivos. Es una señal alarmante.
Estados Unidos venía arrastrando desde hace tiempo muchas contradicciones, intervenciones selectivas y dobles raseros. Pero todo ello no atenúa la gravedad de la presidencia de Trump; la vuelve más nociva. No estamos ante una corrección de esa herencia, sino ante su radicalización sin miramientos, además de que en vez de depurar el unilateralismo lo está literalmente teatralizando. Los que esperaban el restablecimiento de la autoridad moral de la gran nación norteamericana ahora están sufriendo la exaltación descarnada de la fuerza. En definitiva, Trump, no es el origen de todos los males del orden mundial, pero sí uno de sus más eficaces aceleradores contemporáneos.
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