“Son escoria. Son gente enferma. Están dirigidos por gente enferma”. Con ese lenguaje deshumanizante, Donald Trump vuelve a exhibir una concepción del mundo donde la diplomacia cede su lugar a la amenaza, el derecho internacional es sustituido por la fuerza militar y la paz se convierte en una simple pausa entre bombardeos.

Cuando un líder político reduce a un pueblo o a sus dirigentes a la condición de “escoria”, deja de hablar el lenguaje de la política para adoptar el de la guerra absoluta. La historia demuestra que la deshumanización ha sido siempre el preludio de las mayores agresiones contra los pueblos.

Sin embargo, las contradicciones del discurso de Trump son evidentes. Un día proclama la victoria; al siguiente anuncia nuevos ataques; más tarde habla de negociaciones y de memorandos de entendimiento; luego vuelve a amenazar con una devastación aún mayor. Esa oscilación permanente no expresa fortaleza estratégica, sino la dificultad de imponer por la fuerza una solución estable a un conflicto profundamente político y geopolítico.

Estados Unidos posee una enorme capacidad militar. Nadie puede negar el alcance de su poder tecnológico, económico y bélico. Pero la experiencia histórica demuestra que el poder militar no garantiza la victoria política. Vietnam, Irak y Afganistán son ejemplos de que la superioridad armamentística no puede sustituir el consenso, la legitimidad ni la capacidad de construir una paz duradera.

Prolongar un conflicto puede ser militarmente posible durante un tiempo, pero cada día adicional incrementa los costos económicos, políticos y humanos. La inestabilidad regional se profundiza, aumentan los riesgos de una escalada que involucre a nuevos actores y se deteriora la credibilidad internacional de quienes privilegian la fuerza sobre la negociación.

Por su parte, Irán ha reiterado en diversas ocasiones que responderá a cualquier agresión que considere una violación de su soberanía. Esa realidad convierte cualquier cálculo de una guerra prolongada en una apuesta extremadamente peligrosa para toda la región y para la estabilidad internacional.

La gran pregunta sigue siendo si las partes regresarán a la mesa de negociaciones. La historia de los conflictos internacionales indica que, incluso después de los enfrentamientos más intensos, las guerras terminan generalmente mediante acuerdos políticos. Ninguna potencia, por poderosa que sea, puede eliminar indefinidamente la necesidad del diálogo.

Las negociaciones no representan una muestra de debilidad; constituyen el reconocimiento de que la guerra tiene límites. Cuando las armas hablan durante demasiado tiempo, terminan imponiendo un precio insoportable para todos los pueblos involucrados.

El verdadero desafío para la comunidad internacional consiste en impedir que la lógica de la confrontación permanente sustituya definitivamente al derecho internacional. La paz no puede depender de amenazas de destrucción total ni de discursos que convierten al adversario en un enemigo absoluto. Debe construirse sobre el respeto a la soberanía de los Estados, la seguridad colectiva y la solución pacífica de las controversias.

La humanidad ya conoce demasiado bien las consecuencias de las guerras interminables. En una época marcada por armas de enorme poder destructivo y por una economía mundial profundamente interdependiente, alimentar una escalada militar constituye un riesgo que trasciende las fronteras de cualquier nación.

Frente al lenguaje de la intimidación, corresponde levantar la voz en favor de la paz con justicia, del respeto al derecho internacional y de una diplomacia capaz de impedir que el mundo vuelva a acercarse al abismo de una confrontación de consecuencias imprevisibles.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

Ver más