De niño y entrado en la juventud, movido por los suaves vientos, escuchaba el sonido lejano de una Trompeta que venía del sector periférico a nuestra casa. Era el joven Miguel Emilio, un apasionado músico en Cotuí.  Mismo más tarde se convirtió en profesor de Música en el Liceo Francisco Henríquez y Carvajal y un hombre de compostura inigualable, con cortas palabras dulces al hablar.

Conocí una faceta en Miguel Emilio muy extraña y particular en dos vertientes; una, aficionado a jugar Billetes y Quinielas en virtual adicción, visitaba el hogar de mi madre Nana Soto casi a diario temprano para averiguar los sueños e interpretarlos en acomodo para emprender la jugada del día. Luego reaparecía para conversar de los resultados: ganaba y perdía, era su afán y lo disfrutaba con ardor.

Al pasar el tiempo, Miguel Emilio discretamente, tal como era su vida, se convirtió en un gran músico trompetista y director de Orquesta en Cotuí que amenizaba las fiestas de la Provincia con inusitado fervor festivo; dando nacimiento a la Orquesta Universal, que se explayó a nivel nacional, adjunto a sus hermanos Diógenes y y  Ángel, Antonio Otáñez, (Caifa) y el artista de balada y bolero Juan Lanfranco, entre otros finos músicos.

La otra distinción de nuestro Emilio que debo destacar, que no se observa en ningún artista, aunque su oficio lo obligaba, consistía en cierta discreción que podía percibirse en timidez, asociado a nunca bailar en su comparecencia festiva.  Permanente fue un  personaje de vestir elegante y  pelo arreglado, que solía atraer a las féminas. Sin olvidar su inclinación de revolucionario, que en ocasiones platicó con nosotros por su formación cultural y política.

De conformidad y cercana vivencia con Míguelo (apodo de Miguel E. nombrado por los amigos cotuisanos) , el músico y Académico Ramón Camacho, cotuisano, en fértil y apropiada conversación acerca del artista  reconoce el aura y genio de Miguel Emilio con símil que lo equipara en trompeta con el mexicano Ramón Méndez  y quizás Neil Anstrong, norteamericano. Al decir de Camacho, al preguntarle al trompetista Beltré sobre Míguelo y su magia rítmica, respondió: “donde Miguel E.  ponga sus pies, yo pongo mi boca.” Una demostración del nivel de músico calificado por otro grande en la trompeta. Ambos aparecían en los espectáculos de la Orquesta Sinfónica al fondo con los instrumentos en ristre o levantándolos para incorporar su  sus notas musicales.

Con la Orquesta Universal anduvo esparciendo exquisito ritmo por los senderos de la Patria, con unos excelentes músicos entre los cuales se cuentan Victoriano Rincón, Ramón Camacho, Nino Jerez, Nicolás Rincón, Chichita,  Chichina, Antonio Caifa, Juan Lanfranco, Chago, Ramoncito Santana y Cury, entre otros. Era un derroche verdadero de la mejor música dominicana conducida por un Maestro genial que nos dejó en agosto del presente año para llevar su arte divino al antro de lo desconocido. El Maestro de referencia, nos cuenta Camacho, que hubo de enseñarle en cierta ocasión un documento con 175 piezas de composiciones, poesías y arreglos, las mismas desconocidas e ignoradas por el mundo musical, dado a su sencillez y de vivir corriente como un simple de la tierra. Su grandeza radica en esa manera de caminar con su música a cuestas, sin vanidad, ni competencia con otros , huyendo a la pantalla y a la falsa postura.

Cuando le tocó presentarse a concurso en la Orquesta Sinfónica para seleccionar un trompetista, el director evaluador  al escuchar su presentación, le dijo usted es el elegido, váyanse los demás. Su sonido y cantar  en la trompeta no tenía desperdicio. Entonces se erigió en el trompetista más contratado por las orquestas . Devino grabando y actuando con su magia con artistas y directores como Jorge Taveras, Rafael Solano, Juan Luis Guerra y Alex Bueno. Incluso, se sabe que no ambicionó riquezas siendo la música su más excelsa felicidad, como se evidencia que al enfermar  entrado en edad envejeciente recibió la mano amiga de Juan Luis Guerra en pago a Clínica.

Su muerte recién pasada pasó por muchos desapercibida, tan callada, tan silenciosa, como agua cristalina deslizándose suavemente, sin estridencias, sin publicidad ruidosa, sin algarabias; como suele suceder con los grandes virtuosos de la tierra, se despiden llevándose su sencillez al Más Allá. Ya lo describe en sentencia terminante y sabia Francisco García Godoy: ¡ Oh, América infeliz, qué sólo sabe de sus grandes hombres, cuando son sus grandes muertos!

Así  lo cuenta la historia de los personajes en Frank Kafka,  Fiodor Dostoyeusvki, Federico Nietzsche;  sólo la posteridad reconoció su  gigante obra cuando sus cenizas abonaron la tierra fértil para que emergieran de sus entrañas nuevas semillas en el frondoso bosque de la humanidad. El presente suele ser ingrato, quizás por  celos, egoísmo o resentimientos dados en lo obscuro de la naturaleza mísera de nuestra humanidad.

Miguel E. fue un persona especial y singular, que nunca tuvo trucos ni engaños para nadie, se movía silenciosamente en las bregas de su vida; aunque todo el que lo conoció se prendía en elogios por su cantor en la destreza de la trompeta, sin descartar su inmensa cultura en Música. En sus últimos años cruzó todos los caminos llevando su Orquesta Universal para ofrecerles alegría y bailes a los provincianos.

Nolberto Luis Soto

Profesor

Embajador acreditado en Panamá, 86-87. Embajador acreditado en Ecuador, 2000-2002. Diputado al Parlacen, Director Gral. Biblioteca Nacional. Rector Uteco (Universidad de Cotuí). Vicedecano Facultad de Humanidades,UASD, Prof. Meritísimo UASD. Lic. en Filosofía y Letras, Posgrado en Diplomacia y Relaciones Internacionales, Maestría en Epistemología y Metodología (UNAM), México. Estudios Doctorales en Intervención Social, Universidad Oviedo, España. Escritor.

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