En un artículo reciente publicado en este periódico, Acento, utilicé el cuento de Juan Bosch «Dos pesos de agua» como metáfora para resaltar algunos elementos importantes de nuestra realidad educativa. En este artículo de hoy vamos a valernos de la metáfora utilizada por el papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, al contraponer, como formas contrapuestas de hacer las cosas, la construcción de la Torre de Babel y la reconstrucción de la muralla de Jerusalén. Son dos imágenes bíblicas poderosas. Ambas muestran seres humanos organizándose para levantar algo. Pero expresan espíritus radicalmente distintos.
El ejemplo de la construcción de la Torre de Babel representa la obra nacida del orgullo, de la autosuficiencia, del deseo de hacerse un nombre y de la pretensión de alcanzar el cielo por la propia fuerza. En cambio, el ejemplo de la reconstrucción de la muralla de Jerusalén representa el trabajo humilde de una ciudad herida, la obra común de un pueblo que, reconociendo su fragilidad, se organizó, distribuyó el trabajo entre todos los ciudadanos, se esforzó por cuidar lo que pertenece a todos y reconstruyó no solo piedras, sino también la pertenencia, la memoria y la esperanza de la ciudad.
Los trabajos que, como sociedad, realicemos para transformar la educación dominicana no deben parecerse a la Torre de Babel. No debe ser un proyecto levantado desde la soberbia técnica, la competencia de protagonismos, la imposición de una visión única ni la búsqueda de reconocimiento político, institucional o personal. No debe ser la obra de quienes quieren dejar su nombre grabado en una torre. Tampoco puede ser una carrera para ver quién aparece como autor de la transformación, quién ocupa el centro de la escena o quién convierte la educación en una plataforma de poder.
Al responder al llamado que se nos hace para transformar la educación dominicana, llamado que aspiramos a que sea auténtico y nos lleve a enfrentar la raíz de nuestros problemas educativos, tenemos que partir del reconocimiento de que, durante demasiados años, el debate educativo dominicano ha tenido algo de la Torre de Babel. En jornadas similares a esta, suele suceder que se formulan numerosas propuestas que no siempre dialogan entre sí; hay sectores que defienden intereses legítimos, pero muchas veces los presentan como si fueran lo mejor para todos; cada actor toca una parte del sistema y cree que ese entendimiento fragmentado es la comprensión del todo, como ocurre en la metáfora del ciego y el elefante. De este escenario multifacético suele surgir una conversación fragmentada, llena de buenas intenciones, pero con escasa capacidad para construir una visión común.
En el ejemplo de la experiencia bíblica que el papa León XIV utiliza, la construcción de la Torre de Babel no fracasa por falta de recursos, sino por falta de comunión; fracasa porque la construcción se vuelve una expresión de orgullo antes que de servicio; fracasa porque el lenguaje deja de unir y empieza a separar. Esa es una advertencia profunda para nuestro momento educativo, de la cual debemos extraer aprendizajes importantes. Podemos tener presupuesto, diagnósticos, decretos, expertos, comisiones, tecnología y voluntad política, y todo esto de muy poco nos servirá para el logro de nuestros objetivos si no logramos construir un lenguaje común, si cada sector continúa encerrado en su propio relato, si la educación sigue siendo un campo de disputa y no de corresponsabilidad, terminaremos levantando una torre alta, visible, quizás llamativa, pero incapaz de sostener la vida educativa del país.
El relato de la construcción de la muralla de Jerusalén ofrece una perspectiva diferente que nos ayuda a abordar la tarea transformadora que tenemos por delante. Esta experiencia nos enseña, entre otras cosas, que parte de su éxito se debió a que no fue una obra de vanidad, sino de reparación; con su construcción no se pretendía conquistar el cielo, sino proteger la ciudad; que no nació del orgullo, sino de la conciencia de una pérdida. Quienes reconstruyen la muralla saben que la ciudad es vulnerable y que, para protegerla, es necesario cambiar. Tienen plena conciencia de que la ciudad está llena de ruinas, grietas y amenazas, pero saben que la reconstrucción no será obra de un solo hombre ni de un solo grupo. Cada familia, cada comunidad, cada sector tiene que asumir una parte del trabajo que hay que hacer para defender y proteger la ciudad: construir la muralla. Es necesario construirla por tramos, con tareas distribuidas, vigilancia compartida y sentido de pertenencia.
El ejemplo de la construcción de la muralla de Jerusalén es lo que necesitamos para pensar la transformación educativa dominicana. Nuestro sistema educativo tiene grietas profundas; no funciona plenamente como un sistema; sus componentes existen, pero no siempre se articulan; las normas no siempre se cumplen y las políticas no siempre convergen. De igual manera, las numerosas instituciones que, a lo largo de los años, hemos creado no siempre cooperan, lo que contribuye a que los recursos que a través de ellas se canalizan no siempre se traduzcan en aprendizajes. Los centros educativos, que deben ser los protagonistas de todo esfuerzo de mejora, no siempre tienen el control que requieren para ser verdaderos conductores del proceso y no meros ejecutores de políticas y directrices que cambian sin que ellos sepan por qué ni para qué. De igual manera, los docentes se desgastan en un quehacer que no siempre tiene la coherencia necesaria para dar sentido a sus esfuerzos. En este escenario, se observa que los estudiantes avanzan en el sistema, pero pocos aprenden lo necesario. Todo esto erosiona la confianza social y debilita el tejido social necesario para la acción mancomunada, produciendo una sensación de cansancio, de sospecha y de fragmentación.
Frente a esas grietas, la pregunta no es quién tendrá la gloria de levantar la torre. La pregunta debe ser: ¿quién está dispuesto a reconstruir la muralla?
Reconstruir la muralla educativa dominicana implica, ante todo, reconocer que la educación es una obra común. No pertenece al gobierno de turno ni a ningún partido. No pertenece a un sindicato. No pertenece al mercado. No pertenece exclusivamente a los técnicos, a los académicos, a los organismos internacionales, a las familias, a las iglesias ni a las universidades. Todos tienen algo que aportar, pero ninguno puede apropiarse del todo. La educación pertenece al país porque en ella se juega el futuro de todos.
Por eso, asumir la transformación educativa, como asumieron los habitantes de Jerusalén la construcción de su muralla, exigirá de nosotros, como actores de la educación de nuestro país, abandonar la lógica de Babel: la del protagonismo, la competencia, la sospecha permanente, el lenguaje fragmentado y la búsqueda de reconocimiento propio. Exige sustituirla por otra lógica: la del servicio, la cooperación, la humildad, la corresponsabilidad y la fidelidad al bien común.
A partir del ejemplo que nos ofrece la reconstrucción de la muralla de Jerusalén, podemos sacar algunas lecciones: una muralla se reconstruye cuando cada quien asume el tramo que le corresponde, sin entorpecer el trabajo de los demás. En ese escenario, todos los actores deben tener presente que el descuido en la construcción del tramo que les corresponde hará a la ciudad más vulnerable. Cada uno debe esforzarse para que no sea su tramo el que la vuelva más vulnerable.
El entusiasmo de los habitantes de Jerusalén al construir su muralla nació de su convicción de que, al construirla, cada uno y la colectividad estaban más seguros y que su construcción beneficiaba a todos. Tenemos que encontrar un modelo de transformación educativa que transmita a todos los actores del sistema la convicción de que su desarrollo nos beneficia por igual a todos, sin distinción, sin privilegios ni exclusión. Esto solo se logra cuando las personas son escuchadas, reconocidas y convocadas a una tarea con sentido.
Si los docentes sienten que la transformación les cae encima y que son llamados a ejecutar lo que otro ha decidido, sin ser escuchados ni participar en la construcción de su tramo, habrá resistencia. Si los directores sienten que se les exige liderazgo sin autonomía, habrá frustración. Si las familias perciben que la escuela no dialoga con ellas, habrá distancia. Si los estudiantes sienten que la educación no les habla a su vida, habrá desafección. La transformación requiere desarrollar el sentido de pertenencia de todos los actores. Y esta pertenencia nace con auténtica participación, desarrollo de la corresponsabilidad, colaboración efectiva y entendimiento común sobre hacia dónde vamos y cómo vamos a llegar.
La muralla de Jerusalén nos muestra, además, que reconstruir es mucho más que solo levantar piedras. Es restaurar una comunidad. En educación, ocurre lo mismo. Por eso, es importante plantear como eje de los esfuerzos a realizar el convencimiento de que la transformación no consiste únicamente en modificar estructuras administrativas, actualizar currículos, introducir tecnologías ni cambiar leyes. Todo eso puede ser importante. Pero lo decisivo es reconstruir la confianza, el propósito y la capacidad del sistema para actuar como un todo. Sin confianza, cada propuesta será interpretada como una amenaza. Sin propósito, cada medida se convertirá en un trámite. Sin coherencia, cada iniciativa terminará absorbida por las inercias de siempre.
Transformar la educación dominicana exige, asumiendo el llamado que nos hace el papa León XIV, realizar fundamentalmente los esfuerzos necesarios para custodiar lo humano. Esa es una de las grandes enseñanzas de su encíclica Magnifica Humanitas. En una época marcada por la inteligencia artificial, la automatización y la fascinación tecnológica, la educación debe recordar que su centro no es la máquina, el dato, la eficiencia ni la credencial, sino la persona. La tecnología puede ayudar, pero no puede sustituir la relación educativa. Puede ampliar el acceso a la información, pero no reemplazar el juicio. Puede apoyar al docente, pero no suplantar su responsabilidad moral y pedagógica. Puede mejorar procesos, pero no definir por sí misma los fines de la educación.
En este esfuerzo transformador que vamos a emprender, debemos hacerlo con cautela, pues Babel también puede ser tecnológica. Una transformación educativa dominada por la fascinación acrítica por la inteligencia artificial podría terminar levantando una torre brillante, llena de plataformas, indicadores y promesas de eficiencia, pero pobre en humanidad. La muralla, en cambio, nos invita a poner la tecnología al servicio de la ciudad; es decir, de las personas, de los aprendizajes, de la equidad, de la inclusión y del bien común.
De igual manera, la historia reciente de la educación dominicana nos enseña que existe un gran riesgo de que construyamos una Babel política. Es la que surge de convertir la educación en botín, en reparto, en instrumento de control o en mecanismo de reproducción de lealtades. Cuando los nombramientos, las promociones, las decisiones administrativas o la continuidad de las políticas responden más a intereses partidistas que a criterios de mérito, competencia y bien común, la muralla se agrieta. La educación deja de ser casa común y se convierte en territorio de captura. Transformar exige liberar la educación de esa instrumentalización. No se puede custodiar la dignidad humana mientras se trata a docentes, técnicos, directores, estudiantes o familias como piezas de una maquinaria política.
Hay, igualmente, una Babel sindical cuando la legítima defensa de los derechos docentes se desconecta del derecho de los estudiantes a aprender. El sindicalismo docente es necesario y forma parte de la vida democrática. Pero su grandeza histórica dependerá de su capacidad para articular derechos y responsabilidades, bienestar docente y aprendizaje, reivindicación y profesionalidad. Un sindicalismo que asuma su tramo de muralla no será un obstáculo para la transformación; será uno de sus aliados más importantes.
En estos momentos de profundos cambios en diferentes dimensiones de lo humano y lo social, existe también el peligro de que, al intentar construir el futuro de la educación, acabemos por construir una Babel del mercado. Este peligro aumenta cuando reducimos la educación a una mera certificación de competencias orientada al mercado, al negocio, al consumo o a la inversión individual. Es necesario reconocer y valorar que la educación privada ha hecho y debe seguir haciendo aportes valiosos al país. Pero toda educación, pública o privada, debe estar subordinada a la dignidad humana y al bien común; este es uno de los mensajes más claros del papa León XIV. Educar no es vender un producto. Es formar personas. La libertad de iniciativa en educación solo se justifica plenamente cuando se orienta a la calidad, la inclusión, la responsabilidad social y el desarrollo integral de quienes aprenden.
Si decidimos asumir la transformación de la educación dominicana desde la perspectiva de los habitantes de la ciudad de Jerusalén cuando decidieron construir su muralla, esto implica asumir una ética de la tarea compartida. Cada actor debe preguntarse: ¿Cuál es mi tramo? ¿Qué debo reparar? ¿Qué debo dejar de hacer? ¿Qué debo aportar? ¿Qué parte de la muralla se debilita por mi omisión, mi interés particular, mi silencio o mi resistencia al cambio?
Lo que como sociedad hemos aprendido, tanto desde la experiencia nacional como desde la internacional, en materia de transformación educativa, deja claro que la transformación educativa que deseamos promover en nuestro país no será el resultado de una proclama grandilocuente. Deberá ser el fruto de miles de decisiones coherentes, sostenidas en el tiempo. Decisiones para cumplir la ley. Para profesionalizar la docencia. Para fortalecer los centros educativos. Para garantizar aprendizajes reales. Para evaluar con justicia. Para usar la información de manera responsable. Para asegurar la calidad en lo público y en lo privado. Para proteger la educación de la captura partidaria, de la mercantilización y de la tecnocracia deshumanizante.
Es cierto que adoptar el modelo de Babel nos permite avanzar más rápido, pero pronto los logros alcanzados se dispersan. El camino para construir una muralla es más lento. La muralla se reconstruye con paciencia, pero protege. Babel busca altura. La muralla busca pertenencia. Babel quiere un nombre propio. La muralla defiende la ciudad. Babel nace del orgullo. La muralla nace de la responsabilidad.
En el pasado, salvo algunos momentos fugaces de luz, el espíritu de Babel ha caracterizado el ámbito de las reformas educativas. Hoy, si queremos avanzar, tenemos que empezar a hacer las cosas de manera diferente. La educación dominicana necesita menos espíritu de Babel y más espíritu de Jerusalén. Necesita menos protagonismo y más cooperación. Menos sospecha y más deliberación. Menos prisa por anunciar y más paciencia para construir. Menos torres para exhibir y más murallas para proteger.
Al enfrentar de nuevo el desafío de transformar la educación dominicana, asumámoslo como una obra común, humilde, exigente y esperanzadora, como lo hizo la ciudad de Jerusalén. Si queremos tener éxito, tenemos que convencernos de que nadie puede hacerlo todo, pero también es necesario que nadie se sienta excluido de aportar su parte. La transformación educativa dominicana hay que asumirla como una obra que no busca glorificar a quienes la dirigen, sino proteger la dignidad de quienes habitan la ciudad. Porque al final, transformar la educación no consiste en levantar una torre hacia el cielo, sino en reconstruir, piedra a piedra, la casa común donde nuestros niños, jóvenes, maestros y comunidades puedan vivir, aprender y crecer con dignidad.
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