El presidente Luis Abinader, en su discurso del pasado 27 de febrero frente al Congreso Nacional, trazó el camino para alcanzar una verdadera transformación de la educación dominicana. Dijo el presidente, hablando en plural:
«Impulsaremos una transformación de la educación dominicana. Dicha reforma será legislativa y curricular. Esta transformación no es solo de interés del Gobierno, sino del pueblo dominicano, y se hará por consulta y por concertación».
Para dar testimonio de su compromiso, promulgó el decreto núm. 309-26. Este mandato dispone que los ministros Sigmund Freud y Luis Miguel De Camps, junto a Rafael Santos Badía y Maira Morla, conformen tres comisiones integradas por las más variadas instituciones y una amplia pluralidad de actores.
Entre ellos destacan representantes de la colectividad partidista, gremios empresariales y sindicales, maestros, alumnos, padres y tutores, universidades públicas y privadas, iglesias y legisladores. Estas comisiones, en estrecha coordinación con el Consejo Económico y Social (CES), el Pacto Educativo y consultores nacionales e internacionales, asumirán la responsabilidad de elaborar el proyecto de ley que se someterá al Senado y a la Cámara de Diputados.
El objetivo es claro: constituir un nuevo sistema educativo para la República Dominicana.
Esta transformación constituye un fascinante viaje al futuro, hacia los confines del horizonte de la Cuarta Revolución Industrial a la que asiste hoy la humanidad.
No se excluye a nadie en la búsqueda de una nueva escuela que sea capaz de enseñar a aprender, aplicar y transferir conocimientos.
Se busca una institución que garantice la calidad de la enseñanza. Se necesita que los niños aprendan lectoescritura y las cuatro operaciones básicas de la aritmética; que los jóvenes dominen una carrera técnica que les permita acceder a un empleo decente; y que aquellos con aptitud y actitud para cursar una carrera científico-humanista encuentren, en un aprendizaje de calidad, el camino hacia el éxito.
Asimismo, hace falta que tanto la formación técnico-profesional como las universidades ofrezcan carreras cortas y microcredenciales para los adultos. Esto es vital, ya que esta revolución eliminará empleos que pronto podrán ser realizados por robots o mediante el uso de la inteligencia artificial.
Se habla de una transformación educativa mirando al futuro y no al pasado. La tentación de recurrir a un currículo y a un método anacrónico tiene que ser exorcizada por una bocanada de aire puro, capaz de generar el impulso necesario para saltar la valla que nos ata al ayer y comenzar a vivir, desde la escuela, el futuro que ya es presente.
El único adversario imaginable para este propósito del presidente Abinader pudiera ser el fantasma del pasado que, como sostenía Marx, pesa como una maldición sobre el cerebro de los mortales.
No hay que vacilar ni aferrarse al pesimismo. Debemos emprender ya este viaje al futuro, pues es allí donde la escuela encontrará el terreno fértil para sembrar la esperanza. Esta esperanza está cifrada en un sistema donde los escolares aprendan a aprender y los docentes aprendan a enseñar.
La meta es que todos salgamos ganando en este viaje, que nadie se quede atrás y que la patria se llene de nuevos aprendizajes.
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