Hace unos días reabrió en Villas Agrícolas una inmensa ferretería que había cerrado durante la ola de clausuras de comercios chinos. Volvió a abrir con más brillo, espacios más amplios, mayor surtido y un verdadero parqueo.

Al llegar, el parqueo estaba lleno. Un grupo de muchachitos me ayudó a encontrar un espacio. Sus caras me resultaban familiares. Preparé algunas monedas para la salida y aproveché para conversar con ellos.

La conversación fue fácil porque al menos tres de los cinco habían pasado recientemente por la Fundación Abriendo Camino.

El mayor del grupo, una especie de jefe natural, es huérfano de madre. Su padre es inválido. Está escolarizado, pero este trabajo improvisado de «parqueador» constituye una parte importante del sustento familiar.

Lo que más me llamó la atención fue escuchar a los demás explicar, con total naturalidad, que le entregan una parte de sus ganancias para ayudar en su casa. No parecía una imposición. Era simplemente la forma en que las cosas funcionaban dentro del grupo. Quizás el precio de la protección que les brinda el mayor. Quizás una solidaridad espontánea nacida de circunstancias compartidas. «Somos todos amigos», me dijeron.

«Hay días buenos y días malos»; los sábados y los días treinta son los mejores. Un preadolescente que todavía chupaba su pulgar con energía me aseguró que en una buena jornada pueden ganar hasta mil pesos.

Esos ingresos tienen un precio. Pasan horas bajo el sol inclemente. Cuando llueve, permanecen en sus puestos. Toda la jornada respiran los gases de escape de los vehículos que entran y salen y de la intensa circulación de la avenida Nicolás de Ovando. Son riesgos y sacrificios asociados al trabajo de los adultos, no a la infancia.

Antes de irme, les recordé que comenzaba el campamento de verano de la Fundación. Traté de convencer a los más pequeños de que se inscribieran. Al mayor le hablé de los programas y clubes para adolescentes que retomaremos en septiembre, especialmente del club de informática.

Volví unos días después. Esta vez había como diez muchachitos en el parqueo. Me estacioné sola. Les expliqué que no iba a darles dinero porque no quería que me vieran como alguien que siempre les paga. Casualmente me encontré con el guardián de la Fundación y entre los dos intentamos de nuevo motivarlos para que participaran en el campamento de verano.

Algunos prometieron de nuevo que irían. Pero ambos nos quedamos con la misma impresión: el atractivo del dinero parecía más fuerte que nuestras invitaciones.

Mientras regresaba a casa seguía pensando en aquella cifra mencionada con orgullo: mil pesos en un buen día. En un país donde muchos adultos trabajan largas jornadas por salarios modestos, la cantidad obliga a reflexionar. La escuela promete oportunidades futuras; el parqueo ofrece ingresos inmediatos.

Uno de esos muchachos asiste a una clase de alfabetización porque no está escolarizado y arrastra un importante retraso escolar. Sin embargo, el parqueo le permite disponer de dinero propio y ayudar a su familia. ¿Cómo convencerlo de que dedique más tiempo al estudio cuando el mercado ya le ofrece una recompensa tangible por su esfuerzo?

Solemos hablar del trabajo infantil como si fuera únicamente un problema de cumplimiento de la ley o de conciencia social. Pero también es un problema económico. Detrás de cada niño que trabaja hay casi siempre una familia vulnerable y necesidades urgentes.

La verdadera pregunta es cómo lograr que la escuela, un campamento, una biblioteca, una clase de alfabetización o un club de informática compitan con la posibilidad de ganar dinero, sentirse útil y ayudar a la familia.

Ningún niño debería verse obligado a contribuir al sustento de su hogar. Sin embargo, ignorar las razones que empujan a muchos de ellos a hacerlo tampoco ayuda a resolver el problema.

A veces el trabajo infantil no aparece solamente en talleres, fábricas o en el campo. Está, frente a nosotros, en un parqueo lleno un sábado cualquiera, con niños que todavía conservan gestos de infancia, como chuparse el pulgar, mientras cargan responsabilidades que pertenecen al mundo de los adultos.

¡Todavía queda mucho por hacer!

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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