Según The New York Times, citando a Suzanne Maloney, especialista en Irán y vicepresidenta de Brookings Institution de Washington, al meterse con Irán ahora Trump se encuentra atrapado en un dilema estratégico. “La rapidez con la que esto se ha convertido en un atolladero para Estados Unidos ha sido, además, bastante sorprendente”.
Se metió en una guerra que todo el mundo, excepto su amigo (o quizás secuestrador) Netanyahu, sabía que no podría ganar. Lo sabían hasta sus propios generales, lo sabía la CIA y múltiples agencias de inteligencia y espionaje.
Convirtió a Irán en una potencia regional. Al asesinar a su líder espiritual y a las niñas de un colegio, creyendo que con ello los iba a amedrentar, unió a todo el pueblo iraní en defensa de su país. Al amenazarlo con borrar del mapa su civilización, una de las más antiguas y arraigadas civilizaciones que conoce la humanidad, que ha sobrevivido a lo largo de la historia veinte veces más que el propio Estados Unidos, los unió mucho más. Violó todas las leyes internacionales y de su propio país. Se granjeó innumerables enemigos y perdió otros tantos amigos.
Quizás lo más importante, puso al descubierto las debilidades del ejército estadounidense. Agotó una parte considerable de su arsenal militar, y condujo a muchos a hacerse la pregunta siguiente: si entre los diversos adversarios políticos de los EE. UU. y los otros que le temen, solo hay tres con capacidad real de hacerle frente militarmente, y de esos tres el más débil es Irán y aun así no logra derrotarlo, ¿qué pasaría si tuviera que enfrentarse directamente a Rusia o a China?
Y a partir de ahora, ningún otro país le confiará su seguridad y protección a los EUA, que no pudo proteger ni a sus propias bases militares y portaaviones. Mejor mirarán para otro lado. Incluso podría ocurrir que, a mediano plazo, Japón y Filipinas abandonen su retórica bélica, y que “la China pequeña” (Taiwán) caiga pacíficamente en brazos de su madre antes del plazo del 2049.
Claro está, la prensa occidental mantiene la narrativa contraria; oímos mucho hablar de la destrucción y las muertes en Irán, mientras las pérdidas de Israel son el secreto mejor guardado y las de EUA aparentemente casi inexistentes excepto algunos rasguños, lo que parecería indicar que Irán ha perdido por goleada. Como siempre se ha dicho, en la guerra la primera víctima es la verdad.
A mucha gente le llama la atención el hecho de que los aviones de Estados Unidos se pasan años volando sin ningún problema por todos los mares, desiertos y montañas del mundo y justamente cuando llegan cerca de Irán sufren averías y se caen por su propia cuenta o son víctimas de fuego amigo; los portaaviones sufren cortocircuitos que producen incendios o se taponan los desagües.
No significa que Irán vaya a ganar esta guerra: nadie gana una guerra, excepto evitándola. Tampoco quiero decir que Estados Unidos esté siendo derrotado militarmente: nadie derrota en el campo de batalla a una potencia así.
Pero solo tiene dos formas de ganarla, y cualquiera de las dos terminaría significando una derrota. La primera sería una invasión terrestre al territorio de Irán donde, según todos los analistas y estrategas militares, se enfrentarían a un ejército y una población que le infligirían duros golpes, se alargaría y en breve comenzarían a llegar los cadáveres envueltos en sacos plásticos, como en Vietnam. Sería una derrota en el plano de la política interna que le obligaría a retirarse.
La otra sería el uso de la bomba atómica, con probables implicaciones mundiales. Y si no condujera a una conflagración universal, llevaría a la nación estadounidense a vivir con el estigma de ser el único país que ha cometido ese crimen dos veces, sin contar entre ellas el Agente Naranja en Vietnam, que es lo más parecido.
Estados Unidos ha tenido que dedicarse en los últimos 80 años a reescribir la historia, difundir novelas, millones de artículos de opinión, conferencias, lecciones universitarias, sermones religiosos, discursos de políticos y diplomáticos y miles de películas de guerra, de ficción, románticas, de vaqueros y hasta comedias, para difundir la propaganda aparentemente inocente, conllevando siempre el metamensaje de que las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron poco menos que una obra de caridad, de que fue una acción necesaria para salvar el mundo.
Pero cómo convencer al mundo de que era necesario destruir una ciudad no militar, y a continuación otra, sorprendiendo a sus cientos de miles de habitantes tranquilamente en sus hogares o sus trabajos, a los ancianos en sus meditaciones, los niños desayunándose o las madres llevándolos a la escuela.
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