Con Gaza en el corazón.

Voy a realizar la descripción de un caso clínico muy particular por su diagnóstico y por su curso evolutivo. Vamos a sumergirnos en la relación médico-paciente en un viaje complejo y, a la vez, apasionante.

Desde hace años que no sale a ninguna parte; solo permaneces en tu cabeza, siempre acompañado de un pensamiento absurdo, inútil, intenso, recurrente, repetitivo. Te has convertido, sin darte cuenta, en un dependiente psíquico. No puedes pensar, no puedes decidir; necesitas de otros para poder llevar una vida “normal”, con higiene, con rutina, con alimentación adecuada, con los cuidados más básicos.

Te dejó de importar tu cuidado personal, tu sentido de la vida hace tiempo. Lo que no entiendo es cómo empezó todo. No pareces tener deterioro cognitivo; tienes capacidades conservadas, puedes caminar y coordinar. Pero no puedes pensar con libertad; tu juicio y tu capacidad de decidir están secuestrados por ese maldito bucle de pensamiento que anula todas las demás capacidades. Es una y otra vez ese mismo pensamiento repetitivo, mortificador y que refleja la más profunda de las tristezas. Tu depresión se convirtió en obsesión. No lloras, no eres capaz de tener ni siquiera gesto de tristeza; solo piensas en la misma cosa una y otra vez.

Estás en constante introspección con un pensamiento que te doblega, que no te deja ser libre. ¿Cómo llegaste a este punto?

He intentado varias estrategias terapéuticas, primero con poesía y después con prosa, pero la mejoría que presentó inicialmente con la poesía fue tan breve… Intenté con Neruda, luego con Lorca, pero cuando llegué a Miguel Hernández presentó un cambio importante e incluso fue capaz de recitarme de memoria “Vientos del pueblo”. Su semblante se transformó, su postura corporal cambió, hasta llegó a sonreírme, y hablamos de la generación del 27, de sus preferencias literarias. Me prometió que hablaríamos mañana, que bajaría a cenar y que se sentía mejor.

Pero enseguida volvió mi paciente a sumergirse en ese “maldito pensamiento recurrente”.

Intenté otra estrategia: dejar de ver el síntoma y buscar a la persona que lo está sufriendo. En nuestras frecuentes entrevistas el paciente decía que nadie le veía. Y continuaba con su introspección en su mundo obsesivo.

Es fundamental ver al enfermo en su contexto para poder entender esta evolución de la enfermedad.

Estaba institucionalizado desde hacía mucho tiempo, circunstancia por la cual se cronifican los síntomas y se produce, a la vez, un empobrecimiento de sus capacidades cognitivas.

Otra condición es su grupo etario: anciano frágil mayor de 75 años, con una biografía muy dramática, que arrastraba esta cicatriz social. Su contexto era demoledor, destructor de cualquier “yo” en sentido metafórico.

Muchos factores desencadenantes, como son la edad y el contexto, iniciaron con el primer desahucio; en mi país, República Dominicana, se dice “desalojo”.

Lo perdió todo: la casa, su negocio y, por consecuencia, todos sus lazos afectivos, familia y amigos.

Era propietario de una pequeña librería de proximidad, un hombre culto, lector empedernido y coleccionista de libros de ediciones raras. Su negocio no pudo sobrevivir y el libro murió con él.

El contexto económico y social es un factor tan determinante para generar cuadros clínicos como otros componentes biológicos.

La quiebra y la ruptura de la persona con su representación social.

Está totalmente relacionado y demostrado que el contexto social es un factor determinante para el equilibrio y, por el contrario, para el desequilibrio mental.

El paciente, a posteriori de la pérdida de su domicilio, empezó a desprenderse de las capas de su personalidad. Fue un proceso lento. Llegó a vivir en la calle, permaneció más de un mes en un portal en plena calle. Se abandonó.

La soledad crónica y la falta de redes de apoyo familiares y sociales; cuando se carece de ellas, su situación psíquica colapsa.

Un día me dijo mi paciente: “Ya nadie me volvió a mirar como una persona. No se preocupe, que ya no tengo pensamientos de muerte porque ya estoy muerto”.

La muerte simbólica de la persona es una de las depresiones más raras y complejas de diagnosticar y controlar, y se denomina “síndrome de Cotard”, también conocido como “delirio de los muertos vivientes”.

Es “sentirse muerto”; es tan profunda su tristeza que ni con poesía se soluciona, aunque parezca increíble. Antes pensaba que era el recurso terapéutico más eficaz: la poesía.

Es una forma suave de explicar cómo las situaciones sociales son tan condicionantes en la generación de enfermedades mentales tan complejas.

Hoy en día, el lugar de nacimiento determina tu salud; así de determinante es el contexto social.

En un sistema social tan caníbal, que puede producir una afectación emocional tan profunda como la que describo.

El peso etiológico de lo social, al que todavía no le damos la importancia tan determinante que tiene y que debe ser tomado en cuenta en todas las estrategias de salud mental. ¿Ustedes han escuchado algo? Porque yo no.

Todos los planteamientos se centran única y exclusivamente en tratar el síntoma y en poner una gran etiqueta diagnóstica. Gran error.

El doctor Fernando Sánchez Martínez, psiquiatra dominicano, alumno del doctor Zaglul y exrector de la UASD, trabajó y promovió la salud mental comunitaria como parte fundamental de cualquier estrategia eficaz para la intervención en las comunidades, la descentralización sanitaria y muchos aspectos que se conjugan en la salud mental comunitaria, que es fundamental para ayudar a los enfermos mentales.

Lo social es causa directa de generar enfermedad. Cuando vemos desalojos y desahucios, las consecuencias morales y mentales son tan terribles como el cuadro clínico que he intentado describir con unas notas de novela poética.

Dejo esta pregunta para la reflexión:

“Toda estrategia de salud mental debe tomar en cuenta el contexto social”.

Clara Melanie Zaglul Zaiter

Doctora en Psiquiatría

Resido en Madrid de forma permanente desde 1999. Actualmente trabajo como Médica en la Consejería de Asuntos Sociales y Familia (COMUNIDAD AUTONOMA DE MADRID). Formada como Médica en UNIBE promoción 1996. Doctorada en Psiquiatría por la Universidad Complutense de Madrid 2001. Alumna del Doctor Juan José López Ibor y Juan Coullaut Jáuregui. Desde la Psiquiatría paso al estudio de la Demencia y el Deterioro Cognitivo Precoz. Experiencia profesional en el área de Demencias sector asistencial en grandes dependiente para las actividades básicas de la vida diaria por más de 20 años.

Ver más