El pasado 10 de septiembre era el día mundial para la prevención del suicidio. El establecimiento de esta fecha por la Organización Mundial de la Salud favorece a la visibilización del suicidio desde la mirada a : sus causas, problematización desde la salud mental y reducción del estigma que afecta a las víctimas y sus familias.  .

En el transcurso de este año, 2026, el Observatorio de Registro Civil de  la Junta Central Electoral (JCE) identifica un total de 284 suicidios entre enero y principios de septiembre, de los cuales el 87.68% son hombres (249 casos) y 12.32% mujeres (35 casos).

El predominio de los hombres como suicidas no solo en República Dominicana sino en casi toda América Latina (con porcentajes similares) indica un vínculo estrecho con la masculinidad. Apela a la mirada del fenómeno no solo como problema de salud pública sino cultural y estructural.

Refleja la existencia de factores causales en sociedades patriarcales en las que existe una lógica de educación e interacción que despoja a los hombres desde su niñez del reconocimiento y expresión de: dolor, tristeza, fragilidad, se les prohíbe pedir ayuda o asistencia y se les exige rigidez, ejercicio vertical del poder.

La Organización Mundial de la Salud indica que los hombres usan métodos más violentos y definitivos. No es casualidad: la cultura les enseña que, si van a actuar, deben hacerlo “con decisión”.

No es casualidad que los hombres usen métodos más violentos y definitivos. La cultura les enseña que, si van a actuar, deben hacerlo “con decisión”.

Diversos estudios como los de R. W. Connell (1995) y Matthew Gutmann (2007) evidencian que la masculinidad hegemónica en América Latina se construye sobre la negación de: fragilidad, llanto,  solicitud de asistencia-ayuda, se les obliga a resolver los problemas afectivos-emocionales en silencio sin mostrar vulnerabilidad,  esta última se convierte en una “traición” al símbolo machista del hombre.

Esa cadena de pautas culturales que traza el patriarcado genera lo que Nancy Scheper-Hughes (1992) llamó “sufrimiento social”: un dolor que se vive en silencio, se acumula y que, en ausencia de redes de apoyo, puede volverse destructivo desencadenando feminicidios y suicidios. Muchos casos de feminicidios en República Dominicana están acompañados de ambos.

En sociedades marcadas por el cristianismo —como República Dominicana y gran parte de América Latina— el suicidio no es solo un acto trágico: se considera un pecado. Desde Tomás de Aquino (1274), la doctrina cristiana sostiene que la vida es propiedad de Dios y que quitarse la vida es una transgresión moral.

Esa condena no solo afecta a quien muere, sino a quien sufre. Jean Améry (1976) describió cómo el tabú occidental convierte el suicidio en un acto vergonzoso, rodeado de silencio. En este contexto, los hombres cargan con una doble presión: deben ser fuertes y, además, deben evitar cualquier conducta que pueda interpretarse como debilidad moral.

La psiquiatría moderna heredó parte de esa moral. Junko Kitanaka (2012) explica que, en muchos países, el suicidio se sigue interpretando como falla individual, no como resultado del patriarcado.  .

Desde la perspectiva antropológica se indica (Foucault 1975) (Farmer 2004) que la cultura genera el suicidio, sus condiciones, silencios, presiones y narrativas que moldean la vida y la muerte.

Existen otros abordajes del suicidio en diferentes culturas. Ruth Benedict (1946) y Ohmuki-Tierney(1999) analizan el seppuku en Japón que fue durante siglos un acto de honor. Morir se entiende como una  decisión propia,  forma de responsabilidad, manera de preservar la dignidad o reparar una falta. En estos contextos, el suicidio masculino no se impregna de la estigmatización, sino que se entiende como parte de un código moral que no se mantiene en silencio ni se niega.

En sociedades cristianas, el suicidio masculino suele ser impulsivo, silencioso y cargado de culpa. En sociedades con tolerancia cultural, puede ser planificado, simbólico o incluso honorable.

El manejo del suicidio desde el silencio y el tabú ha generado obstáculos  para su prevención. Las prohibiciones son barreras al cambio social y al manejo transparente de la salud mental y emocional desde los ámbitos colectivos, educativos e individuales. Si la cultura define quién puede pedir ayuda y quién debe callar, entonces la prevención del suicidio no puede limitarse a campañas o líneas telefónicas. Requiere desmontar los mandatos de género que se establecen desde la cultura patriarcal y que niegan las identidades.

La prevención del suicidio requiere la articulación de cambios culturales en la masculinidad que favorezcan a una salud emocional con acompañamiento de redes y círculos de pares (hombres-mujeres) que ofrezcan apoyo y promuevan rupturas con el silencio, estigmas, presión social, violencia de género y tabúes que inciden en el fenómeno.

Tahira Vargas García

Antropóloga social

Doctorado en Antropología Social y Profesora Especializada en Educación Musical. Investigadora en estudios etnográficos y cualitativos en temas como: pobreza- marginación social, movimientos sociales, género, violencia, migración, juventud y parentesco. Ha realizado un total de 66 estudios y evaluaciones en diversos temas en República Dominicana, Africa, México y Cuba.

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