“¡Somos islas!”, escribió el poeta puertorriqueño Luis Lloréns Torres en su Canción de las Antillas. Las imaginó verdes, numerosas y antiguas, como fragmentos dispersos sobre el Caribe. Cuando exclamó “¡Somos viejas!”, hablaba de su origen geológico. Más de un siglo después, aquellas palabras adquieren otro significado.
Las Antillas están envejeciendo.
Una sociedad envejece no solo porque sus habitantes viven más, sino porque nacen menos niños y se marchan quienes podrían formar las familias del futuro.
No todas lo hacen al mismo ritmo. En 2022, las personas de 60 años o más superaban el 20% de la población en Guadalupe y Martinica. Entre 2014 y 2024, Aruba, Barbados, Guadalupe y Trinidad y Tobago cruzaron el umbral en que los mayores superan a los niños y adolescentes. Mirarlas por separado impide ver el mapa completo.
Durante décadas, en demografía, menos pareció ser más: menos embarazos adolescentes, menos muertes infantiles y menos hijos entre los cuales repartir los recursos de una familia.
La reducción de la natalidad acompañó transformaciones sociales profundas, entre ellas el mayor acceso de las mujeres a la educación y al trabajo.
Pero menos también puede terminar siendo demasiado poco.
Puerto Rico registra menos de un hijo por mujer. La isla ya conoce las consecuencias de combinar una natalidad extremadamente baja con la salida sostenida de población joven. Menos personas llegan al mercado laboral y contribuyen a los sistemas públicos de retiro, mientras crece la necesidad de cuidadores para los adultos mayores. No faltan solamente niños. Comienzan a faltar quienes deberán sostener al país durante las próximas décadas.
Cuba enfrenta otra expresión del fenómeno. Su fecundidad ronda 1.3 hijos por mujer, las defunciones superan los nacimientos y durante los últimos años emigraron miles de personas en edad reproductiva y productiva. La pérdida ocurre por partida doble: se reduce la generación que trabaja hoy y la que podría formar las familias de mañana.
La población de una isla puede disminuir por dos puertas: los niños que no nacen y los jóvenes que se marchan.
República Dominicana transita una etapa menos avanzada. Según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) divulgadas recientemente, su fecundidad pasó de 3.41 hijos por mujer en 1990 a 2.22 en 2024. Aún supera el promedio latinoamericano y caribeño, pero los nacimientos disminuyen.
Al otro lado de la frontera, Haití mantiene una población más joven y una fecundidad superior. Dos países que comparten una isla atraviesan momentos demográficos distintos. Esa diferencia no simplifica la migración ni borra sus tensiones históricas, económicas y políticas. Pero obliga a mirar más allá de la presión sobre la frontera, los servicios públicos o el empleo. Las sociedades que envejecen también necesitan trabajadores. Integración, formalidad laboral, derechos humanos y soberanía deberán pensarse antes de que el cambio sea ineludible.
La respuesta tampoco puede ser responsabilizar a las mujeres ni convertir la maternidad en una obligación patriótica. Las personas deben poder decidir si desean tener hijos, cuándo tenerlos y cuántos. La reducción del embarazo adolescente, las oportunidades educativas y laborales y el acceso a métodos anticonceptivos son conquistas que deben preservarse.
La pregunta correcta no es cómo convencer a las familias de tener más hijos, sino qué les impide tenerlos cuando sí los desean. Vivienda, empleo, cuidado infantil, horarios de trabajo y responsabilidades domésticas intervienen en esa decisión. Para muchas parejas, renunciar a un segundo hijo no responde a la ausencia del deseo, sino a la dificultad de incorporarlo a una vida que ya resulta costosa y exigente.
La CEPAL proyecta que para 2050 uno de cada cuatro habitantes de América Latina y el Caribe tendrá 60 años o más: unos 182 millones de personas. Al mismo tiempo, la caída de la natalidad reducirá la población en edad escolar en 38.3 millones. La región no solo envejece; también se estrecha su base.
Detrás de esas cifras aparecen preguntas concretas. ¿Quién pagará las pensiones? ¿Quién cuidará a nuestros viejos, es decir, a nosotros mismos dentro de algunos años? ¿Quién pagará impuestos, ocupará los puestos de trabajo y echará la región hacia adelante? La demografía rara vez produce una crisis de un día para otro, pero sus consecuencias se acumulan durante décadas.
República Dominicana cuenta con una ventana demográfica favorable. Tiene tiempo para elevar la productividad, fortalecer las pensiones, organizar sistemas de cuidado y crear condiciones que permitan formar una familia sin convertirla en un privilegio económico. Puede, además, construir una política migratoria que no nazca de la improvisación ni ignore la estructura futura de su población.
Las Antillas de Lloréns Torres eran viejas por su origen geológico. Las de hoy envejecen porque vivimos más, nacen menos niños y muchos jóvenes hacen las maletas. Seguimos siendo muchas islas. Pero el futuro demográfico de ninguna se detiene en sus costas.
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