Existe una máxima popular, profundamente arraigada en el imaginario colectivo, según la cual «más vale prevenir que lamentar». En el ámbito de la salud esto se ha traducido históricamente en la búsqueda incisiva de la enfermedad antes de que esta manifieste sus primeros síntomas.

La lógica parece perfecta: si detectamos un problema a tiempo, las probabilidades de éxito aumentan. Bajo esta premisa, los programas de tamizaje o screening, aquellas pruebas biológicas, analíticas y de imágenes que se aplican a poblaciones aparentemente sanas, han salvado incontables vidas en las últimas décadas. Sin embargo, en la medicina contemporánea, la línea que separa la prevención legítima del exceso intervencionista se ha vuelto peligrosamente delgada. Hoy nos enfrentamos a una oferta desmedida de procedimientos diagnósticos que, lejos de proteger al ciudadano, están mercantilizando el miedo, inflando los costos sanitarios y, paradójicamente, poniendo en riesgo la integridad física y mental de las personas.

La raíz de este fenómeno no es estrictamente científica, sino, en gran medida, comercial. La salud se ha transformado en un bien de consumo masivo. Es habitual encender el televisor, abrir una red social o caminar por las calles y encontrar anuncios que promocionan «paquetes ejecutivos de revisión», «chequeos preventivos totales» o análisis de sangre que prometen evaluar el cuerpo en busca de cualquier anomalía. Este marketing agresivo opera bajo el principio del miedo: vende la ilusión de control absoluto sobre la incertidumbre de la biología humana.

No obstante, el cuerpo no es una máquina que requiera un mantenimiento estandarizado en serie. Al lanzar redes tan gruesas sobre la población general, la probabilidad de atrapar «falsos positivos» o hallazgos irrelevantes, los llamados incidentalomas, se multiplica exponencialmente. La publicidad médica actual rara vez menciona las letras pequeñas de estos contratos preventivos: que una prueba innecesaria puede ser el primer paso hacia un calvario médico.

La literatura científica internacional ya ha encendido las alarmas sobre el impacto de estas prácticas masivas a través de ejemplos muy claros. Uno de los más evidentes ocurre con la indicación indiscriminada de mamografías en mujeres de bajo riesgo (menores de 40 años, según las guías internacionales). A esta edad, el tejido mamario es más denso, lo que reduce la precisión del estudio y multiplica los falsos positivos. Un escenario similar se observa con el uso desmedido del Antígeno Prostático Específico (PSA) en hombres mayores sin síntomas. La prueba suele detectar tumores de crecimiento tan lento que jamás habrían causado daño, pero que terminan abordándose de manera radical. Asimismo, las tomografías de cuerpo completo ofrecidas comercialmente suelen descubrir pequeños nódulos benignos en la tiroides o los pulmones que, de no haberse buscado, nunca habrían afectado al paciente.

Al descubrir cualquiera de estas anomalías inofensivas, se activa de inmediato lo que en medicina se conoce como la «cascada diagnóstica». Un valor ligeramente fuera de rango en la analítica o una pequeña sombra asintomática en una imagen obligan al profesional a seguir investigando para descartar el peor escenario. Lo que comenzó como chequeo de rutina por iniciativa propia se convierte rápidamente en una sucesión de ecografías, resonancias magnéticas, endoscopias o, en el peor de los casos, biopsia o cateterismo. Cada uno de estos escalones añade un riesgo real de complicaciones físicas, como infecciones, hemorragias o perforaciones orgánicas. El paciente, que entró a la clínica sintiéndose perfectamente sano, se encuentra de pronto atrapado en un laberinto de intervenciones para resolver un problema que, muy probablemente, jamás le habría causado síntomas ni acortado la vida.

El daño de este enfoque hiperpreventivo no es solo orgánico, pues también tiene un impacto psicológico. El proceso que se espera de un diagnóstico, el estigma de ser etiquetado como «enfermo potencial» y la angustia de la incertidumbre alteran profundamente la calidad de vida de las personas. La ansiedad médica es una epidemia silenciosa alimentada por el sobre diagnóstico. Una persona sana a la que se le diagnóstica de forma precoz un tumor indolente se convierte instantáneamente en un paciente oncológico crónico.  El sufrimiento emocional derivado de este etiquetamiento innecesario, sumado a los efectos secundarios de tratamientos agresivos como la cirugía o la quimioterapia para condiciones sobretratadas, representa un fracaso de la premisa fundamental de la medicina: primun non nocere (lo primero es no hacer daño).

A este escenario de vulnerabilidad humana se le añade una crisis financiera insostenible. La oferta desmedida de tamizajes incrementa los costos de salud de manera injustificada, golpeando tanto el bolsillo del ciudadano como las arcas de los sistemas públicos y privados. En la medicina privada, los recursos familiares se la juegan en exámenes redundantes que no aportan valor real a la expectativa de vida. En el sector público, el impacto es aún más grave en términos de equidad y salud colectiva. El tiempo de los especialistas, el uso de quirófanos y el presupuesto asignado a procesar miles de pruebas innecesarias para personas sanas se restan directamente de la atención de aquellos pacientes que ya están enfermos y que enfrentan largas listas de espera para procedimientos urgentes. El despilfarro en el tamizaje de bajo valor es una de las mayores fuentes de ineficiencia sanitaria global.

Para revertir esta tendencia, es urgente devolver al acto médico su herramienta más poderosa, económica y humana: la historia clínica. La medicina moderna ha relegado la anamnesis y la exploración física en favor de la tecnología, un error metodológico que debe enmendarse. No existen pruebas de tamizaje universales que sirvan para todos por igual. La prescripción de cualquier estudio preventivo debe basarse estrictamente en el perfil de riesgo individual de cada paciente, construido a través de una evaluación minuciosa de sus antecedentes familiares, sus hábitos de vida, su edad y sus comorbilidades. El médico de primer contacto debe recuperar su rol de filtro y consejero, explicando con honestidad que, a veces, la mejor intervención es la no intervención.

Asimismo, es imperativo establecer una regulación estricta sobre el marketing de los servicios de salud. Así como existen normativas de prescripción, los paquetes de tamizaje comercial no deberían anunciarse de forma masiva como si fueran productos de supermercados. Las campañas informativas institucionales deben educar a la población para desmitificar la idea de que «hacerse estudios por si acaso» es siempre una práctica saludable. La transparencia respecto a los riesgos de los falsos positivos y del sobrediagnóstico debe ser obligación legal y ética para cualquier proveedor de servicios diagnósticos.

Finalmente, la transformación más profunda debe ocurrir en las aulas de las facultades de medicina y en los comités de educación médica continua. Es vital formar a los profesionales de la salud en concepto de prevención cuaternaria: el deber moral de proteger al paciente de los excesos de la propia medicina. El éxito de un clínico no debe medirse por el volumen de órdenes de laboratorio que firma, sino por su capacidad para tomar decisiones juiciosas y fundamentadas en la evidencia científica.

Debemos transitar de una medicina defensiva y comercial a una medicina de la prudencia. Solo devolviendo la sensatez a los criterios de tamizaje podremos garantizar un sistema de salud que sea financieramente sostenible, éticamente intachable y, por encima de todo, verdaderamente seguro para los seres humanos que confían en él.

Nelson Rodríguez Monegro

Médico

Médico. Fue Director del Servicio Nacional de Salud, y fue Viceministro de de Salud Pública.

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