Margot no salió en buenos términos a la calle. El fin de semana había sido complicado y conflictivo. La energía se le fue, a pesar de que la factura llegó muy alta, casi el doble de la del mes pasado. Del colegio le entregaron la lista de útiles de los niños y le informaron de un aumento del 10 % en la tarifa. Además, se peleó con el padre de sus dos hijos, porque él no quería aumentar la manutención, a pesar de saber lo que cuesta mantener a esos “dragones”. El supermercado volvió a convertirse en la casa del terror y la gasolina sigue presionando el presupuesto familiar.

Pero Margot tuvo algo adicional, como pimienta en los ojos, la batalla del tránsito. La imprudencia de los conductores, la prisa de los motoristas, el ruido, los tapones, las bocinas y la falta de empatía y cordialidad en el trato entre personas normales. Todo parecía llevarla al borde del colapso. Una acumulación de pequeñas frustraciones que alimentan la intolerancia y pueden convertir cualquier incidente cotidiano en un conflicto.

Sí, es cierto que los homicidios están bajando en República Dominicana. La tasa general ha mostrado una tendencia favorable. Pero esto no significa que hayamos resuelto el problema de la violencia. Una parte muy importante de los homicidios continúa vinculada a riñas, disputas y conflictos sociales, lo que nos obliga a mirar más allá del atraco, el robo o el crimen organizado.

Los datos oficiales han mostrado que más de la mitad de los homicidios pueden estar relacionados con conflictos sociales. En 2024, por ejemplo, el Ministerio de Interior y Policía informó que alrededor del 54 % de los homicidios estuvo relacionado con conflictos como disputas, deudas, problemas de convivencia, música alta o parqueos. En 2025, las autoridades continuaron señalando la conflictividad social como uno de los principales componentes de los homicidios.

A mí, en lo particular, me preocupa que nuestros políticos no siempre tengan la mejor comprensión de cómo se originan los problemas sociales que prometen resolver. Falta sentido común, pero también falta planeación estratégica fundamentada en la realidad, capaz de identificar las causas, establecer prioridades y diseñar acciones, procesos y tareas para reducir o eliminar los males que enferman a la sociedad.

La seguridad ciudadana no puede medirse únicamente por la cantidad de atracos. Una sociedad también se vuelve insegura cuando sus ciudadanos pierden la capacidad de controlar sus emociones, dialogar, respetar al otro y resolver pacíficamente sus diferencias.

Y aquí aparece una paradoja que debemos analizar. Podemos tener menos homicidios y, al mismo tiempo, mantener una sociedad altamente preocupada por la inseguridad.

II ¿Por qué preocupa tanto la seguridad?

Primera: la violencia es imprevisible.

El ciudadano no sabe dónde comienza el peligro. La amenaza puede provenir de un delincuente, pero también de una persona común con la que acaba de discutir; de un vecino, de una pareja, de un compañero de trabajo o de un motorista o conductor que cometió una infracción y reaccionó violentamente.

Segunda: existe una enorme exposición.

Millones de personas están diariamente en las calles, en el transporte público, en motocicletas, vehículos privados, comercios y espacios públicos. Todos interactuamos permanentemente y, muchas veces, lo hacemos bajo presión, estrés, cansancio y necesidades económicas, con poca educación para la convivencia y escasa amabilidad en el trato.

Tercera: la información multiplica la percepción del riesgo.

Antes una persona podía enterarse de un homicidio ocurrido en otra ciudad al día siguiente. Hoy puede recibir el video del hecho en cuestión de minutos. Y muchas veces recibe imágenes editadas, descontextualizadas o presentadas de manera sensacionalista para obtener más visualizaciones. La violencia, por tanto, no solamente ocurre: se reproduce miles de veces en nuestros teléfonos.

Cuarta: existe temor frente a la respuesta institucional.

La inseguridad no depende solamente de cuántos delitos ocurren, sino también de cuánto confía la ciudadanía en que la Policía, el Ministerio Público y los tribunales podrán responder eficazmente. Cuando la población percibe que la respuesta depende de quién sea el involucrado, de su importancia o de sus relaciones, la sensación de inseguridad aumenta.

Quinta: la violencia interpersonal toca la vida cotidiana.

No necesitamos vivir en un barrio dominado por delincuentes para experimentar conflictos. Basta una discusión familiar, un problema entre vecinos, una disputa comercial, una deuda, un parqueo, una música alta o un incidente de tránsito. Súmele la presión económica, el estrés, el consumo de alcohol, la disponibilidad de armas y la pérdida de capacidad para manejar adecuadamente las diferencias.

Ahí comienza a aparecer una realidad que debemos estudiar con mayor profundidad.

Los datos permiten plantear que República Dominicana tiene dos problemas distintos que muchas veces metemos dentro de una misma palabra: inseguridad.

Inseguridad criminal: robos, atracos, asaltos, narcotráfico, armas, bandas y otros delitos asociados a la criminalidad.

Inseguridad social: intolerancia, riñas, conflictos personales, violencia familiar, disputas entre vecinos y conflictos originados en el tránsito.

Y esta segunda puede estar teniendo un peso mucho mayor del que normalmente percibimos.

Por eso debemos comenzar a estudiar algo que todavía no tenemos suficientemente medido: cuántas riñas y homicidios comienzan en el tránsito. Un roce entre vehículos, una maniobra imprudente, un adelantamiento, una discusión por un parqueo o simplemente una bocina pueden convertirse en una confrontación. No estamos hablando aquí de accidentes de tránsito, sino de violencia interpersonal originada por conflictos de tránsito.

Si más de la mitad de los homicidios está relacionada con conflictos sociales, mientras la tasa general de homicidios continúa descendiendo, el próximo gran desafío de la seguridad ciudadana debería ser cómo reducir la violencia que nace de la convivencia cotidiana, porque al dominicano no solamente tiene miedo al delincuente; comienza a tener miedo de la reacción del otro.

Y esto cambia el concepto tradicional de seguridad ciudadana.

Ya no se trata únicamente de poner más policías en las calles. Se trata también de recuperar la capacidad de la sociedad para resolver pacíficamente sus conflictos.

Por eso, seguridad ciudadana, educación cívica, familia, tránsito, consumo de alcohol, armas, pérdida de autoridad, intolerancia social y manejo de conflictos deben formar parte de una misma agenda.

Esa agenda corresponde especialmente a nuestros líderes políticos, porque son ellos quienes tienen la responsabilidad de diseñar las políticas públicas. Pero para diseñarlas correctamente primero tienen que comprender las causas reales de los problemas. No basta con perseguir las consecuencias. Hay que actuar sobre las causas.

Y mientras Margot conduce hacia su trabajo, después de haber acumulado todas las frustraciones de su vida cotidiana, basta que alguien le cierre el paso, le toque la bocina o le quite un estacionamiento para que toda esa presión encuentre un punto de descarga.

Osiris Mota

Político

Soy Administrador, cooperativista, cofundador de Seguros Reservas, del Centro Asistencial del Automovilista y de Coop. Mano Solidaria, Consulto de Seguros ...

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