El periódico El País de España, en su edición del 14 de diciembre de 2025, a través de la opinión de 35 personas (periodistas, filósofos y científicos), escogió a los 10 pensadores tecnológicos más influyentes del mundo. Entre estos seleccionados se encuentran varios pensadores del ámbito de la filosofía: Shoshana Zuboff, Byung-Chul Han, Luciano Floridi y el filósofo francés Eric Sadin, quien es quizá el filósofo al que en raras ocasiones me he referido, ya que los demás filósofos desde hace tiempo atraviesan partes de mis reflexiones filosóficas.

Una de las obras fundamentales de Sadin: La inteligencia artificial o el desarrollo del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical (2020), aborda una crítica a la supuesta singularidad tecnológica asociada a la aparición de una superinteligencia y a la fusión entre el cerebro humano y los procesadores; dado que lo que realmente se está produciendo es una singularidad antropológica que transforma radicalmente la concepción de lo humano, ya que este proceso implica una redefinición profunda del estatus, las capacidades y los derechos del ser humano, así como de las condiciones que históricamente han sustentado la libertad y la realización personal.

Por consiguiente, la IA (…) «sus campos de aplicación, los intereses involucrados, la amplitud confesa, tanto como probable, de sus efectos, representan unas de las cuestiones civilizatorias y filosóficas más importantes de nuestro tiempo, sino tal vez la cuestión principal» (Sadin, 2020, p.34).

Esas implicaciones y esos efectos de la IA en el plano social, político y económico no han sido analizados con la profundidad teórica que exigen los dilemas que plantea, lo cual vuelve necesario interrogar críticamente el modo en que estas tecnologías se integran en las estructuras sociales del cibermundo, dado que su desarrollo no es neutro ni meramente técnico. Las decisiones tomadas por los sistemas algorítmicos pueden afectar la autonomía humana y modificar las nociones tradicionales de responsabilidad, libertad y acción ética, por lo que resulta imprescindible promover un debate filosófico riguroso que permita establecer límites y criterios orientados a preservar la dignidad humana y el bien común.

La inteligencia exclusivamente desde un paradigma cibernético supone adoptar una visión limitada, ya que desconoce la riqueza de la experiencia multisensorial que caracteriza a la inteligencia humana, intrínsecamente ligada al cuerpo y a su interacción afectiva con el entorno.

Una de las principales limitaciones del enfoque computacional de la IA radica en su falta de corporeidad. Las arquitecturas computacionales son máquinas de cálculo que operan sobre flujos de información abstracta, lo que implica la ausencia de un cuerpo físico a través del cual experimentar el mundo de un modo situado y sensible, como lo hacen los seres humanos.

Por lo tanto, estos dispositivos cibernéticos nunca estarán transidos, ya que no poseen una existencia biopsicosocial. Su funcionamiento se basa exclusivamente en la integración de hardware, software y conectividad para la gestión de información de manera sistemática. Esta condición les permite interactuar entre sí, con otros sistemas y con su entorno en ámbitos digitales y ciberfísicos, sin experimentar procesos subjetivos, emocionales o sociales propios de los seres humanos.

A esta carencia se suma una reducción de la realidad. Incluso cuando estos sistemas interactúan con el entorno mediante sensores, lo real es traducido a códigos binarios. Dicho proceso conlleva una simplificación que deja fuera múltiples dimensiones de la experiencia, emocionales, sensoriales y contextuales, cuya complejidad no puede ser plenamente capturada por una modelización matemática. La inteligencia exclusivamente desde un paradigma cibernético supone adoptar una visión limitada, ya que desconoce la riqueza de la experiencia multisensorial que caracteriza a la inteligencia humana, intrínsecamente ligada al cuerpo y a su interacción afectiva con el entorno.

Desde una postura crítica, Sadin (2020) sostiene que es un error concebir la IA como un reflejo de la inteligencia humana, ya que ambas apenas guardan similitud. Por un lado, las arquitecturas de estos dispositivos cibernéticos carecen de corporalidad y operan únicamente como sistemas de cálculo dedicados al procesamiento de información abstracta. Por otro, incluso cuando se vinculan al mundo mediante sensores, solo logran traducir ciertos aspectos de la realidad en códigos binarios, dejando fuera múltiples dimensiones sensibles que la experiencia humana sí puede percibir y que no son reducibles a una modelización matemática.

No obstante, pese a estas limitaciones, en la práctica social del cibermundo se advierte una expansión sostenida de lo parasocial, entendida como la tendencia a establecer vínculos afectivos y de aparente cercanía con estos dispositivos cibernéticos, como los chatbots, entre ellos ChatGPT, Google Gemini y Microsoft Copilot. Estos vínculos, lejos de constituir relaciones recíprocas, se configuran como interacciones unilaterales que pueden generar una ilusión de intimidad y acompañamiento. El Diccionario de Cambridge eligió término parasocial como la palabra del año 2025, subrayando así su impacto social y cultural en el cibermundo.

De ahí que Sadin (ibid.,2020) advierta que la inteligencia ha sido pensada de manera “trunca, restringida y sesgada de lo que supone el proceso de la inteligencia”, al separarla de su tensión con una aprehensión multisensorial y no sistematizable del entorno. Desde esta perspectiva, las relaciones parasociales pueden entenderse como vínculos que reducen la experiencia del otro al eliminar la presencia y la reciprocidad, dando lugar a una forma empobrecida de relación.

Esta reducción de la inteligencia a un esquema técnico y automatizable no solo empobrece su comprensión, sino que también favorece una relación parasocial con los sistemas tecnológicos, en la que se proyectan capacidades humanas sobre entidades que carecen de experiencia vivida. Al sustituir la interacción situada y multisensorial por vínculos mediatos y simulados, se consolida una concepción de la inteligencia desligada del cuerpo, del conflicto y de la alteridad real, reforzando así una ilusión de comprensión que es, en última instancia, abstracta y deshumanizada.

Por lo que la IA no piensa ni entiende: funciona como un mecanismo de cálculo extremadamente complejo que imita el lenguaje sin habitarlo. Lo que produce suena a discurso, pero no nace de una experiencia, mucho menos de una intención o de una conciencia, aunque sí de operaciones formales. El problema no es su potencia como dispositivo inteligente cargado de algoritmos; es la tendencia a atribuirle cualidades humanas. Al hacerlo, se corre el riesgo de confundir fluidez con comprensión y de rebajar el sentido mismo de lo que significa pensar. Reconocer este límite no desvaloriza a la IA, sino que protege la singularidad de la inteligencia humana.

La cuestión decisiva no reside en la potencia cibernética de las máquinas, sino en el tipo de relación que establecemos con ellas. En estos tiempos cibernéticos, estas relaciones adoptan con frecuencia una forma parasocial, basada en una virtualidad emocional pura: vínculos de apego dirigidos hacia sujetos cibernéticos o mediatizados que existen únicamente en el plano representacional y son percibidos exclusivamente a través de pantallas, como ocurre paradigmáticamente con la figura del influencer o con las interfaces conversacionales automatizadas.

En este tipo de relación, el sujeto cibernético proyecta cercanía, intimidad y afecto sobre una figura que no lo conoce ni se vincula con él de manera recíproca. Sin embargo, dicha figura simula una presencia constante mediante gestos, palabras, respuestas personalizadas y narrativas de aparente autenticidad. El lazo no se funda en una experiencia compartida ni en una interacción simétrica, sino en una ilusión de conexión sostenida por algoritmos, repetición visual y consumo emocional, donde el apego es real para quien observa, aunque el vínculo sea unilateral, mediado y virtual.

Esta lógica parasocial se profundiza cuando el lenguaje es simulado y devuelto como si fuera comprensión. En ese momento se introduce una mediación técnica que debilita la experiencia del pensar: el discurso ya no nace de la conciencia ni de la deliberación propia, sino que se recibe elaborado, optimizado y listo para ser consumido. Con ello, se atenúa la responsabilidad discursiva del sujeto frente a lo que dice, siente y decide, produciendo la ilusión de que pensar, interpretar y crear dejan de ser actos necesarios para convertirse en opciones prescindibles delegables en la máquina.

En este sentido, como afirma Sadin (2020), el desarrollo de la inteligencia artificial en los entornos cibernéticos actuales prolonga de manera directa el proyecto de la cibernética, en tanto consolida sistemas capaces de regular, anticipar y corregir la acción mediante circuitos de retroalimentación automatizada. Desde esta perspectiva, los dispositivos algorítmicos no solo procesan información, sino que instauran una racionalidad cibernética orientada al control continuo de los comportamientos y de los entornos. Esta racionalidad crea las condiciones técnicas y simbólicas para la proliferación de relaciones parasociales, en las que la interacción humana es progresivamente sustituida por formas de acompañamiento artificial que gobiernan la percepción, la decisión y la acción, desplazando de manera silenciosa la intervención reflexiva del sujeto en la vida social.

Para sostener este discurso filosófico, Sadin parte de la importancia que tiene la cibernética en todo este enfoque de la IA, ya que analiza el surgimiento de la cibernética como un proyecto marcado por una ambición totalizante que va desde las conferencias Macy (1946–1953), hasta el encuentro de Dartmouth en 1956, cuando se buscó reducir el funcionamiento de la mente humana a esquemas formales susceptibles de ser reproducidos mecánicamente. Tal proyecto se apoyaba en una concepción instrumental del ser humano y de lo social, al suponer que la imitación funcional del cerebro mediante sistemas abiertos, regidos por el principio de input y output y dotados de órganos efectores, permitiría no solo igualar las capacidades intelectuales humanas, sino también garantizar una organización racional y estable de la sociedad

Andrés Merejo

Filósofo

PhD en Filosofía. Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).. En 2015, fue designado Embajador Literario en el Día del Desfile Dominicano, de la ciudad de Nueva York. Autor de varias obras: La vida Americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012). La era del cibermundo (2015). La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017). Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023). Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Director del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT).

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