Adquirir una hermosa casa, descubrir que se padece de cáncer, casarse con la persona amada o perder a un ser querido, aunque son muy diferentes tienen un elemento en común: provocan en nosotros intensas emociones. Gracias a eso, dirigimos nuestras vidas en una u otra dirección, buscando generar las emociones que más nos agraden.
Las emociones son el motor de nuestras vidas, lo que hacemos o dejamos de hacer, depende directamente de ellas. Tenemos archivados registros cerebrales de las vivencias que nos provocaron emociones y en base a ellas, dirigimos nuestra existencia.
Pero las experiencias no se correlacionan de manera exacta con las emociones que viviremos. La aparición de una serpiente venenosa puede provocar emociones muy diferentes dependiendo de quien la encuentre; podría motivar: terror, curiosidad, interés científico o preocupación. Incluso alguien con días sin comer podría alegrarse y considerarla como alimento.
Dos hermanos adultos que hayan padecido abuso infantil, uno tal vez presente trastornos mentales severos o repetir la misma conducta con sus hijos, mientras el otro podría superarse y crear una fundación que proporcione protección a los niños abusados. Igual trauma, muy diferente impacto personal y consecuencias.
La vida en la que sólo se presentan experiencias agradables solamente existe en las mentes de personas inmaduras. La madurez permite comprender la existencia de forma realista, con experiencias tanto satisfactorias como desagradables.
Cuanto antes asimilemos la idea de que hagamos lo que hagamos, tendremos buenos y malos momentos, mejoraremos nuestra salud mental. Ciertamente gracias a nuestras acciones, tal vez podríamos inclinar la balanza para que predominen las experiencias positivas en nuestras vidas.
Podríamos pensar: si de todas formas tendremos enfermedades, críticas, decepciones, pérdidas materiales, de seres queridos y hasta de nuestra vida, entonces, ¿qué importancia tiene que nos esforcemos?
Desde niños se nos enseñó que dependiendo del tipo de decisiones y actuaciones que tengamos en nuestras vidas, conoceríamos el cielo o el infierno.
Pero no solamente tenemos cierto poder de modificar las experiencias que viviremos. También podemos trabajar en el impacto que esas experiencias nos producirán.
Es muy probable que, si mis padres viven, mueran antes que yo y que los vea morir. Pero puedo aprovechar al máximo mi presente con ellos, no posponer conversaciones necesarias, decirles lo importante que son en mi vida y apoyarlos de la mejor forma posible. Si así lo hiciera, el momento de la separación sería más tolerable.
Al controlar el impacto personal que nos producen los hechos que vivimos estamos incrementando nuestra resiliencia. No siempre podremos impedir las emociones desagradables, pero podríamos impedir que nos destruyan.
Cuando vayas a hacer algo importante y que requiera que utilices lo mejor de ti para lograrlo, suele ser normal que tengas temor, ansiedad y dudas. Esas emociones pueden impedir que logres los mejores resultados posibles, a no ser que puedas controlarlas.
Muchas personas no han triunfado, no necesariamente porque carezcan de las cualidades para hacerlo, sino porque las emociones que se les presentan al momento de asumir un reto son tan intensas, que sienten que las ahogan y las paralizan; teniendo que conformarse con ver triunfar a personas menos capacitadas que ellas, pero con mejor control emocional.
El tormento que te producen las experiencias que consideras negativas, no se manifiesta en donde ellas se encuentran, sino en tu interior. No tengo mucho control sobre los insultos o críticas que puedan hacerme, pero debo desarrollar la capacidad de no permitir que me destruyan.
Los padres sufrimos mucho por los errores y las penas de nuestros hijos, siendo importante que recordemos que nuestras vidas y las de ellos no son una misma cosa y que podemos darles cierto apoyo, pero no vivir sus vidas, aunque queramos. Orientarlos para que lleven sus cargas, pero no pretender nosotros llevarlas.
El abandono por parte de la pareja duele más cuando pone en duda el propio valor personal. En la mayoría de los casos, la infidelidad no habla de la falta de valor del traicionado, sino de las decisiones y conflictos no resueltos de quien traiciona.
Para una mujer, el dolor físico de una bofetada es insignificante comparado con el dolor del parto, pero el primero podría hacerla sentirse humillada y el segundo, conlleva mucho sentido y satisfacción.
Seguramente recordarás ocasiones, en que tus emociones han bloqueado tu inteligencia y tal vez reconociste las consecuencias reales o potenciales que tuvieron tus actos. Imagina por un momento, cómo sería tu vida si tu inteligencia controlara tus emociones con mayor frecuencia. Tu calidad de vida mejoraría sustancialmente. Es importante que descubras que eso es posible. Requiere entrenamiento, pero es posible.
Referencias
- Kabat-Zinn, J. (2013). Mindfulness para principiantes: Recuperar el momento presente. Editorial Kairós.
- Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1984). Stress, appraisal, and coping. Springer Publishing Company.
- Gross, J. J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry, 26(1), 1–26. https://doi.org/10.1080/1047840X.2014.940781
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