La política dominicana ha comenzado a desplazarse hacia un terreno mucho más emocional que ideológico. Los partidos tradicionales todavía conservan estructuras, recursos y capacidad territorial, pero ya no controlan completamente la conversación pública. El elector joven consume política desde otros códigos, desde plataformas digitales donde la velocidad importa más que la reflexión y donde la indignación suele imponerse sobre el análisis; ese cambio explica buena parte del escenario que vive hoy el país.

Las más recientes mediciones de opinión pública colocan a Omar Fernández como una de las figuras políticas de mayor crecimiento nacional. La encuesta Gallup–Diario Libre divulgada la semana pasada le atribuye alrededor de un 54 % de valoración positiva, incluso por encima de Leonel Fernández en percepción favorable y con menores niveles de rechazo. El dato resulta importante porque las democracias modernas ya no se mueven únicamente desde la fidelidad partidaria; sino desde emociones, percepciones y niveles de desgaste.

Omar parece haber entendido algo que gran parte del liderazgo tradicional aun no comprende: las nuevas generaciones no responden igual al discurso político clásico; ellas buscan cercanía, agilidad comunicacional y figuras menos atrapadas en la solemnidad del viejo lenguaje partidario; ahí radica buena parte de su ventaja frente a otros proyectos emergentes; sin embargo, el fenómeno no ocurre únicamente dentro de la Fuerza del Pueblo.

En el oficialismo también se desarrolla una lucha silenciosa por el futuro del poder. David Collado es probablemente la figura de mayor valoración pública dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Su gestión en Turismo le ha permitido proyectar eficiencia y pragmatismo, cualidades que conectan bien con sectores urbanos, empresariales y jóvenes profesionales. Carolina Mejía, por su parte, ha consolidado un liderazgo importante desde el Distrito Nacional, apoyada además en un elemento político que no puede ignorarse: el respaldo absoluto de Hipólito Mejía; lo que constituye una diferencia fundamental respecto al caso de Omar y Leonel.

Hipólito parece haber entendido que los liderazgos envejecen, que los ciclos políticos terminan y que el relevo no puede construirse desde la mezquindad del caudillo que se resiste a abandonar el escenario. En vez de competir con el crecimiento de su hija, ha decidido impulsarlo sin reservas; le ha transferido estructura, experiencia, operadores políticos y legitimidad acumulada durante décadas. Ha actuado más como arquitecto de la transición que como obstáculo del ascenso de una nueva generación.

En la Fuerza del Pueblo el panorama luce más complejo. Leonel Fernández continúa siendo una figura de enorme capacidad intelectual y experiencia de Estado, probablemente uno de los políticos más preparados de las últimas décadas; pero precisamente ahí aparece el drama de muchos liderazgos históricos latinoamericanos: la dificultad para reconocer cuándo el pasado comienza a convertirse en límite para el futuro. Una parte importante del electorado percibe que Omar representa hoy el proyecto electoral más competitivo de ese espacio político; el problema es que las estructuras levantadas alrededor de grandes liderazgos rara vez administran con facilidad el momento del relevo. El poder también desarrolla mecanismos de supervivencia.

Mientras tanto, el gobierno enfrenta un desgaste evidente. El PRM llegó al poder prometiendo transformación institucional, transparencia y ruptura con las prácticas tradicionales que durante años criticó desde la oposición. Parte importante de esas expectativas se ha ido desmoronando bajo el peso de la realidad cotidiana, el alto costo de vida, la inseguridad, el deterioro de servicios y la sensación creciente de que muchas promesas terminaron reducidas a narrativa electoral. Ese desgaste ha abierto un espacio particularmente peligroso: el crecimiento del desencanto político y la rabia social.

Cuando una sociedad comienza a perder confianza simultáneamente en gobierno, oposición, partidos e instituciones, surgen figuras que intentan capitalizar el enojo colectivo desde la antipolítica y el resentimiento permanente. En este punto entra el fenómeno Santiago Matías. Durante muchos años, sectores minimizaron el alcance de Alofoke creyendo que se trataba únicamente de entretenimiento agresivo para redes sociales; ese análisis ya resulta ingenuo. Lo que existe hoy es una estructura de comunicación con enorme capacidad de influencia política sobre sectores jóvenes frustrados, emocionalmente agotados y profundamente desconectados de los mecanismos tradicionales de representación democrática.

El problema no es la crítica al sistema político; esta resulta necesaria y constituye parte esencial del juego democrático. El problema comienza cuando el discurso público se construye desde la demolición absoluta de toda institucionalidad; apuntando al desprecio hacia las leyes y desde un lenguaje incendiario que juega constantemente con la humillación pública, el odio verbal y la legitimación simbólica de la violencia. Eso tiene consecuencias concretas. Las sociedades cansadas suelen convertirse en terreno fértil para falsos redentores que convierten la frustración colectiva en espectáculo político. El insulto produce audiencia; la agresividad genera viralidad; la desobediencia comienza a venderse como valentía. Poco a poco se instala la idea de que toda institución merece desprecio, toda norma representa una traba y que toda forma de autoridad debe ser ignorada.

La historia demuestra que esos procesos rara vez terminan fortaleciendo las democracias y por el contrario, generalmente terminan degradándolas. Resulta particularmente peligroso cuando ese discurso impacta sobre una población golpeada por dificultades económicas, precariedad laboral y pérdida de confianza en el ascenso social. En esas circunstancias, la confrontación permanente puede comenzar a percibirse como una forma legítima de acción política.

Ante esta situación el país y muy particularmente, las fuerzas que generan equilibrio social deben encender las alarmas. Ninguna democracia seria puede normalizar discursos que coquetean irresponsablemente con el desprecio a las leyes, con la exaltación de la agresividad social y con la destrucción sistemática de toda credibilidad institucional. Mucho menos cuando esas narrativas son administradas desde plataformas digitales con enorme capacidad de manipulación emocional sobre millones de personas.

Debe llamar a la atención de todos la opacidad que rodea estos fenómenos contemporáneos de influencia política. Las grandes plataformas digitales requieren recursos enormes, redes de protección y estructuras de financiamiento complejas. Toda sociedad democrática madura debería preguntarse quién financia realmente esos aparatos de comunicación política y bajo cuáles intereses operan los mismos; dicho de otro modo, debemos preguntarnos quién mueve los hilos del poder en estos medios masivos y con cuáles intereses ocultos lo hacen. No hacerlo sería una irresponsabilidad histórica.

La República Dominicana necesita renovación política; figuras emergentes; ideas creativas y una dirigencia capaz de reconectarse con la ciudadanía real y ofrecer respuestas a las necesidades sociales más elementales. Pero una cosa es renovar el sistema y otra muy distinta incendiarlo desde la rabia colectiva, el resentimiento digital y la antipolítica convertida en entretenimiento masivo. Las democracias no suelen derrumbarse de golpe; empiezan a erosionarse cuando la sociedad deja de creer en sus instituciones; la rabia sustituye el juicio y el ruido termina enmudeciendo las ideas.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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