Ese planeta es un clon físico de la Tierra, pero antípoda en la forma en que interactúan los individuos que se deciden a poblar sus grandes extensiones y espacios disponibles para apropiación original. Llegaste primero a un lugar deshabitado, te instalas, pones una cerca del espacio que con tu fuerza física y tus medios puedes poner a producir para tu sustento personal y el de tu familia.
Si en un pirueta de felicidad te das cuenta de que todo está desierto, te tienes que aguantar las ganas de llevar la verja hasta el horizonte para reclamar todo como tu propiedad. En el planeta nos invita a conocer Thomas Jacob; el único requisito es firmar la aceptación de reglas sencillas que son un antídoto al síndrome de Colón: llegué aquí primero, todo es mío. No, nadie te va a disputar espacios donde es visible tu presencia, en los que has interactuado con la tierra que esperaba al primero que la apropiara para laborar; no se pueden acumular extensiones que son solo monte y culebra hoy con fines de especular mañana.
Si en una zona se instalan primero decenas de agricultores por las ventajas de contar con agua abundante y limpia para las cosechas, el uso de la tierra para esos fines no está en debate. Ni los propietarios originales, ni los que adquieren derechos por venta a estos pueden sustituir el uso agrícola por una actividad que cause daños, como la contaminación por una explotación minera, a los demás.
En el planeta Outbox no hay una autoridad central que pueda imponer la coexistencia de actividades que se presumen incompatibles en una zona. No hay "estados dueños del subsuelo" para ser parte de una situación que enfrenta a propietarios privados que en sus casas conservan los títulos de la tierra y, lo más importante, la afiliación a las cortes privadas de arbitraje para dirimir conflictos.
Compañías privadas actuando como "jueces de paz" compiten para poner punto final a disputas de manera rápida entre partes que tienen como afiliados y escogen sus árbitros. Cambiar de sembrar papa a buscar oro creando externalidad negativa a sus vecinos es impensable: existen medios para detener de inmediato la actividad y conseguir en un día un fallo previsible de no a la minería.
Si la explotación minera va a iniciar en área colindante y desierta con nuevo propietario, entonces todo el peso de la prueba para demostrar que no causará daños recae en él. No puede imponer su voluntad amparado en un acto administrativo de una autoridad central que no existe. Es un planeta anarcocapitalista, sin atajos facilitados por clase política, como en el nuestro de economías mixtas, o el vicio terrícola de permitir una votación "democrática" para aplastar derechos al 49 %.
En Outbox hay que convencer más allá de duda razonable que, en este caso, no favorece al minero que llega años después de estar en apogeo la agricultura. Una situación que en otros lados se da al revés, cuando son los mineros Romero los que se adelantan a los arroceros Bautista en llegar a un valle.
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