En tiempos de barbarie, la neutralidad no existe.Cuando un pueblo es bombardeado, cercado, desplazado y exterminado frente a las cámaras del mundo, quien decide callar no está siendo prudente: está tomando partido. Y casi siempre, el silencio favorece al verdugo.
La tragedia del pueblo palestino no es un “conflicto complejo” como intentan repetir las grandes cadenas mediáticas occidentales. No se trata de una disputa simétrica entre dos fuerzas equivalentes. Lo que ocurre en Gaza y en los territorios ocupados es una relación brutal de dominación colonial, militar y tecnológica, sostenida por una maquinaria de guerra respaldada por las grandes potencias del capitalismo global.
Hablar de “neutralidad” mientras miles de niños, mujeres y ancianos palestinos son asesinados bajo toneladas de bombas financiadas por Occidente; es un acto profundamente inmoral. La neutralidad se convierte entonces en una forma refinada de cobardía política: una posición cómoda para quienes quieren preservar prestigios, contratos, relaciones diplomáticas o aceptación social sin asumir el costo de denunciar el crimen.
Porque no hay neutralidad posible entre el ocupante y el ocupado. No, no la hubo frente al apartheid sudafricano.No la hubo frente al fascismo europeo.No la hubo frente a las dictaduras militares latinoamericanas.Y no puede haberla hoy frente al genocidio contra Palestina.
Muchos gobiernos hablan de “moderación”, “diálogo” y “derecho a defenderse”, mientras hospitales son destruidos, periodistas asesinados y familias enteras borradas del mapa. La retórica diplomática se ha convertido en el lenguaje hipócrita con el que las élites lavan la sangre de sus aliados estratégicos.
El problema no es solamente el silencio. El problema es que ese silencio está cuidadosamente administrado. Se condena con rapidez cualquier acto de resistencia palestina, pero se relativiza la masacre sistemática cometida por el aparato militar israelí. Se criminaliza a quienes levantan la voz en universidades, sindicatos o movimientos sociales, mientras los fabricantes de armas celebran contratos multimillonarios.
La llamada “comunidad internacional” ha demostrado una vez más que los derechos humanos son utilizados como instrumento geopolítico y no como principio universal. Cuando las víctimas son palestinas, las reglas cambian. La indignación occidental se vuelve selectiva, calculada y profundamente racista.
Y es precisamente ahí donde nace la falsa neutralidad: en el miedo a incomodar al poder.
Hay intelectuales que prefieren refugiarse en discursos ambiguos para no perder espacios en medios corporativos. Hay políticos que hablan de “ambas partes” mientras una de ellas posee uno de los ejércitos más poderosos del planeta y la otra apenas intenta sobrevivir entre ruinas y bloqueos. Hay comunicadores que reducen el sufrimiento palestino a estadísticas frías para evitar nombrar al responsable político y militar de la tragedia Pero la historia siempre termina pasando factura moral.
Quienes hoy callan ante Palestina serán recordados de la misma forma en que fueron recordados quienes guardaron silencio frente al colonialismo, el apartheid o el fascismo. Porque la neutralidad ante el crimen no es equilibrio: es una forma pasiva de colaboración.
El pueblo palestino no necesita lástima. Necesita solidaridad consciente, activa y valiente. Necesita voces capaces de denunciar que detrás de cada misil hay intereses económicos, industrias militares, control geopolítico y una narrativa mediática diseñada para justificar lo injustificable.
La verdadera prudencia no consiste en callar ante el horror. La verdadera responsabilidad ética consiste en impedir que el horror se normalice.
Hoy Palestina se ha convertido en el espejo moral del mundo contemporáneo. Y ese espejo está revelando algo aterrador: que gran parte de la humanidad ha aprendido a convivir con el genocidio mientras pueda verlo desde la comodidad y el confort de una pantalla.
Por eso, ser neutral ante Palestina no es sensatez. Es aceptar la barbarie con lenguaje diplomático.Es ponerse del lado del verdugo sin mancharse las manos de sangre en público.
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