Mi investigación sobre la tesis Ontología y ateísmo en Sartre, de Rosa Elena Pérez de la Cruz, me ha obligado a volver una y otra vez a Sartre. Y cada regreso me convence más de que leerlo es casi una obligación en estos tiempos difíciles, claramente ausentes de grandes proyectos sociales de cambio. Si entendemos la urgencia de escoger entre una inactividad que toma el sol en el absurdo y una acción dirigida a transformar, tenemos que volver a Sartre; mejor todavía si lo hacemos acompañado de Simone de Beauvoir, para completar la revuelta humanitaria con la transformación cultural de los roles de género.
Sé que leer a Sartre no es fácil —la dificultad también es mía—, como ocurre con muchos filósofos cuando no estamos familiarizados con la abstracción de su lenguaje. Pero si no queremos trivializar a un pensador, ni apresurarnos a subir al ring para declarar un vencedor en un careo teórico, debemos conocer con cierta profundidad aquello que discutimos. Con los años he aprendido a buscar en el entramado de un pensamiento su coherencia y, precisamente a través de ella, reconocer también sus contradicciones. Ya no me dejo dirigir por la consigna del desagrado. Me interesa leer lo que no conozco, dentro o fuera de mi propio paradigma.
He vuelto por eso a la célebre respuesta de Sartre a Camus, un tema político muy actual y que deben conocer los estudiantes. En un artículo anterior me detuve en las objeciones de Camus. Ahora quiero escuchar largo a largo a Sartre y para ello preparé este esquemita: primero, qué responde realmente a su antiguo amigo en todos y cada uno de los puntos esenciales que nos permitan comprender bien la polémica; después, qué problema teórico se esconde detrás de aquella ruptura. Ese problema, a mi juicio, es fundamental: la historia.
Una amistad convertida en polémica
Una parte considerable de la respuesta de Sartre está dedicada a reconstruir la polémica y a contestar las acusaciones de Camus. Sartre comienza lamentando que una diferencia que considera relativamente limitada haya terminado destruyendo una amistad. Le reprocha a Camus haber convertido la amistad en una relación casi totalitaria: como si discrepar públicamente de su libro significara traicionarlo personalmente.
Aparecen los episodios conocidos: el trotskismo atribuido a Sartre; El mito de Sísifo; la Resistencia; el sindicalismo revolucionario y, sobre todo, la relación con el comunismo soviético. El tono llega a ser muy duro. Sartre habla de cólera, chantaje moral y de una superioridad que Camus se atribuiría frente a Francis Jeanson.
En la página 62 aparece un punto que conviene retener. Sartre rechaza que Camus pueda invalidar la crítica de Jeanson a El hombre rebelde porque esta no se ocupe al mismo tiempo de los campos soviéticos. Y en la página siguiente recuerda que él mismo los había denunciado. La polémica no puede reducirse, por tanto, a un Camus que denuncia el estalinismo frente a un Sartre silencioso ante él. A partir de aquí, lo personal y político comienza a convertirse en filosofía.
Libertad, situación e historia
Recordemos a Tony y sobre todo a Camus. Camus había sostenido que El hombre rebelde «no niega la historia»; rechaza «la actitud que lleva como finalidad el convertir a la historia en un absoluto» (Camus, 1952/1999, p. 37). Cuando la historia se convierte en «única razón y única regla», advierte, puede desembocar en «la negación de la libertad y de la aventura existenciales» (Camus, 1952/1999, p. 46). Esta precisión es indispensable: Camus no niega la historia; teme su absolutización.
También distingue en Marx «el método crítico más valedero y el mesianismo utópico más discutible» (Camus, 1952/1999, p. 42) y se niega a justificar las víctimas presentes mediante la promesa de «un fin feliz de la historia» (Camus, 1952/1999, p. 45). Su preocupación es moral: ninguna necesidad histórica futura debería absolver el terror cometido en el presente.
Sartre responde desde otro lugar. En las páginas 65-67 comienza el núcleo teórico de su carta. Rechaza que la libertad pueda concebirse como una cosa poseída independientemente de las circunstancias. La libertad sartreana no existe fuera del mundo. Existe como proyecto dentro de una situación. Su formulación es precisa: «Estamos embarcados, debemos elegir: el proyecto nos ilumina y da su sentido a la situación» (Sartre, 1952/1999, p. 66). Y añade: «El proyecto somos nosotros mismos» (Sartre, 1952/1999, p. 66). ¡Formulaciones lapidarias!
Este punto es esencial porque impide identificar a Sartre con un determinismo histórico. Si el proyecto participa en la constitución del sentido de la situación, la persona no es simplemente el resultado mecánico de fuerzas históricas. Pero tampoco existe una libertad sin mundo, condiciones y obstáculos. Esta relación entre libertad y situación, que encuentro también en el Sartre que estudio a través de Rosa Elena Pérez de la Cruz, constituye una de las claves de la polémica.
Por eso Sartre acusa a Camus de confundir el plano filosófico con el político. Elegir políticamente dentro de una coyuntura histórica no equivale a declarar filosóficamente que la historia está predeterminada. Estamos dentro de ella y debemos participar en sus cambios si queremos influir sobre ellos. De ahí su afirmación de que, para tener derecho a influir sobre quienes luchan, hay primero que «participar en sus combates» (Sartre, 1952/1999, p. 67).
Su problema podría formularse así: ¿qué hacemos cuando ninguna situación histórica es pura? ¿Nos retiramos para conservar una posición moral incontaminada o actuamos dentro de condiciones contradictorias intentando modificarlas? Es la interrogación de un ser humano, no de una roca.
Aquí se comprende mejor su crítica al absurdo camusiano. Sartre aprecia El extranjero, pero considera que Camus permanece demasiado protegido por El mito de Sísifo. Cuando en la página 70 lo llama hostil a la historia, no afirma que Camus niegue los acontecimientos históricos. Lo acusa de desconfiar de la historia como ámbito de realización de la acción política transformadora. Estamos dentro de la historia, estamos hasta los pelos de la cabeza dentro de ella.
La existencia determina la esencia: los valores se realizan participando
Las páginas finales, especialmente 77-79, contienen, a mi juicio, el centro filosófico de toda la respuesta. Allí Sartre reconstruye la posición de Camus y explica por qué considera imposible colocarse fuera de la historia.
Después de recordar la frase camusiana «hace años que ustedes tratan de hacerme entrar en la Historia», Sartre ironiza sobre quien se cree fuera de ella y puede poner condiciones antes de entrar. Según Sartre —y esto es para morirse de risa—, Camus «mira la Historia con desconfianza, sumerge el dedo que rápidamente retira [¿caliente, ¿no?] y se pregunta: “¿tiene sentido?”» (Sartre, 1952/1999, p. 77). Pero Sartre no responde afirmando que la historia posea por sí misma un sentido previamente establecido. Precisamente ahí está lo interesante. Recupera a Marx para sostener que «la historia sólo es la actividad del hombre persiguiendo sus propios fines» (Sartre, 1952/1999, p. 78). Fuera de los hombres que la hacen, la Historia se convierte en una abstracción. Por eso afirma: «El problema no está en conocer su finalidad, sino en darle una» (Sartre, 1952/1999, p. 78).
Esta frase resulta decisiva. Sartre no está defendiendo una Historia providencial, ni una marcha necesaria hacia un final garantizado. Son los seres humanos quienes introducen finalidades en el devenir histórico mediante sus proyectos y sus acciones.
Y todavía añade algo fundamental para la dimensión ética de su pensamiento. La ausencia de una finalidad trascendente no significa ausencia de valores. Sartre afirma que el hombre «descubre valores universales en la acción concreta» (Sartre, 1952/1999, p. 78). Este pasaje me parece especialmente importante: la ausencia de un sentido dado de antemano no desemboca necesariamente en nihilismo. Los valores universales no caen desde fuera de la historia; aparecen y se realizan en las acciones humanas concretas.
En la página 79 vuelve a colocar la responsabilidad en los seres humanos. No se trata de saber de antemano si la historia posee un sentido, sino, puesto que estamos comprometidos en ella, de procurar darle el sentido que consideramos mejor.
Es precisamente aquí donde la polémica conserva actualidad. Camus nos recuerda algo que no deberíamos olvidar: ninguna promesa histórica autoriza por sí misma el sacrificio de seres humanos presentes. Sartre nos recuerda otra cosa igualmente incómoda: no actuar no nos coloca fuera de la historia. Abstenernos es también una manera de situarnos ante ella.
La diferencia no puede reducirse, entonces, a libertad contra determinismo. Camus teme una historia convertida en absoluto que termine devorando la libertad individual; Sartre teme que, para preservar una moral incontaminada, terminemos renunciando a intervenir en las condiciones históricas que producen la opresión.
Esta vieja polémica me interesa hoy porque vivimos un tiempo en el que resulta más fácil desconfiar de los grandes proyectos que comprometerse con uno. Sartre se equivocó en elecciones políticas concretas. Pero su filosofía no nos permite convertir el error posible en excusa para la inactividad.
Somos seres en situación. No escogimos enteramente el mundo que recibimos. Pero participamos, por acción u omisión, en aquello que ese mundo llega a ser. Y si algo conserva fuerza en la respuesta de Sartre a Camus es precisamente esta exigencia: la historia no es un espectáculo que contemplamos desde afuera. Estamos dentro de ella y, porque estamos dentro, tenemos que decidir qué hacemos con ella. Y siempre elegimos, aunque no decidamos.
Referencias
Sartre, J.-P. (1999). Respuesta a Albert Camus. En La polémica Sartre-Camus (pp. 51–79). elaleph.com. (Trabajo original publicado en 1952).
Camus, A. (1999). Carta a Jean-Paul Sartre. En La polémica Sartre-Camus (pp. 28–50). elaleph.com. (Trabajo original publicado en 1952).
Díaz, O. (Ed.). (2000). Coloquios 2000. Comisión Permanente de la Feria del Libro.
Martínez, L. (2000). Sartre, el filósofo de la libertad. En O. Díaz (Ed.), Coloquios 2000 (pp. 185–204). Comisión Permanente de la Feria del Libro.
Pérez de la Cruz, R. E. (1976). Ontología y ateísmo en Sartre [Tesis inédita].
Raful, T. (2000). La herencia del hombre rebelde de Albert Camus. En O. Díaz (Ed.), Coloquios 2000 (pp. 175–183). Comisión Permanente de la Feria del Libro.
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