Por décadas, América Latina y el Caribe (ALC) ha vivido una paradoja persistente: forma talento, pero no siempre logra retenerlo. Ingenieros, médicos, investigadores, técnicos especializados y jóvenes altamente capacitados inician su formación con el sueño de ir a vivir a otro país y, al finalizar sus carreras, todos conocemos casos de personas que toman la decisión de emigrar, no necesariamente por falta de oportunidades absolutas, sino por la brecha entre sus aspiraciones y las condiciones estructurales de sus países de origen.

Según datos del Banco Mundial, más de 40 millones de latinoamericanos viven fuera de su país de nacimiento, y en algunos países del Caribe la emigración de personas con educación terciaria supera el 50 % de su población calificada. En el caso de República Dominicana, cifras del Instituto Nacional de Migración de la República Dominicana (INM-RD) y estimaciones del Pew Research Center sugieren que más de 2 millones de dominicanos residen en el exterior, concentrados principalmente en Estados Unidos, España y, en crecimiento reciente, Canadá.

Canadá es el mayor receptor de jóvenes dominicanos (20-40 años) con un nivel educativo medio-alto, motivados por proyectos profesionales y con una vía de entrada por medio de estudios o habilidades adquiridas. España y Estados Unidos, en cambio, presentan mayor heterogeneidad en los motivos y vías de entrada, siendo los ingresos y la rápida inserción laboral las principales motivaciones, y las redes familiares y la cercanía cultural (idioma), las vías principales de entrada para el caso de estos países.

Si nos enfocamos en la emigración hacia Canadá, la narrativa tradicional atribuye esta «fuga de cerebros» a los bajos salarios relativos en el país de origen. Y no es una explicación menor: un profesional altamente calificado puede multiplicar por tres o cuatro su ingreso migrando. Sin embargo, reducir este fenómeno a una ecuación salarial sería simplificarlo en exceso. La migración de talento también responde a factores como la calidad institucional, el acceso a redes de innovación, la posibilidad de emprender y escalar ideas; y, quizá lo más importante, la expectativa de futuro. Aquí es donde la conversación se vuelve más interesante.

Si observamos los países que han logrado revertir o al menos contener la fuga de cerebros, encontramos un patrón recurrente: ecosistemas de innovación robustos. No se trata únicamente de tener más startups, sino de articular lo que en política pública se denomina un sistema nacional de innovación: universidades que investigan, empresas que invierten en I+D, gobiernos que incentivan y mercados que absorben valor.

El Banco Interamericano de Desarrollo ha documentado que ALC invierte en promedio apenas el 0,6 % de su PIB en investigación y desarrollo, frente a más del 2,5 % en economías de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Esta brecha no solo impacta la productividad, sino también la capacidad de ofrecer trayectorias profesionales atractivas.

En República Dominicana, los avances son todavía incipientes, pero relevantes. El país ha impulsado iniciativas como el Fondo Nacional de Innovación y Desarrollo Científico y Tecnológico (FONDOCYT) y programas de emprendimiento desde el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología. Asimismo, el crecimiento de hubs tecnológicos y programas de incubación ha comenzado a generar una masa crítica de emprendedores.

Sin embargo, cuando cruzamos indicadores, emergen señales claras: países de la región con mejores desempeños en innovación —como Chile o Uruguay— tienden a presentar menores tasas de emigración de talento altamente calificado en comparación con países con ecosistemas más débiles. Chile, por ejemplo, ha apostado por programas como Start-Up Chile, atrayendo talento global y reteniendo talento local mediante oportunidades reales de creación de valor.

No es casualidad que estos países también ocupen posiciones más favorables en índices como el Global Innovation Index. La innovación, en este sentido, no solo genera riqueza: genera arraigo.

En el caso dominicano, la relación entre innovación y migración aún no ha sido plenamente explorada desde la política pública. Sin embargo, algunos indicios permiten trazar hipótesis.

Por un lado, sectores como zonas francas, turismo y servicios han generado empleo, pero no necesariamente empleos intensivos en conocimiento capaces de retener perfiles altamente calificados. Por otro lado, el auge del trabajo remoto ha introducido una variable disruptiva: hoy, un desarrollador dominicano puede trabajar para una empresa en Silicon Valley sin salir de Santo Domingo.

Esto abre una oportunidad estratégica: ¿y si en lugar de «evitar» la migración, creamos condiciones para que el talento no necesite irse?

La promoción de una cultura de emprendimiento —entendida no solo como creación de empresas, sino como mentalidad de innovación— podría ser clave. Cuando un joven percibe que puede desarrollar su proyecto, acceder a financiamiento, conectarse con mercados globales y crecer profesionalmente desde su país, la ecuación migratoria cambia.

La evidencia sugiere que sí existe una correlación entre migración e innovación, aunque con matices. No todos los países innovadores retienen completamente su talento, ni todos los países con alta emigración carecen de innovación. Sin embargo, existe una correlación consistente: los países con sistemas nacionales de innovación más articulados tienden a ofrecer mejores condiciones para que el talento se quede o regrese.

Más aún, algunos países han logrado transformar la fuga de cerebros en «circulación de cerebros», donde los profesionales emigran, adquieren experiencia y luego regresan o contribuyen desde el exterior a sus países de origen. Esto ocurre cuando existen ecosistemas capaces de absorber ese conocimiento.

Entonces, ¿puede la cultura de emprendimiento e innovación ayudarnos a reducir la fuga de cerebros?

La respuesta no es absoluta, pero sí prometedora. No se trata de sustituir políticas salariales o reformas estructurales, sino de complementarlas con una apuesta decidida por la innovación como motor de desarrollo humano.

La verdadera pregunta es otra:

¿Estamos dispuestos, como sociedad, a construir un entorno donde el talento no tenga que irse para realizarse?

Si la innovación genera oportunidades, y las oportunidades generan arraigo, entonces promover una cultura de innovación no es solo una estrategia económica. Es, en esencia, una política de dignidad.

José Jóribe Castillo Javier

Abogado

JOSÉ JÓRIBE CASTILLO JAVIER es abogado egresado CUM LAUDE de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) con un máster oficial de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M). Posee estudios de Integración Regional y Medio Ambiente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), en Argentina; y, Derechos Fundamentales y Globalización, en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Comunicación, Sostenibilidad y Globalización de la Universidad de Lima, Perú y Desarrollo Sostenible de la Universidad de Guadalajara, México . Ha laborado en Ginebra, Suiza, Punta Cana y Santo Domingo. Autor de estudios de investigación en migración y derechos humanos. Su carrera profesional abarca desde asuntos públicos, políticas públicas y procesos complejos de permisología y negociación en materia de Turismo, Medio Ambiente e Inversión Extranjera. Es además voluntario en organizaciones de la sociedad civil en República Dominicana en temas de Ciudadanía Responsable y Derechos Humanos, habiendo recibido el Premio Nacional Voluntariado Solidario en el renglón educación en 2024. Es becario del Programa International Visitors Leadership Program del Departamento de Estado de los Estados Unidos en 2019 en el programa Cuestiones Actuales de la Migración Interamericana.

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