No le bastó tener el final más atroz en estas tierras de mágicos comienzos y tristes finales para los que osan mancillarla. No le bastó tener el más vil final en la Honduras que todos amamos más allá de los delirios. Hoy vuelve a sus andadas revestido de un aura dizque nueva, pero persiguiendo los mismos fines: adueñarse de las riquezas de estas tierras.
Después de 171 años de la invasión de Nicaragua, 1855, en plena Guerra Nacional de Centroamérica, y aprovechando ese momento de sedición interna por las disputas políticas, entró a estas tierras el nefasto personaje de William Walker, con el fin de imponer la esclavitud y en su pensamiento estaba anexarla a los Estados Unidos. Así se escribe la historia. Hoy ha vuelto a sus andadas, esta vez, en la corporeidad del pelucón maligno, Donald Trump. Pero, si se fijan, hoy no con las armas per se, pero sí con la sumisión de una estrategia en la que está en juego la independencia económica de estos países. A pleno siglo XXI en su primer cuarto.
Si hacemos la extrapolación, no hay mucha diferencia: de filibustero del siglo XIX a extorsionador de estos países, y del mundo entero, con los aranceles, en el siglo XXI. Y todo empezó por México y terminó en Centroamérica, pero con un mismo fin: adueñarse de las riquezas de estos países al que ellos desde su Doctrina de Monroe llamaron "su patio trasero". Llegó a estas tierras ricas y vírgenes, con la idea y su proclama de "restaurar el esclavismo y el destino manifiesto", con el que pretendían desarrollar otras naciones por considerarse una raza superior.
Su cronología es muy agitada como su vida misma. Aprovechó las disputas de los caciques y generales de los países en disputas y amañó unas elecciones, las cuales ganó fraudulentamente; no le duró mucho su presidencia, pues en 1857 fue expulsado por los ejércitos aliados centroamericanos, hasta morir fusilado en la Honduras bravía de Francisco Morazán en 1860. Qué trágica cronología, pero qué lecciones tan bien aprendidas.
William Walker (1824-1860): su llegada a Centroamérica fue precisamente bajo el contexto de la organización de militares privados (mercenarios hoy día), aventureros guiados por la búsqueda de riquezas y dinero, bajo la codicia de encontrar metales preciosos, a fin de instaurar la supremacía de su raza sobre los pobres indios de Centroamérica. ¡Dígame si no es este y no otro el fin ulterior de la administración que está al frente de los Estados Unidos en la era de Trump! Hoy se sigue la búsqueda de la hegemonía política y la supeditación de los gobiernos a los dictámenes de Washington. Hoy el pirata Donald Trump, igual que Walker, está detrás de los minerales raros, de las tierras raras que tanta falta les hacen a la industria moderna americana de las armas y las altas tecnologías. Hoy están poniendo aranceles a los países sometidos a la égida de Norteamérica, y al mundo entero; eso mismo hizo Walker con los países del istmo al querer imponer su hegemonía a toda costa. ¡Pero se le fue el tiro por la culata con estos inditos irredentos!
Veamos: en 1850, al iniciar su paso por Nicaragua, su interés era colonizarla y controlar el futuro canal interoceánico; viendo más a futuro, su interés era apropiarse del tránsito del comercio internacional que vendría. Llega a Costa Rica y sus abusos y desfachateces no fueron tolerados por los ticos, quienes entraron en guerra con sus filibusteros y los derrotaron en la Segunda Batalla de Rivas. Vuelve derrotado a Nicaragua y le eligen presidente con una votación fraudulenta, reseñando el NYT de la época que "en algunas poblaciones le dan a Walker más votos que el cuádruple de los habitantes, mujeres, hombres, niños y bestias".
Bajo este esquema, ¿no es lo mismo que está planteando la administración Trump para mantener bajo la presencia del poder norteamericano otra vez a casi todos los países del istmo? Más ahora que ya pasó la ola de los gobiernos de izquierda en la subregión, pues con su ascensión al poder se ha ido tejiendo la sombrilla nueva vez de una regenerada derecha que responde a los mandatos del Norte. Y eso le gusta al Walker de este tiempo. Primero fue El Salvador en iniciar su alineación con sus dictámenes; luego siguió Honduras con el gobierno que apenas ha sido instalado por obra y gracia de la red social Truth Social; más luego Costa Rica ha elegido a una presidenta que ha dicho que estará alineada a Washington; Guatemala aparenta neutral, pero está alineada a medias, y Panamá volvió al redil con su presidente Mulino y la expulsión de China de toda relación comercial.
De Nicaragua ni se diga, pues las lecciones de ese hecho histórico del siglo XIX han sido más que suficientes como para cada día estar un paso más lejos de las esferas de Norteamérica y trabajar de cerca con los que "les aguan la fiesta" en la región, que cada día, geopolíticamente hablando, toma una relevancia sin igual, como en los tiempos de la guerra fría.
"Pero como perro huevero, aunque le quemen el hocico…", organiza otra expedición, la segunda y tercera expedición en Nicaragua; los ingleses exigen su rendición en Roatán, el filibustero huye ante el avance de las tropas hondureñas, se rinde al final; el 12 de septiembre de 1860 fue llevado al pelotón de fusilamiento. Termina una vida de agitación y turbulencias.
El magnífico escritor salvadoreño Manlio Argueta ha escrito una novela histórica genial sobre la guerra de Costa Rica contra el pirata Walker: "Así en la tierra como en las aguas", 2018. En la misma narra la defensa de la soberanía centroamericana frente al filibustero estadounidense, "desde una perspectiva histórica y humanista", en la que destaca la participación del pueblo en armas en contra de las botas usurpadoras de los territorios sagrados, narrada en un contexto geopolítico como debe ser. En esta novela aborda las "experiencias de los personajes, la vida misma y el esfuerzo colectivo de toda Centroamérica unida en contra del usurpador e invasor". En ella se narra magistralmente la toma del río San Juan por las tropas de la Confederación. Básicamente, es una novela grandiosa que enarbola el coraje de todos los pueblos del istmo en contra de la basura invasora. Es la "Guerra del fin del mundo", como homenaje a Mario Vargas Llosa, para saludar ese gran esfuerzo del ilustre escritor salvadoreño.
Veámoslo hoy en día: la reciente reunión de presidentes con el nuevo filibustero del imperio, Donald Trump, no es más que tratar de editar un acontecimiento histórico de un tiempo en que todavía los Estados Unidos no eran el imperio que es hoy, para muchos en decadencia. Nos referimos a la Cumbre de Mar-a-Lago, con los presidentes de las Américas tratando de cerrar el paso a la China continental, que muy sabiamente le "ha comido los caramelos" a un imperio que abandonó su patio trasero por muchos años y ahora quiere redituar ganancia de causa; pero sucede que "ya la pava no pone donde ponía": corren otros tiempos en tiempos de la IA y las fake news, y ya nadie se cree los cuentos de caminos.
Ni los aranceles subidos de tono, ni los gobernantes genuflexos al imperio, ni nada de lo que se reinventen hoy detendrá la nueva historia. Es verdad que el giro a la derecha de muchos gobiernos es un golpe a la esperanza de una identidad propia que no tenga el sello de izquierda ni de derecha, que sea el trabajo de los pueblos que reivindique la historia que vendrá.
Fue un fracaso para los halcones del imperio la Cumbre, porque China llegó para quedarse y eso lo saben ellos; sabemos que es una lucha más que política, geoeconómica, de los últimos aletazos de una hegemonía que agoniza. Están llegando otros tiempos, otras espiritualidades se están instalando en nuestros corazones y en ellas no cabe nueva vez la impronta de otro filibustero, sea William Walker o el que sea.
En Costa Rica se erige el Monumento Nacional, el símbolo de la resistencia de una región a la embestida de un usurpador de esperanzas y sueños. Este monumento, obra del francés Louis-Robert Carrier-Belleuse, está ubicado en el Parque Nacional de San José, capital de Costa Rica. Fue terminado de esculpir en París en 1891 y develado el 15 de septiembre de 1895 por el mandatario Rafael Iglesias Castro.
Representa el triunfo de las naciones centroamericanas contra los invasores extranjeros conocidos como filibusteros, los cuales, bajo el mando del estadounidense William Walker, intentaron conquistar Centroamérica entre 1855 y 1857. Es una escultura fundida en bronce sobre un pedestal, sobre el que se observan cinco figuras femeninas portando armas (los cinco países centroamericanos) y dos masculinas. La figura caída representa a los soldados muertos en la contienda, mientras la otra figura masculina representa a William Walker huyendo.
La mayor figura, que se yergue en el centro del conjunto con un gorro frigio, símbolo de la libertad, y enarbolando el pabellón nacional, representa a Costa Rica, que sostiene a Nicaragua con su espada rota, mientras indica el camino y arenga a las otras repúblicas —Guatemala (con el hacha), El Salvador (con la espada) y Honduras (arco y flechas)— a combatir a los invasores. Hoy toma más relevancia que nunca este símbolo de la resistencia.
Nunca más, nunca más. A pesar de las amenazas, los aranceles, los inmigrantes devueltos, a pesar de los sueños truncados y los gobiernos que se postran ante ellos, nunca habrá otro Walker recorriendo con su arcaico fusil y sus sueños de emperador estas sagradas tierras, estos misteriosos caminos que conectan la historia milenaria de hombres y mujeres que cada día saludan al dios sol para saber que la dignidad no se trasiega ni se vende. Amén por siempre.
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