Toda poesía apunta a un pensamiento alegre o triste, y toda filosofía tiene vocación de estilo, aun los tratados sistemáticos. De suerte que el poeta más imaginativo lidia con el pensamiento y el filósofo más riguroso y lógico se deja atraer por el temblor estético de la prosa, en sus argumentaciones líricas. Qué decir del aforismo, que es poesía en versos, pensamiento poético en estado puro. No hay temas filosóficos para el poeta. Como el pensamiento es la piedra angular de la filosofía, tiende a identificarse. Acontece que el poeta del pensamiento transfigura todo lo contemplado en imagen pensada, sin hacer filosofía. El poeta no hace filosofía, aun cuando haga poesía con el pensamiento. Solo el filósofo hace filosofía. Tampoco el filósofo hace poesía, aun cuando haga filosofía en clave lírica. El mundo de la filosofía y el mundo de la poesía, aunque tienen un origen común, son paralelos, pero se atraen y conviven. Su rechazo es pues su fuerza de atracción. El pensamiento es el constructor de la poesía, la metafísica y la filosofía.
En ese tenor, el ensayista inglés George Steiner, sentencia:
La querella a la vez acerba y fraternal entre filósofos y poetas ha resonado a lo largo de la milenaria e incomparable historia de la poesía griega. Desde el rechazo de Homero por parte de Solón y Platón, desde las sagas bizantinas hasta la actualidad… (Steiner 2012, 139).
La poesía es una aventura del lenguaje en su máxima potencia intelectual, en su superlativa intensidad pensativa. De ahí que para este ensayista: “la poesía del pensamiento y el pensamiento de la poesía se funden” (Steiner 2012, 187). La sensibilidad filosófica hace del pensamiento abstracto un trasunto que interpone la poesía con la filosofía, en una coreografía de luces y sombras, en la que sobresale el pensamiento poético. Toda proposición filosófica, por lógica que sea, tiene un componente onírico, fantástico. Son pues el sueño en vigilia del intelecto. De suerte que el sueño de la razón pare también seres poéticos, no solo monstruos, como diría Goya. En consecuencia, no hay textos literarios que no contengan vetas epistemológicas y lógicas. En resumen, la relación entre poesía y pensamiento se encuentra en el vértice ontológico de la filosofía. Toda filosofía deviene poesía de la simulación, ideas enmascaradas con voluntad de estilo. Los reflejos que resultan del choque entre poesía y filosofía, poema y tratado, validan la poesía, con una autonomía que va más allá de su lenguaje de expresión. Para el intelectual Steiner:
La literatura y la filosofía tal como la conocemos son productos del lenguaje. Inalterablemente, esta es la base ontológica y sustantiva común. El pensamiento en poesía, la poética del pensamiento son hechos de gramática, de lenguaje en movimiento. Sus medios y sus límites son los del estilo. Lo inefable, en el sentido directo de esa palabra, circunscribe a los dos. La poesía aspira a reinventar el lenguaje, a hacerlo nuevo. La filosofía se esfuerza por hacer el lenguaje rigurosamente transparente, por purgarlo de ambigüedad y confusión (Steiner 2012, 227).
En el marco del pensamiento presocrático, donde se inician las reflexiones sobre el ser, el logos adopta la figura poética, adquiere la forma del poema, que funciona así como continente del pensamiento. En esa etapa, el pensamiento era pre-filosófico, cuando estaba imbricado en la poesía, se confundía con ésta y pertenecía al misterio del ser. En cambio, cuando el discurso filosófico surge como disciplina, se desacraliza, legitimando su autonomía discursiva. En la prehistoria de la filosofía, Parménides ocupa un lugar central, al esbozar en forma poética un pensamiento dialéctico sobre el ser, cuyo debate, en cierto sentido, clausura Aristóteles. Para el filósofo Alain Badiou:
Ya desde los griegos, se encontraron y nombraron los tres regímenes posibles del vínculo entre poema y filosofía: 1) el primero, que llamaremos parmenideano, organiza la fusión entre autoridad subjetiva del poema y la validez de los enunciados…; 2) el segundo, que llamaremos platónico, organiza la distancia entre el poema y la filosofía. El poema es considerado en el distanciamiento de una fascinación disolvente, de una seducción diagonal a lo Verdadero, y la filosofía debe excluir que aquello de lo que ella trata pueda tratarlo el poema en su lugar; 3) el tercero, que llamaremos aristotélico, organiza la inclusión del saber del poema en la filosofía, ella misma representable como Saber de saberes (Badiou 2002, 86).
Para este filósofo francés contemporáneo:
Hay tres relaciones posibles de la filosofía (como pensamiento) con el poema: son la rivalidad identificadora, la distancia argumentativa y la regionalidad estética. En el primer caso la filosofía envidia al poema, en el segundo lo excluye y en el tercero lo clasifica (Badiou 2002, 86).
Entre el decir del poeta y el pensar del filósofo hay un destino común. Heidegger, a propósito de Hölderlin, buscó la esencia del poema, a través del análisis filosófico, es decir, el destino de la filosofía en la esencia de la poesía. En ese sentido, para Badiou: “Heidegger sustrajo el poema al saber filosófico, para devolverlo a la verdad. Al hacerlo, fundó una crítica radical de toda estética, de toda determinación filosófica regional del poema” (Badiou 2002, 87).
Entre el poema y la argumentación filosófica se perfilan los límites de la relación entre el pensamiento y la forma escrita. Sobre la poesía es factible hacer una aproximación filosófica de índole teórica, lo que no es posible hacer sobre la novela o el cuento. Esa naturaleza conceptual del poema hace de él un cuerpo textual de pensamiento vivo que brota de las entrañas del ser estético y creador. En ese sentido, Badiou postula que “se podría sostener que la poesía es el pensamiento de la presencia del presente. Y que precisamente por ello no rivaliza en absoluto con la filosofía, la cual tiene por objeto la composibilidad del tiempo, y no la pura presencia” (Badiou 2002, 89). El poema no se sustrae pues de su facultad de poetizar filosófico el ser, aun desde la emoción lírica. Hacer poesía desde el acontecimiento del ser implica liberar el pensamiento de su sujeción exclusiva a la filosofía. En tal virtud, Badiou afirma:
Sin embargo, nosotros los filósofos podemos y debemos dejar a los poetas el cuidado del porvenir de la poesía más allá de todo lo que haría pesar sobre ella la preocupación hermenéutica del filósofo. Nuestra tarea singular es más bien repensar, desde el punto propio de la filosofía, su vínculo o des-vínculo con el poema, en términos que no pueden ser ni los del destierro platónico, ni los de la sutura heideggeriana, ni tampoco el cuidado clasificatorio de un Aristóteles o de un Hegel (Badiou 2002, 90).
Todo discurso filosófico aspira a la condición del poema, es decir, tiene una voluntad de estilo de pensamiento, y esta condición ha permeado a la filosofía, desde su origen literario del asombro hasta el presente. Esa vocación de estilo de la filosofía es una herencia de la poesía y de la literatura, que se inicia con los presocráticos y alcanza su mediodía con Platón. Si bien la filosofía empieza como amor a la sabiduría, no menos cierto es que también es interpretación del mundo. Su destino histórico nació pues como sabiduría o de la sabiduría del mundo. Su tentación se define en una vocación sensible por percibir el ritmo de las cosas en su dinámica de transformación. La filosofía se vale del relato literario, la poesía, la fábula y demás figuras estilísticas, así como de narraciones ficticias que alimentan su textura, como se revela en la Fenomenología del espíritu (Hegel, 1990) que Steiner considera la gran novela del siglo XIX. Así pues, muchos tratados y obras de filosofías se dejan leer como obras literarias, por ser obras que nacen de la subjetividad humana, de suerte que algunos textos de ficción literaria tienen el estatuto del pensamiento o son insuflados por las ideas. El hecho literario queda así bajo el imperio de la intuición en su exposición imaginaria de sentido. En palabras de Badiou:
La filosofía ha sustraído en los procedimientos de verdad que la condicionan toda aura de sentido, todo temblor y todo pathos, para captar la comprobación de lo verdadero como tal. Pero hay un momento en que ella cae sobre el más acá radical de todo sentido, el vacío de toda presentación posible, la perforación de la verdad como agujero sin bordes. Ese momento es aquel en que el vacío, el no-sentido, tal como la filosofía los encuentra ineluctablemente en el punto de la comprobación de lo verdadero, deben ser a su vez presentados y transmitidos (Badiou 2002, 93).
La filosofía en su tentación propositiva de sentido tiene voluntad de universalidad. De ahí que el filósofo edifica, bajo el imperativo del pensamiento, un cuerpo de sentidos con voluntad de sabiduría, en su actitud interpretativa del mundo. El vínculo del poema con la filosofía acusa una relación entre sentido y argumentación, creación e interpretación, que los hace sustraerse mutuamente. En tal sentido, Badiou afirma:
El poema llega a la filosofía cuando ésta, en su voluntad de dirección universal, en su vocación de hacer habitar por todos el lugar que ella edifica, cae bajo el imperativo de tener que proponer al sentido y a la interpretación el vacío latente que sutura toda verdad al ser del cual es verdad. Esta presentación de lo impresentable vacío exige el despliegue en la lengua de sus recursos literarios. Pero a condición de que ello ocurra en ese punto mismo, por lo tanto bajo la jurisdicción general de un estilo muy diferente, el de la argumentación, el de la vinculación conceptual, o el de la Idea. El poema llega a la filosofía en uno de sus puntos, y esta localización no es nunca regulada por un principio poético o literario (Badiou 2002, 93).
El lenguaje aproxima la poesía y la filosofía, y se transmiten su vocación común, llenando sus vacíos de legitimaciones. Si Lucrecio optó por el poema fue para transmitir su dulzura y llenar el vacío material del lenguaje. Diego Romero de Solís, en el prólogo a su libro Enoc. Sobre las raíces filosóficas de la poesía contemporánea, dice:
Me parece que la poesía no tiene propiamente fundamentos filosóficos sino que es la filosofía la que, por el contrario, se fundamenta en la poesía. Nace de la fuente de la poesía, de ahí que esta última sea más universal que la filosofía, y no solo más que la historia (Romero de Solís 2000, 7).
Con este juicio, Romero de Solís contemporiza con Aristóteles, cuando el estagirita afirma la universalidad y verosimilitud de la poesía por encima de la filosofía, aun cuando fue este el gran filósofo forjador de la tradición occidental, junto con Platón. Romero admite que no es la poesía la que se fundamenta en la filosofía sino al revés. En esta tensión interna reside el meollo de la cuestión entre la poesía y la filosofía, es decir, en un complejo de progenitura y de dominio de una sobre la otra, vale decir, en un conflicto de poderes. La filosofía le aporta a la poesía, la crítica, el análisis y la reflexión; la poesía le imprime a la filosofía, en cambio, el temblor, el misterio, la pasión y la imaginación. Mientras la poesía pregunta, la filosofía responde. Así pues, Romero de Solís sentencia:
Desde entonces (y no solo desde el instante en el que la filosofía le arrebató el protagonismo de la paideia a la poesía), hay un conflicto entre aquella y esta, una tensión dolorosa en el mismo pensamiento y un sordo rencor entre poetas y filósofos (Romero de Solís 2000, 7).
Poesía y filosofía se atraen recíprocamente, pero también se resienten, en razón de que ambas iluminan zonas oscuras del espíritu humano, sus miedos, angustias y perplejidades. En el canto del poeta laten los enigmas que moran en los abismos y pozos angustiosos de su conciencia. En tanto que en las ideas del filósofo repercuten y resuenan los ecos y tambores que intentan dar respuestas a sus avatares conceptuales. En ese orden de ideas, Romero de Solís dice:
La búsqueda que desvela este encuentro, que trata de comprenderlo, es de naturaleza filosófica, cuyo objetivo final sería conceptualizar algo imposible: los grandes silencios del alma. Esta tentativa disparatada puede hacerse fecunda cuando se establece un diálogo entre el pensamiento y el poema, entre la metáfora y el concepto, entre la realidad y el placer, entre las razones y los sueños (Romero de Solís 2000, 8).
Tanto al discurso poético como al filosófico lo encandila una llama que ilumina, a un tiempo, las ideas y la emoción. Así pues, la expresión poética es un viaje a la lucidez, a través del temblor de la palabra, en su pugna con la razón filosófica. “No es la poesía la que se apoya en la filosofía… sino que es la filosofía la que se sostiene, la que hunde sus raíces en la poesía” (Romero de Solís 2000, 11). Ambas se alimentan, se nutren y beben de la imaginación. El filósofo posee una visión concreta del mundo y el poeta una visión abstracta. El afán racional por fundar y construir sistemas y conceptos de pensamiento del filósofo, y la pasión no por responder sino por preguntar del poeta apuntalan a una búsqueda de trascendencia. Al poeta lo alimentan el duelo, la melancolía, el dolor y el espanto; al filósofo lo impulsan la verdad y la razón. La poesía navega en el reino de lo prohibido, tras la búsqueda del grial de lo mágico y lo maravilloso. La poesía es conocimiento, pero no conocimiento científico, pues no es ciencia, aunque es un conocimiento estético especial, una experiencia trascendente del lenguaje, una sabiduría no científica. Como esencia de la imaginación creadora, raíz del pensamiento, la poesía deviene experiencia ontológica del lenguaje. “La poesía habla de lo que no se puede hablar, de lo soñado, de lo imposible sentido, que se transforma en misterio del olfato, de la vista, del tacto, del oído, solo por un instante…” (Romero de Solís 2000, 18). Y sigue diciendo Romero de Solís, a propósito de la diferencia entre filosofía y poesía:
No hay que confundir filosofía y poesía, aunque sí recordar que la poesía fue una concepción del mundo, que abarcaba todo el pensamiento y era sostén, fundamento de la sabiduría, y que la filosofía fue durante un tiempo, no ciertamente corto, mera interpretación de la poesía. La filosofía se abandonó después a la teología, como más tarde a la ciencia (Romero de Solís 2000, 21).
La potencia de la poesía trasciende su valor verbal y abre nuevos horizontes a la imaginación y a la sensibilidad estética. En tal virtud, Romero de Solís sentencia:
Acaso en otro tiempo pudieron ser filosofía y poesía fuerzas determinantes en la constitución de la sociedad, en la formación de sus valores, en la creación de sus sentidos. Los comienzos de la civilización, cuando todo era intuición y sorpresa, debieron de ser, en medio de la selva del miedo y la sed espiritual, intensamente poéticos. El poema era gesto y sonido, lenguaje y realidad. La cultura filosófica comienza propiamente en el desgarro entre filosofía y poesía, en su superación dialéctica (Romero de Solís 2000, 22).
La reflexión le da fuerza, cohesión y unidad al poema, de suerte que el pensamiento alimenta el poema y funda la ambigüedad de su música interior. Pero el pensamiento en la poesía es abierto, analógico, relacional, asociativo y plural. Su funcionalidad es diferente a la ciencia o la filosofía, cuyo universo es cerrado y unívoco. “La poesía bien pudo ser la primera actividad de la inteligencia en liberarse de la relación con los intereses, en valorar especialmente la contemplación, lo que tal vez ayudó al nacimiento de la filosofía”, (Romero de Solís, 2000, 28). De ahí que la poesía parte de la contemplación del mundo exterior, de la experiencia sensible, de donde se nutre su semilla originaria que abonó su asombro, antes que de la reflexión pura del intelecto: de la contemplación sensible a la reflexión ontológica, y de esta a la materialización verbal en el poema. Para Romero de Solís:
Platón logró en la expresión de su pensamiento toda la fuerza poética de la palabra, haciendo de la poesía principio creador de la filosofía, utilizando metáforas, símbolos, bajo la constante tensión de la imaginación y al servicio de una renovada filosofía inspiradora de la paideia (Romero de Solís 2000, 28).
La poesía transforma con su mágica potencia la religión y la filosofía. Le aporta alas a la intuición y a la imaginación creadora. El espíritu de la imaginación poética emprende su vuelo, como la lechuza de Minerva, desde el cuerpo y la carne del poeta hasta su mente creadoramente incandescente. Entre el mundo de las ideas y el sustrato de las palabras sensibles hay un vínculo de relación entre pasión y pensamiento. Si bien la filosofía es una experiencia intelectual, la poesía lo es también, pero con la peculiaridad de que ésta apela a la imaginación y al sentimiento, a la pasión y a la emoción.
En un mundo como el actual, plagado de ansiedades y angustias, miedos y perplejidades, la poesía actúa como bálsamo espiritual ante las mezquindades y ruindades de la sociedad contemporánea. Mientras que la filosofía nos ayuda a comprender y explicar las raíces de las plagas sociales del presente, la poesía nos alivia de los avatares de la conciencia aguijoneada por las vilezas del mal y las bajas pasiones humanas. En tanto conquista espiritual, la poesía, en su afán por vincular el sueño y la realidad, la fantasía y la reflexión, el placer y la inteligencia, la sensibilidad y la imaginación, ha podido sobrevivir a las crisis del espíritu humano y de sus valores morales, y florece en las “épocas de mezquindades” (Hölderlin). En atención a lo antedicho, Romero de Solís destaca:
La imaginación creadora no solo es capaz de vencer a la muerte sino de iluminar lo que está más allá de lo físico, de lo real, lo que el ser humano siempre busca cuando intuye su propia trascendencia, su allende cualquier significado, cualquier palabra. La poesía dibuja la figura irreal de las cosas amadas e ilumina el rostro de lo invisible, esa belleza que solo puede despertar en el símbolo (Romero de Solís 2000, 42).
Poesía y filosofía beben de la imaginación. El discurso filosófico pacta con el espíritu conceptual e intuitivo de la argumentación, en tanto que el discurso poético huye de la objetividad y se refugia en la abstracción del intelecto. De ahí que para Romero de Solís:
La conquista del espíritu es un cruce de caminos, donde se encuentran filosofía y poesía. No puede haber espíritu sin la voz de la poesía. El lenguaje conceptual no puede por sí solo dar sentido a la palabra espíritu, ni mucho menos la ciencia, aunque esta hunda también sus raíces en el misterio poético (Romero de Solís 2000, 62).
Y sigue diciendo Romero de Solís:
La filosofía tiene a menudo que guardar silencio, o apoyarse en la poesía. No se trata, desde luego, que la filosofía haga poesía. No es esta su función. Lo que sostengo es que la filosofía, desde el hálito de la poesía, en tensión con la poesía, es capaz de elaborar, formar, un pensamiento que no queda reducido a sí mismo… (Romero de Solís 2000, 62).
La experiencia poética es capaz de fundar un mundo de palabras, cuyo sentido nada en las aguas de la simbolización y la subjetividad. La inteligencia intuitiva del poeta emana del sentimiento de abstracción, en la que se sumerge el poeta en su percepción estética del mundo real y en la superación imaginaria de la experiencia de la vigilia. La imaginación creadora del poeta se sublima en los intersticios de la sensibilidad de los cuerpos, los seres, las cosas y los objetos del mundo visible. El poeta toma la palabra como signo real y la transforma en símbolo, mediante su imaginación sensible y su inteligencia afectiva. Así pues, toda reflexión poética del lenguaje encarna en sentimiento ontológico de la palabra. La potencia estética de la poesía ilumina el corazón de las sombras y penetra en lo sagrado y lo profano: transforma así la sensibilidad en signo y el logos en comunión con la palabra. El poder de la metáfora poética crea lo visible y lo invisible: nos revela una visión y nos descubre otra. La palabra poética crea surcos de sentidos y abre las heridas del lenguaje escrito. En ese sentido, Romero de Solís concluye:
El poeta transforma el sentimiento, una inteligencia de carne, común a todos, que es humanidad, cuya lógica accede directamente a lo invisible. El corazón, el órgano de la poesía, permite esa clase de intuiciones, intelectuales y afectivas, ese saber visceral de la muerte y del tremor. El poeta restaura el edificio en ruinas de la palabra, del entusiasmo (Romero de Solís 2000, 117).
La filosofía es un discurso de aproximación verbal al lenguaje poético: persigue el significado de las palabras y es a la vez una crítica al pensamiento mismo que crea el poema. En ese tenor, sentencia el poeta y ensayista Octavio Paz, en su célebre obra ensayística de teoría poética, El arco y la lira:
Toda crítica filosófica se inicia con un análisis del lenguaje. El equívoco de toda filosofía depende de su fatal sujeción a las palabras. Casi todos los filósofos afirman que los vocablos son instrumentos groseros, incapaces de asir la realidad. Ahora bien, ¿es posible una filosofía sin palabras? Los símbolos son también lenguaje, aun los más abstractos y puros, como los de la lógica y la matemática (Paz 1998, 30).
En el lenguaje filosófico hay una pretensión enfática no en su significante sino en el significado de las palabras. No es por tanto una crítica a la expresión verbal, sino, antes bien, una crítica al contenido de la forma intelectual. El filósofo apela a la expresión formal sin subordinarse a su denotación. Así pues, la filosofía, como saber, depara en interpretación intelectual de la connotación de las palabras. La filosofía, para expresarse, necesita de las palabras. No puede prescindir de su función polisémica, ni tampoco de su función estética. En suma: sin la palabra no es posible ni la filosofía ni la poesía.
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