Inicio con una advertencia preliminar: escribo simulando que soy versado en asuntos de índole económica. Pero confieso sin rodeos: no llego ni a lego en la materia. Debido a esa deficiencia, trato infructuosamente de llegar a alguna visión de conjunto de hacia dónde avanza –o en su defecto, retrocede– la economía mundial y el subsecuente impacto en el país.
A nivel infantil de verdadero o falso, concluiré que las tasas de crecimiento, inflación o empleo —aun cuando muestren desempeños aceptables— coexisten con transformaciones estructurales que alteran la forma misma en que se produce, se distribuye y se acumula la riqueza. Por ende, el interrogante central ya no es si la economía global crecerá más o menos en el corto plazo, sino qué tipo de capitalismo está emergiendo y cuáles son las posibilidades reales de inserción para economías de ingreso medio como la República Dominicana.
El diagnóstico compartido por autores como Moyo, Krugman, Stiglitz, Rodrik, Polanyi, Stiegler y Mazzucato converge en un punto central: el mundo no atraviesa una anomalía coyuntural, sino una reconfiguración estructural del orden económico, marcada por concentración tecnológica, financiarización, fragmentación geopolítica y debilitamiento del vínculo entre crecimiento y bienestar social.
A quien tenga paciencia, puede verificarlo en la siguiente exposición.
La economía global de tres velocidades
Segmentación estructural. La evidencia empírica reciente confirma una tendencia hacia la segmentación estructural de las economías avanzadas.
En Estados Unidos, durante el auge asociado a la inteligencia artificial, el 10% más rico de los hogares concentró aumentos de riqueza del orden de 5 billones de dólares estadounidenses en un solo trimestre, mientras que el 50% inferior capturó incrementos cercanos a 150,000 millones, una brecha de más de 30 a 1. Paralelamente, la mitad inferior de la población posee apenas un 1% del total de las acciones, lo que implica una desconexión casi absoluta entre el dinamismo bursátil y el ingreso de la mayoría.
Ese patrón revela un fenómeno cualitativamente distinto de la desigualdad tradicional: no se trata solo de diferencias de ingreso, sino de desigualdad en el acceso a los activos que generan crecimiento futuro. La inteligencia artificial, el capital de riesgo y los mercados privados están reforzando una economía donde la acumulación se vuelve crecientemente endógena a los ya ricos.
Como advierte Stiglitz, cuando los retornos del capital superan sistemáticamente el crecimiento de la economía real, el sistema deja de cumplir una función social integradora. Stiegler radicaliza esta lectura al interpretar el tecnocapitalismo contemporáneo como productor de entropía económica y social, erosionando no solo la cohesión material, sino el sentido del trabajo y del futuro colectivo.
Inteligencia artificial (IA): productividad concentrada. La IA constituye el principal motor de esta fase. A nivel agregado, la IA promete aumentos significativos de productividad; sin embargo, su implementación ocurre en mercados altamente concentrados. Las principales empresas tecnológicas generan rentas extraordinarias gracias a economías de escala, el control de datos y el acceso privilegiado a financiamiento.
Krugman insiste en que el problema no es la innovación, sino la incapacidad política para regular su difusión. La evidencia muestra que los beneficios de la IA no se distribuyen automáticamente: se encapsulan. Eso explica por qué el crecimiento puede coexistir con el pesimismo social, el temor al desplazamiento laboral y la oposición política a la tecnología.
Para las economías en desarrollo, el riesgo principal no es el desempleo tecnológico inmediato, sino la irrelevancia progresiva en cadenas de valor cada vez más intensivas en conocimiento. La brecha no es entre quienes usan IA y quienes no, sino entre quienes la integran en sistemas productivos complejos y quienes la consumen de forma pasiva.
Financiarización y crecimiento sin transformación. Otro rasgo definitorio del rumbo global es la profundización de la financiarización. El capital encuentra retornos crecientes en activos financieros y tecnológicos, mientras que la inversión productiva enfrenta rendimientos relativamente menores. Esa dinámica refuerza la volatilidad y desvincula la estabilidad macroeconómica del desarrollo estructural.
Rodrik se esfuerza en mostrar que las economías exitosas no son necesariamente las más abiertas, sino aquellas que saben para qué se abren, qué sectores protegen temporalmente y cuáles transforman estratégicamente. La apertura sin estrategia deja de ser virtud y se convierte en vulnerabilidad.
La República Dominicana
Desempeño macroeconómico y límites estructurales. La República Dominicana ha exhibido uno de los desempeños macroeconómicos más consistentes de América Latina. Entre 2010 y 2024, el crecimiento promedio anual se situó en torno al 5%, con episodios de expansión superiores al 7%. La inflación ha permanecido relativamente contenida y la deuda pública, aunque creciente, se mantiene manejable en términos regionales.
Además, para más luz de futuro al final del túnel del presente, recién se anuncia una inversión significativa de Google en el país.
No obstante, tal desempeño convive con limitaciones estructurales persistentes:
- La productividad laboral crece a un ritmo inferior al 1% anual, muy por debajo de las economías que han logrado convergencia real.
- Más del 60% de las exportaciones proviene de sectores de baja y media complejidad (turismo, zonas francas tradicionales, servicios).
- El país importa más del 85% de la energía que consume, lo que lo expone a choques externos y presiones inflacionarias.
- El gasto en investigación y desarrollo se mantiene por debajo del 0.1% del PIB, frente a niveles superiores al 2% en economías tecnológicamente dinámicas.
- A pesar de los avances en cobertura educativa, persisten brechas significativas en la calidad, particularmente en matemáticas, ciencias y competencias digitales.
Esos datos, —incluyendo por demás todos los que avalan que “nuestra economía requiere de un ajuste estructural” (B. Vega), que el 3.4% del último crecimiento del PIB “es una señal de alerta”, al igual que también lo son el 1.5% del sector construcción (R. Ovalle) y la caída de las proyecciones de crecimiento de RD al año 2034 (Índice de Complejidad Económica, del Growth Lab de la Universidad de Harvard),— sugieren que la economía dominicana crece, pero no se transforma, debido a sus niveles de endeudamiento, las pérdidas constantes de las tres distribuidoras eléctricas y el paupérrimo desempeño escolar, entre otros factores principales de contrariedad.
La cosa resulta ser así: el riesgo no es el colapso, sino la permanencia en una trayectoria de crecimiento sin densidad productiva, vulnerable a cambios tecnológicos, energéticos y geopolíticos. Y postrada ilusamente en el espejismo del ingreso medio.
Demografía, energía y vulnerabilidad futura. La estructura demográfica relativamente ‘joven’ constituye una ventaja potencial, pero solo bajo condiciones específicas. Como subraya Stiglitz, la demografía solo es un activo cuando se traduce en productividad e instituciones. De lo contrario, se convierte en presión social diferida.
En paralelo, la transición energética y el estrés hídrico redefinirán los costos relativos de producción. Para un país importador neto de energía y alimentos, postergar inversiones en resiliencia energética, agua y adaptación climática no es neutral: es una transferencia intertemporal de riesgos.
El Estado y la capacidad de orientar el desarrollo. Mazzucato ha demostrado que los Estados que lideran sectores estratégicos no se limitan a corregir fallas de mercado: definen misiones, orientan inversión y asumen riesgos que el sector privado evita.
En ese contexto, el dilema dominicano no es ideológico, sino estratégico: persistir en un Estado administrador de la estabilidad o avanzar hacia un Estado capaz de coordinar la transformación productiva. Permanecer en el más de lo mismo, si acaso, o avanzar en procura de una meta acordada por todos en común.
Conclusión: el costo de quedarse donde se está
La economía mundial avanza hacia un capitalismo más concentrado, tecnológicamente intensivo y financieramente sofisticado, donde el crecimiento ya no garantiza bienestar ni convergencia. En ese contexto, la República Dominicana enfrenta una disyuntiva clara: utilizar la estabilidad como plataforma de transformación o convertirla en un techo complaciente y autoimpuesto.
Crecer ya no basta. Importa cómo se crece, para quién y con qué capacidades se construye el futuro. No tomar decisiones estratégicas no es una opción neutral, sino una forma diferida —y costosa— de decidir.
En la economía que viene, quedarse donde se está no equivale a estabilidad. Equivale a rezago relativo.
Llegado a esa conclusión, me cobijo en la independencia alcanzada en este 27 de Febrero renovado y me retiro en paz al mundo antropológico de la filosofía. Desde ahí, para recordar que, como escribió Federico Nietzsche, lo escrito anteriormente lo saben requetebién los de raza económica, pero no así los de la raza política, ni quienes toman las decisiones en el mercado público donde un loco anunció —a plena luz del día— que “Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado”.
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