«Todavía sueño con cuernos», dijo Felipe Ballina mucho tiempo después de lo ocurrido. No tenía pesadillas con el demonio, salvo cuando se le aparecía en forma de toro de lidia. La historia, que el pasado 29 de enero cumplió veinte años, ocurrió más o menos así:

Un ejemplar de 503 kilos entró al ruedo de la plaza, pero en lugar de embestir al matador, se alejó del centro, tomó impulso y voló. Voló tan alto que superó la barrera que protege al ruedo y de un salto se instaló en los tendidos de sombra, es decir, en los lugares VIP de la Monumental Plaza de Toros México.

Aunque quedó atrapado en el graderío y se movía con dificultad, tener semejante animal tan cerca era más peligroso que surrealista. Por fortuna, llegó Manolo Rodríguez, uno de los banderilleros de aquella tarde, que le ató el rabo a una varilla. Luego, don Felipe Ballina, espada en mano, tuvo que sacrificarlo.

El toro se llamaba Pajarito. Un pajarito ligero (media tonelada) que no buscó al torero sino embestir al cielo. Por eso hay quien dice que la realidad no es seria en sus asuntos. Si se hubiera llamado Sigiloso, hubiera atacado con discreción, casi sin mugir, pero con semejante nombre no podía renunciar al deseo de elevarse.

Fueron tan solo cinco segundos desde que el miura, de la ganadería de Cuatro Caminos, salió a cumplir el rito de la tauromaquia; hoy visto con malos ojos por eso del sufrimiento animal. Quién dice que el tiempo no es elástico, si cinco segundos alcanzaron para un inusitado salto, para generar pánico primero y sorpresa después. Además, hoy no falta quien los vuelva a recrear desde el recuerdo, desde la nostalgia, desde youtube…

Aquel domingo, la gente había ido a ver a Pablo Hermoso de Mendoza, elegante torero a caballo, que ofreció una faena inolvidable, pero no tanto como las acrobacias del corpulento astado.

Gardel cantaba que veinte años no es nada. No obstante, en este suspiro de eternidad, la Monumental ya no es la misma (quién lo es). No estalla más el clarín que solía anunciar la fiesta brava, por una ley que prohíbe cualquier tipo de maltrato contra el «invitado especial». Nada de muletas, banderillas ni estoques. De esta manera, según los conocedores, la corrida pierde su interés. Por supuesto, mi ignorancia en estas artes es tan fuerte como los bureles, ¿arte o salvajismo? ¿Tradición o violencia?

Acaso para Picasso ver este ballet multicolor y sangriento en la arena de Nimes era un antídoto contra la nostalgia, contra el exilio. La fama de Pajarito generó un libro, firmado por Heriberto Murrieta y Sergio Hernández; incluso, hay una placa en el lugar mismo del despegue que confirma lo imposible.

«¿Volverán los oscuros animales en tu plaza sus bufidos resonar? Pero aquel Pajarito que volaba grácil y presuroso, ese, no volverá», se lamenta algún ocioso aprendiz de poeta.

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

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