Cada vez que se publican los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA), el debate público en la República Dominicana tiende a caer en un ciclo predecible de señalamientos, reproches cruzados y frustración colectiva. Sin embargo, evaluar el sistema educativo no puede convertirse en un tribunal para condenar a docentes, autoridades o familias. PISA no es una sentencia ni una etiqueta de fracaso perpetuo; es, en su sentido más estricto, una herramienta diagnóstica de alto valor para identificar brechas, entender realidades y tomar decisiones informadas de política pública.

La lectura sobria de PISA 2025 ofrece indicios claros sobre hacia dónde deben orientarse esas decisiones. Por un lado, el país registró una señal positiva en el área de Ciencias, alcanzando 361 puntos frente a los 336 obtenidos en 2018. Este repunte confirma que, cuando se articulan esfuerzos curriculares e intervenciones focalizadas, los aprendizajes responden favorablemente. Por otro lado, los resultados en Lectura (346) y Matemáticas (339) confirman que persisten desafíos de fondo: la mayoría de los jóvenes evaluados aún se sitúa por debajo del nivel 2 de la OCDE, el umbral básico para aplicar conocimientos a problemas cotidianos y razonar críticamente.

Interpretar este diagnóstico con madurez exige examinar el ecosistema en el que opera la escuela dominicana. Tras más de una década asignando el 4 % del PIB a la educación preuniversitaria, el país ha logrado avances innegables en infraestructura escolar, condiciones salariales y dotación tecnológica. Sin embargo, el diagnóstico muestra que los recursos por sí solos no garantizan automáticamente la apropiación de competencias dentro del aula. La inversión ha sido la base material necesaria; ahora la prioridad debe centrarse en lo pedagógico y metodológico.

El diagnóstico también transparenta factores operativos que afectan directamente los resultados. En el último ciclo lectivo, la pérdida promedio de casi 19 días de docencia efectiva redujo de manera sensible el tiempo de contacto pedagógico indispensable para consolidar contenidos complejos. A ello se suma la convivencia con un entorno de pantallas y dispersión digital que compite agresivamente con los hábitos de concentración y lectura profunda, planteando a los centros educativos la necesidad de metodologías de aula más interactivas y contextualizadas.

Con esta radiografía sobre la mesa, el camino no es la censura, sino la acción basada en evidencia. Cuatro decisiones estratégicas emergen con claridad:

  1. Garantizar el tiempo pedagógico efectivo: El cumplimiento íntegro del calendario escolar debe protegerse como el recurso más valioso de los estudiantes. Optimizar cada hora de clase y establecer mecanismos ágiles de recuperación ante cualquier interrupción es el primer paso para nivelar aprendizajes.
  2. Fortalecer la formación y el verdadero acompañamiento docente en el aula: Más que medir credenciales formales o acumular horas de capacitación teórica, las decisiones formativas deben centrarse en el modelaje de prácticas pedagógicas activas, la didáctica de las ciencias y el seguimiento constructivo en el aula.
  3. Intervención focalizada en las etapas tempranas: Las debilidades evidenciadas a los 15 años suelen originarse en la base del sistema. Un plan de choque en comprensión lectora y razonamiento lógico-matemático durante el primer ciclo de primaria es indispensable; quien no consolida la comprensión lectora temprana enfrentará barreras insalvables en las ciencias y el razonamiento numérico posterior.
  4. Alianza activa entre escuela, familia y comunidad: La educación no ocurre en un vacío. El diagnóstico invita a construir una corresponsabilidad real en la gestión del tiempo de los jóvenes, promoviendo hábitos de lectura en el hogar y un uso reflexivo y equilibrado de las tecnologías digitales.

Asumir PISA 2025 como un mapa de navegación y no como un veredicto punitivo es la única vía para avanzar. Los datos nos indican con precisión dónde estamos y qué áreas demandan mayor atención. Aprovechar ese conocimiento para corregir rumbos y sostener políticas educativas de largo plazo, por encima de coyunturas políticas, será la verdadera medida de nuestro compromiso con el futuro de la juventud dominicana.

Anthony Almonte Minaya

Historiador, Educador, Politólogo

Anthony Almonte Minaya, de nacionalidad dominicana, es un destacado profesional con una sólida formación académica y una amplia trayectoria en diversas áreas. Sus credenciales incluyen: Maestría en Historia Dominicana de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Licenciatura en Educación con mención en Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue encargado del Departamento de Ciencias Sociales y profesor en el Colegio de La Salle en Santiago. Miembro de Ateneo Amantes De La Luz Miembro de la comisión de Efemérides Patria de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Recinto Santiago.

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