En memoria de Osvaldo Vásquez (El Chori)
La agilidad y destreza del Chori en las labores de inteligencia y conspiración le ganaron respeto, autoridad y reconocimiento dentro de la dirigencia y la militancia del Movimiento Revolucionario 14 de Junio. Desde el Buró Militar destacó por su disciplina y capacidad organizativa, prolongando luego sus actividades en la Línea Roja, donde alcanzó una dimensión casi legendaria entre los compañeros que conocieron de cerca el mundo de la clandestinidad.
Puede decirse que el Chori poseía la habilidad de un hombre hecho para las sombras. Se desplazaba como un escarabajo silencioso entre los vericuetos de la conspiración, dejando apenas rastros de su presencia. Pero su mayor especialidad era la preparación de documentos de identidad destinados a evadir la persecución y facilitar tanto la movilidad como la penetración en escenarios difíciles, donde los organismos policiales y de espionaje ejercían un férreo control.
Su labor técnica y política constituyó un soporte invaluable para el sostenimiento de la estructura clandestina. Para aquellos trabajos de confección de identidades, el Chori contaba con lo que él mismo llamaba «el laboratorio»: un improvisado, pero eficiente centro de elaboración de documentos. Allí reposaban las llamadas «tripas», utilizadas entonces como base para confeccionar cédulas y pasaportes, así como sellos gomigrafos, impresos y secos. En fin, varios instrumentos que servían para elaborar identidades falsas.
Todo aquel instrumental clandestino, manejado con paciencia artesanal y precisión casi científica, servía para abrir caminos en medio de la persecución. En aquellas manos, un pedazo de papel podía convertirse en una nueva identidad y una identidad podía significar la diferencia entre la libertad y la cárcel, entre continuar la lucha o caer en las manos de la persecución.
El Chori dominaba con exactitud el arte de hacer coincidir las cédulas con sus números de serie, de manera que quien asumiera una identidad pudiera sostener una leyenda coherente y convincente frente a cualquier pesquisa. Aquello no era solamente una habilidad técnica; era una tarea vital para la supervivencia de compañeros perseguidos, para la continuidad de las reuniones conspirativas y para mantener viva la capacidad operativa de la organización.
Esa capacidad quedó demostrada en la preparación de identidades para los combatientes que se trasladaron a San Francisco de Macorís durante la Guerra. Todos pasaron los retenes de control y vigilancia sin ser detectados. Detrás de aquella aparente normalidad estaba el trabajo silencioso de un hombre que sabía que, en la clandestinidad, el éxito consistía precisamente en que nadie supiera que uno había estado allí.
Entre las hazañas de este tipo podemos mencionar que, en el año 1967, la Policía Nacional, bajo la dirección de Ney Tejeda Álvarez, publicó un aviso en la prensa nacional con los nombres y las fotografías de una gran cantidad de cuadros políticos del 14 de Junio. Sin embargo, varias semanas después, un grupo de esos compañeros salió del país con pasaportes falsos, sin que los inspectores y calieses de Inmigración pudieran darse cuenta.
Personaje propio de la conspiración revolucionaria, era frecuente verlo caminar subrepticiamente por Villa Juana, Villa Consuelo o San Juan Bosco, casi siempre protegido por un pequeño sombrero y por una conducta discreta que parecía parte natural de su personalidad. A diferencia de otros compañeros que se exponían o resultaban fácilmente identificables, este cuadro de la inteligencia revolucionaria se movía sin llamar la atención. Sabía que, en aquel oficio, pasar inadvertido era también una forma de combate.
Pero hay algo que tenemos el deber de señalar y resaltar. El compañero Chori fue durante varios años el encargado de los exámenes para la obtención del permiso de aprendizaje de conducir en Obras Públicas. Nunca nadie pudo sobornarlo en un país lleno de buscones y «cobradores diligenciales». Su moral y honestidad no se detenían en las puertas de su despacho; allí también demostraba que los principios que había defendido en la clandestinidad podían sobrevivir perfectamente a la vida cotidiana.
También es necesario señalar que Osvaldo Vásquez fue el ingeniero encargado de las obras urbanas en Villa Juana, conocida como «Quinto Centenario», monumental obra del período de los diez años de Balaguer. La terminó con el presupuesto asignado y no se enriqueció, como otros ingenieros que realizaban una obra pequeña y salían de ella convertidos en millonarios. En una época en la que el ejercicio de una función pública podía convertirse en una puerta hacia el enriquecimiento personal, el Chori demostró que también se podía administrar con honradez, trabajar con responsabilidad y marcharse con las manos limpias.
Fue un autodidacta tenaz. Se formó en el manejo de armas de distintos calibres y en el uso de explosivos, no por afán aventurero, sino porque entendía que la disciplina revolucionaria exigía preparación constante. Como ingeniero, además, aportó importantes conocimientos en el estudio de mapas y de la geografía con fines insurreccionales durante el auge de la línea del foco guerrillero. Su capacidad analítica y organizativa lo convirtió en un hombre útil en múltiples terrenos de la lucha.
Sin duda alguna, el papel del Chori fue de gran importancia para el 14 de Junio y para la Línea Roja. Fue un militante querido, respetado y apreciado por todos los compañeros, incluso en los momentos más difíciles de las divergencias y luchas ideológicas internas. Su conducta estuvo marcada por la lealtad, la serenidad y una profunda convicción revolucionaria.
Con la muerte del compañero Osvaldo Vásquez se marcha un gran hombre y un revolucionario auténtico. Queda detrás de él una leyenda tejida más por los hechos que por las palabras, porque hizo de la discreción una norma de vida. Nunca necesitó anunciar lo que hacía ni reclamar para sí los méritos de sus acciones. En un mundo donde tantos buscan reconocimiento antes de haber hecho algo digno de ser reconocido, el Chori perteneció a otra estirpe: la de aquellos que hacían lo que tenían que hacer y después regresaban silenciosamente a su lugar.
Nunca buscó protagonismos ni cultivó el exhibicionismo político que muchas veces acompaña las narraciones de la clandestinidad. Vivió como actuó: en silencio, con firmeza y sin estridencias. Quizás por eso su nombre no aparece con la frecuencia que debería en las historias oficiales de aquella época. Pero quienes compartieron aquellos años saben que la lucha no la hicieron solamente los hombres que subían a las tribunas, pronunciaban discursos o aparecían en los titulares de los periódicos. También la hicieron los que caminaban de madrugada, los que escondían documentos, los que abrían puertas, los que transportaban compañeros, los que conocían los caminos de la clandestinidad y los que, como el Chori, entendieron que una revolución también necesita hombres capaces de trabajar en silencio.
Tal vez por eso, alrededor de su figura permanece cierto mutismo, una especie de respeto callado que impide convertirlo en personaje de espectáculo. Y quizá esa sea la mejor manera de recordarlo. Hay hombres cuya grandeza disminuye cuando se exagera y se engrandece cuando se cuenta sencillamente lo que hicieron. Osvaldo Vásquez fue uno de ellos. Su historia no necesita adornos porque los hechos tienen su propia fuerza.
A veces evitamos relatar hechos o anécdotas vinculadas a nuestra vida personal, porque, en medios donde muchos intentan convertirse en protagonistas de leyendas, conviene cuidar las formas para no terminar pareciendo actores de película. Pero existen hombres cuya trayectoria obliga a vencer ese silencio. No para alimentar mitos vacíos ni para construir héroes de papel, sino para preservar la memoria de quienes entregaron una parte de su juventud, de sus sueños y de su tranquilidad a una causa que consideraban justa.
El Chori perteneció a esa generación. Una generación que conoció la persecución, la clandestinidad, la cárcel, el exilio, la guerra y las contradicciones de una lucha que muchas veces obligó a escoger entre la seguridad personal y el compromiso. Una generación que aprendió que la palabra revolución no era una consigna para pronunciarla desde una tribuna, sino una responsabilidad que podía costar la libertad, la tranquilidad, la familia y, en muchos casos, la vida.
Por eso hoy, al despedir a Osvaldo Vásquez, no despedimos solamente a un compañero. Despedimos una parte de aquella historia que se va apagando con la muerte de sus protagonistas. Y mientras desaparecen los hombres, queda la obligación de rescatar sus nombres del olvido.
El Chori se ha marchado como vivió: discretamente. Sin estridencias, sin reclamar honores, sin pedir que nadie levantara una estatua en su memoria. Pero dejó algo más importante que una estatua: dejó el ejemplo de una vida coherente con sus principios.
Quizás esa sea, al final, la verdadera grandeza de Osvaldo Vásquez. Fue un hombre de las sombras que no necesitó la luz del protagonismo para demostrar quién era. Un hombre del 14 de Junio que entendió que la revolución también se construía desde el silencio. Y ahora que se ha ido, corresponde a quienes sobrevivimos contar su historia para que el silencio que él convirtió en virtud durante la clandestinidad no termine convirtiéndose en silencio de olvido.
La raza inmortal sigue presente en el ejemplo de hombres y mujeres de la categoría de Osvaldo Vásquez, de las hermanas Mirabal, de Manolo, de Oscar Santana, Orlando Mazara, Homero Hernández, Amaury Germán y de todos los que abrazaron la lucha revolucionaria.
Hay silencios que protegen una causa y hay silencios que sepultan la memoria. El del Chori fue de los primeros. El nuestro no puede ser de los segundos.