Crecí creyendo que mi madre formaba parte de la casa.
Como las puertas.
Como los muebles.
Como el olor a comida caliente al mediodía.
Pensaba que ese era su hábitat natural, como si nunca le hubieran enseñado a existir fuera de nosotros.
La casa contenía a mi madre y mi madre contenía la casa. Eran la misma cosa, una dentro de la otra. Me resultaba imposible imaginar la casa sin mami, y mucho más imposible imaginar a mami fuera de ella.
Frenética con el orden y la limpieza, todavía recuerdo cuando pasabas el dedo sobre los muebles para comprobar que no quedara polvo. Como si la decencia de una mujer pudiera medirse por el brillo de su casa.
Y como la casa eras tú y tú eras la casa, también eras el lugar donde aparecían todas las cosas perdidas.
—Mami, ¿dónde está mi uniforme?
—Mami, no encuentro los zapatos.
—Mami, ¿viste mi libro?
—Mami, ¿qué hay de desayuno?
—Mami, no encuentro mis lentes.
Y tú siempre sabías.
Sabías qué comía cada uno, cómo curar la fiebre, quién escondía una tristeza, quién sufría un mal de amor. Tu silencio era la música de la casa. Siempre estabas ahí, como parte del paisaje, como si el mundo descansara sobre tus manos.
En el colegio, cuando preguntaban por mis padres, respondía:
—Mi papá es abogado.
Y luego añadía, casi automáticamente:
—Mi mamá no trabaja.
Lo decía mientras lavabas, cocinabas, nos preparabas para la escuela, organizabas uniformes y mochilas, hacías desayuno y sostenías el mundo sin salario. Yo te imaginaba tranquila, recién bañada, sentada en la galería leyendo, como si el orden ocurriera por generación espontánea.
No solo eras madre. También eras reloj despertador. Me levantabas de madrugada para estudiar, me hacías café y velabas mis desvelos. Mientras yo memorizaba apuntes, tú leías en silencio.
Siempre ahí.
Hasta que un día, meses antes de morir, te pregunté cuándo habías sido feliz.
Y con esa calma que te caracterizaba respondiste:
—Antes de casarme. Después solo me dediqué a cuidarlos a ustedes.
Sus palabras fueron un puñal: hay mujeres que no mueren en la maternidad, sino que se van borrando lentamente dentro de ella.
Mami, jamás imaginé que eras una mujer. Creía que existías para resolverlo todo: el hambre, la fiebre, el miedo, la ropa limpia. Te veía como una asistente de Dios. Nunca me pregunté quién te cuidaba a ti.
Tal vez el mayor acto de amor este Día de las Madres no sea felicitarlas. Tal vez sea dejar de exigirles que se sacrifiquen para merecer amor.
Mi madre también era una mujer.
Y ojalá lo hubiese entendido antes.
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