Espejo de los sueños. Suturas visuales. Fórmulas y vidas mágicas. Caminos también soñados se expresan de manera sorpresiva en el acto creacional de Dionisio Blanco. Tal es el rostro oculto, sugerido del sembrador que absorbe tiempos en un solo registro asumido por el artista. Pues necesario observar cómo el cuadro se debe a una concepción de lo artístico donde se hace observable la disciplina y el tratamiento de los cromatismos aplicados de manera coherente y legible.
De esta manera se reconoce una artisticidad dúctil, espejeante, simbólica y portadora de fuentes modernas surreales líricas donde la limpieza del cuadro acerca al espectador al lenguaje mismo de la obra.
Este juego de las estructuras imaginarias se puede observar en el cuadro-cultura Sembradores en el trópico secular (acrílico y óleo sobre tela. 1.01 m x 1.27 m, 1996) en cuya juntura significante, la mano, el cuerpo y el paisaje cualifican la historia del mundo natural, así como los diversos enclaves significantes actualizados en el signo-texto que constituye el cuadro-cultura. La categorización del trazo y del color, así como la selección de los puntos fuertes del cuadro-cultura activan un orden interno de la naturaleza que a su vez pronuncia el ícono y la letra como componentes del texto visual. Esta unidad antropológica sustituye lo material creando un trazado que intensifica el relato pictórico en las diversas vertientes enunciativas de lo visual.
El artista Dionisio Blanco activa sus anclajes mediante la red sígnica y el resorte significante. El ojo y la mano textualizan la materia, así como los elementos míticos verticalizantes que en el impulso de las claves construyen lo pictórico en tanto que visión del arte. Lo que Dionisio Blanco pretende permanentizar es el cuerpo, la mirada y la tierra en la dinámica del cuadro-cultura. Pues este dialoga con el espectador presentificando sus entidades-signos en la semántica cultural.
En Sembradores como ritual de la fertilidad (acrílico y óleo sobre tela, 1.01 m x 11.27 m) el diálogo entre sembradores es un diálogo entre soledades y entre paisajes de fondo. Se trata de una historia de cuerpos y brotes que generan el arquetipo y la huella. La función especular textualiza el empuje del cuerpo hacia el paisaje mediante la sobresignificación de un saber-hacer de la pintura. Aquí, el cuadro-cultura es un textomundo que produce el relato pictórico desde la forma testimonial y el enclave imaginario. El espacio mítico es un espacio de perplejidades a partir del cual el artista desconstituye los ecos visibles para resignificar los encuadres que instituyen la pictoricidad.

La metáfora del espejo es una metáfora multiespecular, por cuanto la misma se explica en el movimiento de la visión fundante como gesto y perspectiva, como troncalidad imaginaria que ontologiza el cuerpo y el paisaje. El cuadro-cultura se reconoce en aquella metáfora macrosémica del espacio pictórico donde encontramos la redefinición de lo temporal como contraperspectiva tópica y mítica. Sembradores frente al espejo múltiple (acrílico y óleo sobre tela, 1.01 x 1.27 m., 1996) supone la puesta en función de un dispositivo plástico entendido en la sistemática de una función específicamente pictórica. Aquí podemos observar la contradictoriedad de lo virtual en la forma misma del dispositivo. Señales, clasemas pictóricos y rimas pictóricas se advierten en la multiplicidad del especulum situado como dispositivo en la línea de horizonte del cuadro-cultura.
Tanto en Sembradores como ritual de la fertilidad (acrílico y óleo sobre tela, 30 x 40, 1996) como en Contacto de sembradores (acrílico y óleo sobre tela, 50 x 60, 1995) asistimos a una puesta en significado del concepto operativo denominado cuadro-cultura para categorizar la juntura pictórica propia de un artista que define sus funciones plásticas en la troncalidad de los mitos caribeños. La operatividad de este concepto funcional participa de un programa estético asumido por el artista Dionisio Blanco a partir de ideas, signos y marcos de significación que constituyen su propio universo pictórico.

Pero la base del cuadro-cultura se instituye en lo que hemos llamado el cosmos visionario del artista.
La pintura significante particulariza el vínculo y la raíz para, de esta manera, construir su propia diferencia cultural a través del arte. El elemento articulador del cosmos visionario es el registro material cualificado en la composición pictórica como se puede observar en Fantasías oníricas de sembradores (acrílico y óleo sobre tela, 30 x 40, 1996). El sueño de los sembradores es lo que niega la realidad y las figuras oníricas constituyen a su vez una retórica onírica de lo imaginario, a partir de la cual el cuerpo y la naturaleza cobran su valor específico en el dispositivo pictórico.
El espejo, el nombre, los signos, así como los abismos del inconsciente artístico generan una lectura manifestativa a partir de la cual el color, como la luz en el punto fantasmático, instituyen el cuadro-cultura en tanto que función estética y transformativa de lo pictórico.
El hechizo del cuerpo y de la tierra, así como el dinamismo y la visión especular constituyen el equilibrio y el diálogo micropictórico desde el cual las unidades constitutivas pronuncian la significación mítica e imaginaria en su dinámica articulada por los ejes del cuadro-cultura.
Para Dionisio Blanco esta juntura produce los efectos propios de una estética instruida en el arquetipo y en los vínculos que presentifican los signos de la cultura.
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