De la amistad sobreviven los cuentos y palabras que te habrán sacado chispas. Los momentos más apreciados de tu vida serán proyectos de guiones para películas que nunca acabarás de filmar y acabarán seguramente en su maleta, tu bolsillo o en una fundita que fue de compras en El Nacional o El Bravo y que reciclaste para la basura.
Ahora que las cuestas arriba se hacen más visibles, también las cuestas abajo dependerán más de ti. Recordarás aquello de no tropezar dos veces con la misma piedra, sabiduría que igual saldrá de Confucio, la Biblia y, últimamente, hasta de Julio Iglesias.
Hay domingos en las tardes que me dan ganas de llamar a Fausto Rosario Adames para que me recite poemas de León Felipe. Uno de los últimos fue «Sé todos los cuentos», que acaba así:
«Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos».
A lo que voy: ¿cuántas mentiras cotidianas más soportaremos? ¿Me seguirás durmiendo con tus cuentos?
Se les ve en misa, compartiendo con las mismas autoridades o dando gracias a Dios desde que se cepillan, pero será más fácil que le donen sus hígados a la Cruz Roja que desistan de las mentiras.
Cada día hay una ración tan grande de ellas que a menudo se me extinguen las ganas de prender esta pantalla.
Pero las mentiras no vendrán solas. En eso recuerdo uno de los chistes absurdos que oí en La Habana en 1983, sobre cómo tú reconoces a los vietnamitas. «Chico, es claro, tú reconoces a un vietnamita porque siempre anda al lado de otro vietnamita». Así serán las mentiras: andarán con sus primas, la falsedad, la hipocresía, el abuso, la trampa, los saltos por los aires, eso es la lucha libre. Las mentiras nunca andarán solas. ¡Son tan inteligentes como sus cultores!
Hay millones de maneras de mentir: haciéndose el loco, estando aquí pero no siendo yo, esperando que los plátanos se maduren, poniendo el policía acostado del jefe que no estará, del reglamento que habrá de cumplirse, del sistema que se cayó, de la carne de vaca que le faltará al sancocho porque las vacas se pusieron chivas, la más clásica: que estaba en una reunión.
Mientras tanto, la vida se acortará, las ganas serán menos, el cansancio hará su trabajo de termitas, y mejor dejas para el otro fin de semana lo que tendrías que hacer hoy.
Ante ese vendaval, nos queda el cinismo. Al cinismo, cuando no a la pura risotada o a la burla o lo que usted quiera, le tengo que agradecer el no haber fallecido en el intento. El no tomarme en serio a nadie ni nada en la media ínsula es lo que me ha permitido flotar, flotar un chin, un gran chin. Y que esto me sirva de ridículo consuelo, porque ni mis libros se salvan. El papel, con todas las ideas e ilusiones que contendría, también sería tremenda ilusión, mayúscula, consuelo de tontos, pero al menos será algo, la nota al pie de esta vida cada vez más frágil.
Y como dije que la mentira nunca anda sola, como los vietnamitas, hay un compañero obligatorio de los mentirosos: el de la falsedad. O, más claramente, el chorro de gente que hace las cosas porque hay que combatir el aburrimiento o la falta de luz, o, mejor dicho, de brillo, de síndrome Faro a Colón, porque tendremos que iluminar al mismísimo cosmos. Dentro de este ámbito están los especialistas del relumbrón: los que sacan la cabeza, como la jicotea, y la vuelven a esconder, como si en vez de jicoteas fueran osos polares y, por necesidad, tuvieran el derecho al descanso casi eterno.
¿Te has puesto a pensar que en la vida lo más hermoso solo se logra cuando hay constancia, convencimiento, identificación entre la mano que empuja el carro o teclea el mouse y el corazón?
Ahora que se tiene la sensación de que estamos empujados a la pantalla, pienso en las estrategias dentro de la sobrevivencia: lo que hacemos porque sí, porque es bueno, o lo que se diluye dentro de los compresores que bombearán tu mismísimo ego.
El problema de pensar estas maneras de agenciarse y disponerse en lo público es enfrentarse al final al tema de los valores. ¿Para qué la gente tiene que ver mi cara, saber qué y con quién y dónde o cómo o a cuál concierto fui el otro día? Todo será decisión personal, y ante ese dique habría que volver al anillo de Moebius y preguntarse hasta dónde llegaremos dentro de esta maquinaria de rostridad, ese saber y conocer la vida de los otros, cuando la nuestra propia a veces es más que miserable.
Pero no sigo haciéndome más preguntas. Dejaré estas líneas como un disco de 45 RPM, que no bien nos está animando cuando se acaba en sus no más de cuatro minutos. No llamaré a mi amigo Fausto porque igual yo también me compré las poesías completas de León Felipe, y mejor enfrentarme yo a esos inmensos enanos de Velázquez que pululan por todo esto llamado vida y país dominicano y tal vez la mismísima Cochinchina, si es que hay cochinchinos, que eso lo dudo, como tantas cosas.
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