Se pensaría de esa manera porque en el dramático juego de oferta y demanda, el libro no se considera mercancía predilecta.
En un interesante artículo, haría no pocos años, de Henri Raczymow se puede leer que no existen escritores buenos y confiables, con muchos seguidores.
Sobre ello Vargas Llosa habría escrito:
"Su argumentación es coherente. Parte de un hecho comprobable: que, en nuestros días, no hay una sola de aquellas figuras que, en el pasado, a la manera de un Víctor Hugo, irradiaban un prestigio y una autoridad que trascendía el círculo de sus lectores y de lo específicamente artístico y hacía de ellas una conciencia pública, un arquetipo cuyas ideas, toma de posición, modo de vida, gestos y manías servían de patrones de conducta para un vasto sector (…)".
Además de lo dicho, subraya lo siguiente:
"¿Qué escritor vivo despierta hoy esa arrebatada pasión en el joven de provincias dispuesto a dejarse matar por él, de que hablaba Valéry? (…)".
Esa pregunta no se puede menos que decir que luce atinada, en tanto la situación del escritor de este tiempo no podría ser peor en un mundo condicionado y dominado por la globalización y la ley de oferta y demanda del mercado.
Vargas Llosa, no sin razón, sostiene:
"(…) La banalización es el resultado de esa vorágine en la que ningún libro permanece, en la que todos pasan y no vuelven, pues la literatura ya solo cuenta como producto de consumo inmediato, entretenimiento efímero o información que caduca en el instante de ser conocida".
Esa interpretación, lúcida y visionaria, revela la crisis por la que atraviesa el libro y su escasa valoración.
Poco a poco, se ha venido perdiendo el interés por la lectura.
Parecería que hoy día se valora más lo material en vez de lo espiritual.
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