En nuestro país, cada vez que llueve un poco más de lo acostumbrado, el agua que corre por las calles arrastra buena parte de la basura que encuentra en el camino.

En la República Dominicana, la basura no es solo un problema de limpieza: es un espejo incómodo donde se refleja quiénes somos como sociedad. Cada funda negra tirada en una esquina, cada vertedero improvisado, cada zafacón desbordado nos recuerda algo que preferimos no mirar de frente: hemos normalizado el desorden.

En cualquier país, recoger la basura es una de las funciones más básicas del gobierno. Aquí, sin embargo, la basura se ha convertido en un lenguaje silencioso del Estado: tan pronto vemos el desorden, percibimos el olor a cloaca, a podrido, a enfermedad, y pensamos que nuestras autoridades no lo están haciendo bien.

Donde hay basura acumulada, hay ausencia del Estado.
Donde hay vertederos improvisados, hay planificación fallida.
Donde las calles huelen a abandono, hay instituciones que no han cumplido su rol.

Los gobiernos municipales o provinciales de las ciudades limpias le dan prioridad a la recogida de basura y la realizan en horarios que no interrumpen el tránsito. Al hacerlo de noche, se reduce la sensación de suciedad y el impacto de la putrefacción.

La economía crece: compramos más, consumimos más, usamos más plástico y más empaques; pero el sistema para manejar todo eso sigue siendo, en la práctica, el mismo de siempre.

El resultado lo vemos —y lo olemos— todos los días, con lluvia o sin lluvia:

  • ríos convertidos en basureros,
  • cañadas que arrastran plástico hacia el mar,
  • barrios donde la basura es parte del paisaje,
  • ciudades que se maquillan para eventos, pero no para su gente.

Tenemos un problema de falta de visión, continuidad y compromiso real. Vivimos en la cultura del "eso no es problema mío".

Cuando alguien lanza un vaso plástico por la ventana de un carro o deja un desecho en la orilla de un río, no está "ensuciando un sitio": está confirmando una idea peligrosa, arraigada en nuestro comportamiento diario: lo público no es de nadie.

La calle no es mía.
El río no es mío.
La cañada no es mía.
Por lo tanto, "eso no es problema mío".

La basura que vemos afuera también vive en esa mentalidad. Mientras sigamos pensando así, ningún camión recolector y ninguna campaña serán suficientes.

Además, los contratos con las empresas recolectoras deciden rutas, y los vertederos funcionan como ciudades informales donde muchos sobreviven en medio del desperdicio. La basura genera ganancias y, como todo negocio sin control real, al caos le conviene más que al orden.

Al final, los ciudadanos terminan pagando dos veces:
con sus impuestos… y con su salud física y mental.

El impacto no siempre se ve, pero se siente. La basura no solo afea una calle o una foto: también enferma. Contamina el agua que bebemos, atrae ratones, mosquitos y otras plagas.

La basura aumenta el riesgo de inundaciones que se llevan casas, puentes y hasta vidas. Y, como casi siempre, los más pobres son quienes respiran el peor aire: los que viven cerca de los vertederos, los que caminan entre los peores residuos. También quienes habitan cerca de ríos o cañadas se quedan a la buena de Dios, esperando una ayuda humanitaria que les tienda la mano. La basura es un síntoma, sí, pero también una herida abierta que sangra desigualdad.

La situación actual es el resultado de un sistema donde:

  • la educación ambiental es casi inexistente o se queda en campañas bonitas,
  • la fiscalización es débil o selectiva,
  • la planificación urbana es improvisada y reactiva,
  • y la ciudadanía está cansada de exigir lo básico y no ser escuchada.

La basura es la prueba más visible de que necesitamos una reforma profunda: no solo más camiones y mejores vertederos, sino una transformación de nuestra cultura cívica y de la voluntad política.

Limpiar nuestras ciudades no es solo recoger, es transformar

Resolver el problema de la basura no se trata solo de poner más zafacones ni de aprobar más multas. Se trata de redefinir la relación entre el ciudadano, el Estado y el espacio público.

Es entender que cada funda que tiramos no es un simple objeto: es un mensaje. Dice cómo vemos nuestro país, cómo nos vemos a nosotros mismos y cuánto nos importa el futuro.

Nuestro país ha avanzado cada día en múltiples facetas, pero en esta, tan importante, todavía huele a abandono.

Merliz Rocio Lizardo Guzmán

Aprendiz de la conducta humana. Merliz Rocío Lizardo Guzmán. Hija del escritor y profesor universitario Luis F. Lizardo Lasocè y de la doctora en medicina Idaliz Guzmán Suárez. Licenciada en psicología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con estudios relacionados en la Universidad de NYU y Hackensack, New Jersey donde cursó estudios en PTSD, además, Maestría en Sexualidad Humana. Actualmente es Profesora, por más 15 años en el área de psicología de la UASD y Terapeuta del Hospital Marcelino Vélez Santana. Asesora de estrategia de Marketing empresarial de grandes empresas nacionales y multinacionales.

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