Cuando, en un ejercicio de apreciación crítica, siempre subjetivo y parcial, tratamos de visualizar el desarrollo de las humanidades en República Dominicana, entre los escritores y los intelectuales percibimos grados diversos. En una cultura, es dable destacar a aquellos que reúnen perfiles más completos en las letras y el intelecto.
Y cuanto mejor: los perfiles de autores cultivadores de la ciencia y la literatura, los dos grandes campos que, reunidos en un todo, conforman la narratividad y la memoria del humanismo, desde la antigüedad griega y el Renacimiento hasta nuestros días (Manuel Matos Moquete, Narratividad del saber humanístico, 2018).
Desde el primer tercio del siglo XX, Pedro Henríquez Ureña se situó como el intelectual más importante de nuestro país. Era ya apreciado y reconocido en los polos centrales de la cultura a nivel continental como uno de los principales humanistas de América hispánica, junto con los mexicanos José Vasconcelos y Alfonso Reyes, por sus grandes aportes como pensador, ensayista e investigador en diferentes áreas de las ciencias del lenguaje y la cultura.
Entonces, Juan Bosch iniciaba una ascendente trayectoria literaria y política que lo convertiría, a mediados de ese siglo, en el segundo intelectual dominicano de mayor relieve. En el género del cuento, había despuntado como uno de los mejores de habla hispana, en la línea del uruguayo Horacio Quiroga.
Y, como pensador político, era considerado como uno de los grandes demócratas de América, junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, Rómulo Betancourt y José Figueres. A partir de 1963, Bosch creció y se proyectó aún más como estadista e intelectual.
Luego de Bosch, no cabe duda de que, en este primer cuarto del siglo XXI, Veloz Maggiolo es el mayor exponente de las letras y el intelecto de República Dominicana, completando así, gradualmente, el triángulo cultural en cuya cúspide brilla, sin igual, Pedro Henríquez Ureña.
Esos tres autores son las personalidades señeras de nuestras humanidades. Contamos con otros excelentes escritores: poetas, narradores, dramaturgos y ensayistas. Y, en otras disciplinas de las ciencias sociales y las humanidades, hay, sin duda, especialistas de renombre: filósofos, lingüistas, historiadores, antropólogos, sociólogos, psicólogos y economistas. Pero no se hable aquí de un género o un saber en particular, sino del perfil general de los autores y del impacto de sus obras dentro y fuera de nuestro país a través del tiempo.
La labor del escritor y del científico se aúnan en este autor. Lo académico-científico y la vulgarización son dos modelos de los ensayos de Marcio Maggiolo, en los que el estilo literario y el estilo de la ciencia son inseparables.
Es preciso destacar algunas de las características formales de sus ensayos: poseen el rigor y el lenguaje de la ciencia; unos han sido publicados en contextos científicos; otros, en contextos del gran público y se comunican como vulgarización; todos tocan los temas científicos con una facilidad de palabra y con una soltura lúdica que, aunque científicos, los ensayos denuncian al novelista y al poeta.
Veloz Maggiolo, el divulgador y el comunicador a través de la prensa y otros medios, permite trasvasar los temas áridos de la investigación a un lenguaje llano, lo cual es una destreza poco usual entre los académicos.
Hubo un tiempo en República Dominicana, desde el inicio de la década del sesenta, en que Veloz Maggiolo se fue labrando un espacio de prestigio en la literatura y en las ciencias humanas.
Escritor e investigador en arqueología y antropología, presenta una rica hoja de producciones que abarca los diversos géneros. Veloz Maggiolo es un intelectual integral. En su obra, la creación literaria y la ciencia forman una totalidad. Él es poeta, novelista, cuentista, pintor, ensayista, periodista, investigador y académico; facetas diversas que convergen en una consistente obra tramada por la pasión, la reflexión y una insaciable curiosidad que lo lleva a conocer y fabricar mundos reales y ficticios.
El conjunto de esas vocaciones, saberes y prácticas ha hecho de Veloz Maggiolo, en República Dominicana, el principal cultivador de la memoria humanística que se forma y transmite a través de las ciencias sociales y las humanidades, como conocimientos, investigación, enseñanza y divulgación en las más diversas áreas: historia, antropología, arqueología, artes, literatura, etc.; saberes que se complementan con la experiencia y sus dotes personales, como son la capacidad de observación y recordación.
No es arriesgado afirmar que Veloz Maggiolo es el más importante narrador dominicano del presente. Desde los años setenta, ese autor no ha cesado de enriquecer la novela, un género de escaso desarrollo en el país, hasta fecha reciente.
Hoy ese género ha cambiado de perfil, pasando de la cenicienta de las letras al reconocimiento nacional e internacional. Ese nuevo estatus de la novelística dominicana ha sido, en gran medida, obra de Marcio Veloz Maggiolo.
Sin embargo, en esta oportunidad quisiera detenerme a destacar particularmente la labor de ensayista del escritor, otro género que ha cultivado con valor equivalente al de la novela en producción y calidad.
Por la vía de la memoria, leitmotiv y estrategia principal del pensamiento y el arte de este ensayista, Veloz Maggiolo nos comunica la imagen del gran humanista dominicano de esta época.
Su labor tesonera y amplia es un acercamiento total, a través de sus investigaciones y escritos, a la cultura en todas sus manifestaciones: artes, literatura, historia, ciencia, tecnología y costumbres, en que las ciencias y las humanidades andaban juntas. Fue un tiempo en que el conocimiento y las letras emanaban de la misma búsqueda y tenían los mismos cultivadores. A ese tiempo se le puede llamar de letras y ciencias. Desde entonces heredamos estudios y publicaciones con nombres como Letras y ciencias, Ciencias y artes, Ciencias y humanidades, Filosofía y letras.
Fue el tiempo en que, en siglos diferentes, vivieron Platón, Leonardo da Vinci, Montaigne, Pascal y Einstein. Fue el tiempo de nuestro Pedro Henríquez Ureña, contemporáneo del gran físico alemán.
En ese tiempo no había un nombre único y especializado para designar la vasta labor intelectual de ese tipo de personalidades, sobre todo porque, en ocasiones, eran muy disímiles. No era extraño que se les llamara científicos, filósofos o humanistas. También respondían a la apelación de filólogos, polígrafos y enciclopedistas.
Nótese que algunos eran grandes artistas, como Da Vinci, gran pintor y escultor, pero también excelente hombre de ciencias. Otros, como Einstein, eran grandes científicos, pero también pensadores y escritores de talla. Incluso Einstein, un gran físico comprometido activamente en la política, fue un gran pacifista.
Igualmente, Pedro Henríquez Ureña era un científico de la lengua, pero era a la vez, como escritor, pensador y enciclopedista, el más grande humanista hispanoamericano de su tiempo.
Hoy pienso en dos ejemplos de la misma estirpe, vivos aún; dos murieron ya: Umberto Eco y Jürgen Habermas. En Estados Unidos está Noam Chomsky, el más importante lingüista actual, pero a la vez un científico cabal en inteligencia artificial, biología y matemática. Pero también el pensador político de izquierda más prolífico y comprometido con la causa de la paz y de la justicia de los pueblos que son víctimas del hegemonismo norteamericano.
El otro ejemplo está en España: Fernando Savater. Él es, en la época actual, uno de los principales filósofos españoles, pero es también un escritor galardonado. Obtuvo el Premio Planeta 2008, el más importante de España en el género, con la novela La hermandad de la buena suerte.
Cuando nos trasladamos a la sociedad dominicana en la época actual, no es difícil encontrar a intelectuales con el perfil del científico y humanista de otros siglos. Sin embargo, es una época, como ya la anunciaba Ortega y Gasset a principios del siglo XX, dominada por el analfabetismo de los especialistas, quienes son grandes conocedores de un solo dominio, una sola actividad, pero grandes ignorantes de lo demás.
Sin menoscabo de otros ejemplos, que de seguro los hay, quiero colocar el nombre de Marcio Veloz Maggiolo bajo el paraguas de tan antiguo e ilustre linaje de aquellos que, ayer y hoy, han hecho de las letras, las artes y las ciencias un camino convergente en la producción de una obra a lo largo de toda una vida.
Obra integral es la de Veloz Maggiolo, quien es pintor, escritor y científico. Es uno de los padres fundadores de las ciencias arqueológicas y antropológicas en el país. Es, hoy por hoy, el novelista de más renombre. Es cuentista, es poeta y es ensayista.
Es difícil, al abordar la obra de un creador multidimensional, separar los productos de la creación, sobre todo en su caso, en el que vivir, crear, investigar y escribir se reúnen en obras de géneros diferentes.
La obra ensayística de Marcio Veloz Maggiolo —como las demás— debe ser estudiada y apreciada en el contexto general antes apuntado. Es la obra de un creador, un investigador, un escritor que, desde diversos horizontes, proyecta una visión integral del conocimiento humano.
Los ensayos de ese autor son obra de un humanista, el principal en el país en estos momentos, digno continuador de Pedro Henríquez Ureña y Juan Bosch; quizá con la diferencia de que la escritura en ese género no es en él, como lo es en sus antecesores, la trinchera de un estilista, sin que esto implique que no se distinga por ser un laborioso y esmerado cultivador de la lengua.
Veloz Maggiolo, escritor probado, en sus ensayos refleja sobre todo al científico, al hombre consagrado al conocimiento. Muchos de estos, producidos al albur de la cotidianidad académica, de la comunicación social en la prensa y en eventos de público abierto, conservan la gracia creativa y la espontaneidad que encontramos en su prosa narrativa.
¿Cómo se reconoce un ensayo científico de un humanista? El esquema formal puede ser el mismo que en todo ensayo científico. El propósito humanístico lo anima. Se escribe desde el interés de buscar o propiciar explicaciones fundamentadas en hechos producto de la observación, desde donde dar riendas sueltas a la reflexión y la especulación.
Un cierto rigor en el vocabulario especializado es propio de estos tipos de ensayos. Aunque, muchas veces, el lenguaje de la ciencia, la jerga del especialista, es invadido por el lenguaje común, acarreado por el interés de la vulgarización, como se observa en Veloz Maggiolo.
En el ensayo más especializado de este autor, se destaca un elevado nivel de complejidad, que se manifiesta en la sintaxis y en el pensamiento a través de diversos procedimientos propios del discurso científico: definición, generalización y especificación. Un sinnúmero de estructuras lógico-sintácticas que buscan crear la imagen de la objetividad y la racionalidad científica.
Sin embargo, hay en cada uno de los ensayos de Veloz Maggiolo un compromiso con su escritura y con los temas que trata. En sus textos, él no es un científico a secas, puro y duro.
No es un técnico de la arqueología y la antropología, ciencias en las cuales circula con rigor, gracia y fluidez. No. Son ensayos cargados de ideas, creencias y valores que se asumen y se defienden. Ahí está el mérito del humanista, y su debilidad. Posee una ética y una política, lo mismo que una estética. No establece ruptura entre la ciencia y el compromiso con una causa.
La combinación de esos múltiples elementos es clave para entender e interpretar la ensayística de Marcio Veloz Maggiolo.
Las letras humanas, es decir, la cultura de la lengua y la literatura, se integran en forma armoniosa y eficaz con los métodos de las ciencias sociales, particularmente la arqueología y la antropología, para producir obras de creación, reflexión e investigación.
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