Con la encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV no publica simplemente un documento sobre inteligencia artificial. Coloca a la Iglesia Católica en el centro de uno de los mayores debates políticos, éticos y civilizatorios del siglo XXI:’ quién controlará el inmenso poder de la revolución digital y al servicio de quién estará la tecnología.”

Inspirada en la tradición de Rerum Novarum, la encíclica traslada la Doctrina Social de la Iglesia desde la revolución industrial hacia la revolución algorítmica, denunciando que la IA no puede convertirse en un instrumento de dominación económica, política y cultural.

Los diez grandes principios formulados por León XIV constituyen, en realidad, una interpelación directa al poder concentrado de las grandes corporaciones tecnológicas, cuyo dominio sobre los datos, los algoritmos y las infraestructuras digitales amenaza con sustituir la soberanía de los pueblos por la soberanía de las plataformas.

Primero, la inteligencia artificial jamás puede sustituir la dignidad irrepetible de la persona humana. Ningún algoritmo posee conciencia, libertad moral ni responsabilidad histórica. La persona nunca puede ser reducida a un conjunto de datos.

Segundo, la tecnología no es neutral. Todo sistema tecnológico refleja los intereses económicos, políticos y culturales de quienes lo diseñan, financian y controlan. Por ello, el verdadero debate no es técnico, sino profundamente político.

Tercero, el Papa denuncia la gigantesca concentración de poder digital. “Un reducido número de empresas controlan los datos, las infraestructuras, la capacidad de cálculo y los modelos de IA, creando nuevas formas de dependencia que amenazan la democracia y el bien común.”

Cuarto, reclama una regulación democrática fuerte. No basta confiar en la buena voluntad de las empresas tecnológicas. Son necesarias leyes, organismos independientes, control ciudadano y participación social para impedir que la lógica del mercado sustituya a la justicia.

Quinto, advierte que la ética no puede ser programada exclusivamente por quienes poseen el poder tecnológico. Si unas pocas corporaciones deciden cuáles serán los valores éticos  incorporados a los algoritmos, terminarán imponiendo una moral privada presentada como si fuera universal.

Sexto, la encíclica denuncia el trabajo invisible que sostiene la economía digital. Millones de personas clasifican datos, moderan contenidos traumáticos y entrenan sistemas de inteligencia artificial bajo condiciones laborales precarias, mientras otros acumulan fortunas extraordinarias. La revolución digital también tiene explotados.

Séptimo, León XIV alerta sobre la manipulación informativa. La IA puede fabricar noticias falsas, imágenes manipuladas y campañas masivas de desinformación capaces de erosionar la confianza pública y deformar los procesos democráticos.

Octavo, rechaza la militarización de la inteligencia artificial. “La automatización de la guerra reduce al ser humano a una variable estadística y rebaja el umbral moral para el uso de la violencia, haciendo cada vez más difusa la responsabilidad  social sobre la muerte.”

Noveno, el Papa propone “desarmar” la inteligencia artificial. No significa destruir la tecnología, sino liberarla de la lógica del lucro ilimitado, de la vigilancia permanente y del dominio de unos pocos sobre las mayorías. La IA debe convertirse en un instrumento del bien común y no en una nueva forma de colonización digital.

Décimo, afirma que el futuro dependerá de una decisión profundamente humana: construir una nueva Torre de Babel, dominada por el poder tecnológico, o levantar una nueva Jerusalén, donde la ciencia, la política y la economía estén subordinadas a la dignidad de la persona y a la justicia social.

Desde una perspectiva crítica, muchos de estos planteamientos dialogan con las denuncias contemporáneas sobre el capitalismo de vigilancia y el llamado tecnofeudalismo digital. Las plataformas ya no extraen únicamente plusvalía del trabajo humano; extraen información, conducta, atención y emociones para convertirlas en mercancías. El poder económico se desplaza desde la fábrica hacia los datos, mientras los algoritmos organizan el consumo, el trabajo, la información y, cada vez más, la propia vida cotidiana.

En ese contexto, Magnifica Humanitas trasciende los límites confesionales. Su mensaje interpela a creyentes y no creyentes por igual. La encíclica sostiene que el progreso tecnológico sólo será auténtico cuando fortalezca la libertad, la igualdad y la solidaridad, y no cuando amplifique la concentración de riqueza y poder.

La gran pregunta que deja planteada el Papa León XIV es profundamente política: ¿la inteligencia artificial será patrimonio de la humanidad o instrumento de una nueva oligarquía digital? La respuesta no la darán las máquinas. La dará la lucha de los pueblos por democratizar el conocimiento, someter la tecnología al control social y colocar nuevamente al ser humano —y no al algoritmo— en el centro de la historia.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

Ver más