Luigi Mangione, Collen Allen & Derek Chauvin: tres personas diferentes en tiempo, formación académica y étnicamente opuestos, son los protagonistas de hazañas que se asocian a personas de bajo intelecto e historial criminal cuestionado. Y poco futuro. Todos —probablemente— con un sentido de "patriotismo" exacerbado que los llevó a desgraciar sus vidas.
Mangione obtuvo títulos de licenciatura y maestría en la Universidad de Pensilvania y asesinó a Brian Thompson, el CEO de la aseguradora de salud UnitedHealthcare. Así como el caso de Allen, joven que estudió Ingeniería Mecánica en el Instituto Tecnológico de California. Enrostrándonos que la violencia no es exclusiva de los márgenes sociales. También es parte de los sectores de gente con preparación académica.
En tanto que Derek Chauvin, expolicía de Minneapolis, asfixió hasta la muerte a George Floyd. Estos jóvenes decidieron tomar en sus manos la justicia que el propio sistema estadounidense no puede proveer a una nueva generación de jóvenes que entienden que los procesos de revolución antisistema se gestan desde la rabia.
Sin embargo, estos tres ciudadanos han sido víctimas del propio sistema que impone rígidos controles institucionales a unos, mientras que otros languidecen a la espera de respuestas inmediatas. Ellos, al tomar la ley en sus manos, olvidan que las demandas de cambio son procesos que nacen de los colectivos sociales y no desde la unilateralidad del ego.
La muerte de George Floyd a manos de Derek Chauvin provocó una de las reacciones civiles más emblemáticas de este siglo, fortaleciendo el movimiento Black Lives Matter. De igual manera, el caso de Luigi Mangione revivió el debate sobre la deshumanización del sistema de salud médico, atrapado entre gente muy enferma, deudas y burocracia corporativa.
Ahora, al sumarse Collen a esta lista de hombres que intentan provocar cambios mediante la violencia, queda al descubierto la profunda y penosa crisis estructural que simboliza a Estados Unidos: una sociedad marcada por las protestas individuales, los tiroteos masivos, la crisis del opioide y las enfermedades mentales.
Que devela un limbo social que impide el avance sostenido de sus ciudadanos con el respaldo integral de sus instituciones. Y es cuando hombres y mujeres, desde sus espacios de desesperación, intentan corregir situaciones que deben ser ofrecidas por las instituciones que fueron diseñadas para garantizar la estabilidad social de quienes habitan en ella.
Mientras la desesperanza aumenta a ritmo vertiginoso y sus jóvenes intentan acabar con la espera, siendo víctimas del mismo sistema que establece férreos procesos legales, cuyas instituciones han fallado y son el punto de referencia para que estos intentaran un cambio.
En EE. UU. existe una desesperación generalizada de una sociedad incapaz de potenciar la vida de sus ciudadanos. La tragedia no está únicamente en los actos cometidos por estos individuos, sino en el fracaso de una nación incapaz de atender las heridas sociales que alimentan el resentimiento, la polarización y la violencia.
Cuando los ciudadanos pierden la confianza en sus instituciones, la rabia deja de ser un sentimiento pasajero y se convierte en una amenaza colectiva. Es hora de que EE. UU. logre impulsar un proceso de transformación social que garantice a los más jóvenes las respuestas alternativas que ellos demandan, para garantizar que la generación que los reemplace no experimente el mismo vacío social que de momento se respira aquí.
Cada uno, desde contextos diferentes, decidió tomar en sus manos la justicia que el propio sistema norteamericano es incapaz de garantizar a una generación marcada por la rabia, la desigualdad y la impotencia social.
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