Siempre he dicho que vivir en la Zona Colonial es una dicha. No lo cambiaría por nada, ni por un apartamento en una torre.
Vivir en la Zona, pero no en la parte baja, porque ahí lo que hay son muchos bares, restaurantes y tiendas de artesanías. Lo interesante es vivir en la parte alta, dentro de la muralla, en esa parte en que vivían los obreros de la colonia, que es lo que se dice un verdadero pueblo.
Una de las mejores experiencias es, que como son todas casas, todo el mundo se conoce, aunque no se sepan los nombres, pero siempre son rostros conocidos, además de que se coincide en el supermercado.
Mis hijos nacieron y crecieron en este barrio, San Miguel, son auténticos “migueletes”, como orgullosamente diría Mario Emilio Pérez, mis hijos son conocidos por todos, de su edad, niños, mayores y hasta ancianos.
Muchas veces viene alguien a dejarles algún recado y no me atrevo a preguntar su nombre, porque con cincuenta años viviendo por aquí no se me perdonaría ese desconocimiento. Cuando les doy el recado, les hago la descripción y pueden saber de quién se trata.
A diario vienen preguntando ¿Luicho viene hoy? o Lale, así le dicen en el barrio a mi hijo menor, ¿viene esta tarde? Siempre tienen algo qué comentarles, qué encargarles o preguntarles.
El celular de mi hijo mayor siempre ha sido del pueblo. Todos los que por años han tenido que llamar a un familiar a Nueva York, España, Italia y hasta Suiza, sin contar todas las llamadas a los familiares en los pueblos, saben que pueden contar con su celular.
Pero lo que más me gusta de mi barrio son los pregoneros.
Pasa uno en su triciclo cerca del mediodía vendiendo los “aguacatones” criollos, otro un poquito más tarde trae los aguacates “mantequilla”.
Los que venden frutas, llevan piñas “pan de azúcar”, las guanábanas que se derriten en la boca, junto con los nísperos, mangos, lechosas, guayabas y demás.
Los coqueros van bien ataviados con su machete listo para quitarle el “cocote” al coco, echarle una cucharada de azúcar, esto es opcional y dar un calimete para tomarse el agua. Se puede pedir que se lo partan en dos para comerse la comida que tienen dentro con una cucharita de la misma jícara.
Los que venden verduras, las llevan a muy buen precio, según escucho, y van voceando “dale remolacha, dale zanahoria, dale molondrones, dale papa, dale cebolla”, etc. Yo no sabía lo que querían decir con ese “dale”, pero alguien me dijo que es a los hijos que hay que darles.
El carbonero hace ya años que no pasa, parece que ya no hay anafes, por lo que me ha dado mucho trabajo conseguir el carbón para preparar la siembra de las orquídeas.
El que vendía caña se puso muy viejo, se llama Chicho, vive en La Ciénaga, pero ya no puede con su cuerpo, menos con la carretilla.
Otro de los habituales son los que compran cosas viejas, neveras, camas viejas, estufas viejas y todo lo que sea viejo. Ese sí que es un buen servicio, porque todo lo que uno tiene por ahí almacenado, lo saca y es preferible pagarles, no venderles, para salir de tantos cachivaches.
No falta quien pasa vendiendo forros de celulares, alcanfor y “papel de sanitario”. También al atardecer pasan los pasteles en hojas.
Yo no acostumbro a comprar nada, lo único que me llama la atención y salgo “juyendo” antes de que se vayan son los que venden tierra y matas, son mis marchantes.
Cuando estoy bien atrás en mi casa y escucho los pregones, pongo la cabeza como las cotorras, de ladito, para distinguir la mercancía y ver si es el mío. Quien ha tenido alguna vez una, sabrá que cuando uno le habla, la cotorrita inclina la cabeza para escuchar mejor, es mi forma de identificar a la guagüita anunciadora.
Eso de las ventas callejeras trae a mis recuerdos de la década de los setenta en que mi hermana y yo vivíamos en una pensión en la calle Leonor de Ovando, pasaba todas las tardes una camioneta vendiendo helados, la forma de llamar la atención de los niños era el tema de la película “La Novicia Rebelde”. Marisol, la nieta de la casa cuando escuchaba a lo lejos esa música comenzaba a dar carreras desde la galería hasta el patio, se ponía “como loca”.
Así me pongo yo cuando escucho la que trae las matas.
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